Lo que pasó cuando una maestra de seminario puso a prueba el consejo del élder Uchtdorf

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Con frecuencia es difícil saber si los estudiantes de seminario de las 6 de la mañana, están aprendiendo, o por lo menos escuchando la clase. La mayoría de los adolescentes no suelen estar muy entusiasmados a esa hora de la mañana.

Pero una experiencia con los estudiantes en mi clase de seminario me enseñó que no solo están aprendiendo más de lo que pensaba, sino que también son mucho más capaces de lo que a veces creemos.

Todo comenzó la noche anterior, cuando mi leve resfriado se convirtió en una gripe fuerte. A las 8 p.m., tenía un poco de fiebre y me había quedado sin voz, por lo que dar la clase de seminario a la mañana siguiente sería imposible.

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Créditos: Priscilla Du Preez. Unsplash

Conseguir a alguien que pudiera sustituirme no era posible y no quería cancelar la clase. Mientras pensaba qué hacer, tuve la siguiente impresión.

Haré que los estudiantes impartan la clase. Son capaces. Y se pondrá a prueba lo que dicen que al enseñar uno aprende más.

Sería una oportunidad de aprendizaje perfecta, sin correr el riesgo de que se enfermen. Me puse a trabajar preparando las instrucciones para la lección que los estudiantes darían.

Cuando llegó la mañana, me acosté en el sofá del primer piso y me envolví en una manta mientras los jóvenes entraban por la puerta trasera de la casa para entrar a la habitación que se encontraba en el sótano, donde se daba las clases.

Lo primero que vieron, junto a la hoja de asistencia, fue un cartel que decía: “Bienvenidos a SU clase de seminario mientras que la hermana Thomas se queda sin compartir sus microbios”.

Créditos: Colleen Thomas

Dado que los miércoles siempre tomamos chocolate caliente, pronto escuché el tintineo de las tazas y el movimiento de las cucharas en el piso de abajo. Un minuto o dos más tarde llegó la música del himno que cantaron hasta la sala donde me encontraba.

Eso significaba que Khaylen, siguiendo la hoja de instrucciones, estaba dirigiendo el himno de apertura. Leila dio la oración. Cameron repasó el pasaje de las Escrituras que la clase había estado memorizando.

Pude escuchar mientras al unísono compartían el versículo, estaba emocionada porque los estudiantes habían estado dispuestos a intentarlo.

Naturalmente, estaba ansiosa por ver cómo se desarrollaba la clase, así que me coloqué en lo alto de los escalones, pero a la vez fuera de su alcance, donde podía observar en secreto lo que estaba pasando.

La clase ahora se disponía a ver un video sobre el Templo de Kirtland. Conor le dio reproducir y pasó una hoja con preguntas que había preparado para que respondieran durante la presentación de 16 minutos.

“Muy bien, ¿qué pusieron en la pregunta uno?” Conor le preguntó al grupo cuándo terminó el video. Los estudiantes se mantuvieron atentos mientras repasaban las 12 preguntas.

Imagen: Canva

Como era de esperarse, la pregunta de trivia que había incluido (cuántas estrellas había en la bandera de la escuela que se muestra en el video) generó la mayor discusión, pero estaba bien con eso.

Lo último en la agenda fue un dialogo sobre los templos para ayudarlos a prepararse para visitar el Templo de Chicago y hacer bautismos por los muertos.

Amanda le pidió a los jóvenes que fueran a la sección 109 de Doctrina y Convenios y le pidió a su hermana que leyera la breve introducción. Khaylen leyó el resumen completo.

“Esa no fue la introducción”, regañó Amanda a su hermana.

“Bueno, no me detuviste”, protestó Khaylen.

Sonreí ante sus bromas y esperé a ver si pasaba a mayores, pero la clase continuó y cada estudiante se turnó para leer tres versículos de la sección.

Amanda hizo todo lo posible para fomentar el diálogo, una tarea nada fácil incluso para quienes tienen experiencia como maestros.

Cuando Amanda llegó a lo que nuestra clase llama “la pregunta para meditar”, un mensaje que pudieran escribir en sus diarios como respuesta, ella no solo lo leyó, sino que también lo escribió en la pizarra.

Aquello fue algo que siempre trataba de hacer en clase. Verla poner en práctica lo que había aprendido me conmovió.

Imagen: La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días

La lección terminó a tiempo. Felicité a los estudiantes con mi voz aún afectada mientras recogían sus cosas, luego regresé a mi sofá donde pude reflexionar sobre lo que yo, su maestra, había aprendido esa mañana.

El pequeño grupo de estudiantes a mi cargo tiene un profundo deseo de aprender. Quieren participar; quieren contribuir. Quizás lo más importante es que observan lo que hago y me escuchan incluso cuando uno podría pensar lo contrario.

El élder Dieter F. Uchtdorf expresó que los jóvenes necesitan oportunidades para enseñarse unos a otros:

“Con frecuencia, nuestros jóvenes son los únicos miembros [de la Iglesia] en sus escuelas… Necesitan entender que hagan lo que hagan, siempre están enseñando.

Si brindamos a nuestros jóvenes oportunidades de enseñanza, alentándolos a no avergonzarse del evangelio, los ayudaremos mucho”.

La enseñanza no es sólo para el maestro. La clase de ese día me mostró que los jóvenes se levantan, a veces con un poco de ayuda, otras veces por su cuenta, para satisfacer una necesidad.

El trabajo de un maestro es mostrarles el camino y luego dejar que sigan avanzando por su cuenta.

Imagen de portdada: Cortesía de Colleen Thomas

Fuente: LdsLiving

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