En el Día de la Madre solemos pensar en flores, abrazos, fotos familiares y mensajes para quienes nos dieron la vida. Y está bien. Las madres merecen todo el amor posible. Sin embargo, también hay mujeres que cuidan, sostienen, escuchan, protegen y aman sin que nadie las llame “mamá”. No siempre aparecen en las fotos familiares ni reciben saludos especiales, pero muchas veces han sido refugio en momentos difíciles.
Hablamos de tías, hermanas mayores, abuelas, maestras, líderes, amigas, vecinas, hermanas ministrantes y mujeres que simplemente estuvieron cuando alguien las necesitaba. Este día también puede ser suyo, porque el amor que cuida no siempre viene acompañado de un título, pero sí deja una huella profunda.
La maternidad no siempre se expresa solo al dar vida, sino también al cuidar, sostener y amar. La hermana Sheri L. Dew enseñó que Dios “plantó en cada mujer algo divino”, y habló del don de la maternidad como una influencia espiritual que puede bendecir vidas más allá de los lazos biológicos. Esta idea no reemplaza el lugar sagrado de una madre, pero sí nos invita a reconocer a las mujeres que han ejercido una clase de amor profundamente maternal.

Y eso, en Latinoamérica, lo entendemos muy bien. En muchas familias, los hijos no crecen junto a papá y mamá. También está la abuela que cuida mientras los padres trabajan, la tía que recoge del colegio, la hermana mayor que ayuda en casa, la vecina que está pendiente o la líder que acompaña cuando alguien necesita consejo. A veces no tienen el título de “mamá”, pero su presencia marca la vida de una persona.
Muchas de ellas han estado en cumpleaños, enfermedades, tareas, comidas, consejos, lágrimas y oraciones. Algunas cuidaron a un sobrino cuando sus padres no podían. Otras escucharon a una joven llorar después de una ruptura, llevaron comida a una familia cansada o acompañaron a alguien al médico. También hay quienes oran por nombres que quizá nadie más recuerda. A veces lo hicieron sin recibir gracias, sin ser vistas y sin esperar nada a cambio.

El Salvador enseñó que el servicio sencillo también llega hasta Él:
“Porque tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber; fui forastero, y me recogisteis” – Mateo 25:35
Luego añadió:
“En cuanto lo hicisteis a uno de estos, mis hermanos más pequeños, a mí lo hicisteis” – Mateo 25:40
Bajo esa luz, cuidar también es una forma de discipulado. Puede parecer una llamada, una visita, un plato de comida, un consejo, una oración o un “¿llegaste bien?”, pero para quien lo recibe puede sentirse como una respuesta del cielo.
El cuidado, además, no solo bendice a quien lo recibe. También puede darle propósito a quien lo ofrece. Eso no significa que cuidar siempre sea fácil. A veces cansa, duele y se hace sin aplausos. Muchas mujeres cargan responsabilidades familiares, emocionales o espirituales que pocos ven. Aun así, siguen presentes, porque aman de una forma que no siempre necesita reconocimiento para seguir dando.

En Mosíah, Alma enseñó que quienes entran en el convenio de seguir a Cristo están dispuestos a “llevar las cargas los unos de los otros”, “llorar con los que lloran” y “consolar a los que necesitan de consuelo”. Esa descripción se parece mucho a lo que hacen muchas mujeres todos los días, incluso cuando nadie les da un reconocimiento especial.
También se parece al amor de Cristo. En la cruz, mientras sufría, Jesús miró a Su madre y al discípulo amado. Entonces dijo:
“Mujer, he ahí tu hijo”.
Y luego dijo al discípulo:
“He ahí tu madre”.
Desde esa hora, Juan la recibió en su casa. Ese momento muestra que el Salvador no solo pensó en la salvación del mundo, también pensó en el cuidado de una mujer que amaba. Incluso en Su dolor, creó una nueva red de amor, protección y familia.
Por eso necesitamos ampliar nuestra forma de mirar este día. Hay mujeres que tal vez desean ser madres y todavía no lo son. Otras quizá no pudieron tener hijos. Algunas han vivido pérdidas, divorcios, soledad o etapas que nadie más entiende. Para ellas, el Día de la Madre puede ser tierno, pero también doloroso.

El élder Jeffrey R. Holland recordó que a las mujeres que desean ser madres y no lo son, Dios traerá esperanza, y que ninguna bendición será retenida a quienes siguen al Señor aunque no llegue de inmediato. Esa promesa no borra el dolor, pero sí recuerda que el cielo ve lo que otros no siempre ven: a la mujer que cuida sin recibir gracias, a la que ama a hijos que no nacieron de ella, a la que enseña con ternura, a la que se sienta junto a alguien que se siente solo y a la que ora por su familia, sus alumnos, sus amigas o los hijos de alguien más.
También sabemos, por experiencia, que las conexiones humanas importan. Una persona que acompaña puede cambiar un día difícil. Una llamada puede sostener a alguien que estaba por rendirse. Una comida puede decir “no estás solo” sin necesidad de muchas palabras. En nuestras familias y barrios, muchas mujeres han sido esa presencia silenciosa que sostiene cuando todo parece demasiado pesado.

Así que, en este Día de la Madre, celebremos a mamá, pero también miremos un poco más alrededor. Pensemos en la tía que fue una segunda madre, en la abuela que crió con paciencia y en la hermana mayor que maduró antes de tiempo. Recordemos también a la líder que escuchó sin juzgar, a la amiga que acompañó cuando nadie más sabía qué decir y a la mujer que no tiene hijos, pero ha dado amor, tiempo, enseñanzas y cuidado a tantos.
A las que cuidan sin título de mamá: este día también es suyo. Porque en el Reino de Dios, el amor que nutre, protege y levanta nunca pasa desapercibido.
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