Cuatro días después de convertirse en mamá por primera vez, Emily terminó en una sala de emergencias. Su pierna izquierda había comenzado a hincharse de una manera fuera de lo normal y el dolor era tan fuerte que apenas podía pensar con claridad.
Los médicos descubrieron múltiples coágulos de sangre en su pierna y abdomen. Poco después recibió otro diagnóstico que cambiaría completamente su perspectiva. Tenía síndrome de May-Thurner, una condición que probablemente nunca habría descubierto si no hubiera estado embarazada.
El embarazo, combinado con esta condición, provocó un riesgo mortal. En cualquier momento, los coágulos podían llegar a sus pulmones.
Lo que vino después fueron meses físicamente agotadores y emocionalmente pesados, entre hospitales, procedimientos médicos y noches difíciles se preguntó
¿Dios realmente manda nuestras pruebas?
La idea de un Dios que provoca sufrimiento

Cuando algo sale mal, muchas veces intentamos encontrar una explicación espiritual inmediata. Algunos incluso piensan que cada enfermedad o crisis fue enviada directamente por Dios para enseñarnos algo, pero esa idea puede generar confusión o heridas espirituales.
Emily explicó que nunca sintió que Dios hubiera “provocado” su sufrimiento. Más bien, sintió que Él estuvo presente mientras atravesaba ese momento. Y esa diferencia cambia mucho la manera en que vemos las pruebas.
El Evangelio restaurado enseña que vivimos en un mundo caído, donde existen enfermedades, accidentes, dolor y decisiones humanas que traen consecuencias reales. No todo lo difícil viene como un castigo divino o una prueba diseñada específicamente por el cielo.
En 2 Nefi 2:2, Lehi le enseña a Jacob que Dios puede “consagrar” nuestras aflicciones para nuestro beneficio. Eso significa que puede transformar incluso los momentos más rotos en oportunidades de crecimiento, sanación y acercamiento a Cristo.
Dios no siempre evita el dolor

Una de las reflexiones más interesantes del artículo original compara a Dios con un vecino amable.
Cuando la vida nos entrega “limones”, solemos decir que debemos hacer limonada. Pero la idea no es que Dios sea quien envía los problemas deliberadamente. Más bien, Él aparece en medio del caos para ayudarnos a salir adelante.
A veces eso ocurre mediante personas correctas que llegan en el momento preciso. Otras veces mediante impresiones espirituales, fortaleza emocional o paz inesperada en medio del miedo.
Emily contó que durante su recuperación nunca sintió abandono espiritual. Al contrario. Sintió que el Señor la guiaba hacia recursos, médicos y personas que necesitaba exactamente en ese momento. Probablemente muchos hemos vivido algo parecido.
Cristo vino a sostenernos

Muchas veces queremos respuestas inmediatas. Queremos entender por qué pasó algo, cuál era la razón o qué propósito exacto tenía el sufrimiento, pero el Salvador, en varias ocasiones, enfocó Su ministerio menos en explicar el dolor y más en aliviarlo.
Cuando pensamos en la Expiación de Jesucristo, muchas veces la relacionamos únicamente con el arrepentimiento. Pero el Salvador también tomó sobre Sí nuestros dolores, enfermedades, angustias y debilidades (Alma 7:11–12).
Eso significa que Jesucristo entiende perfectamente el miedo, el agotamiento, la incertidumbre y hasta esos momentos donde sentimos que ya no podemos más.
Emily explicó que después de esta experiencia comenzó a entender de manera mucho más profunda el sufrimiento del Salvador. No porque su dolor desapareciera mágicamente, sino porque descubrió que Cristo realmente sabía cómo acompañarla en él.
“En el mundo tendréis aflicción”

Las palabras del Salvador en Juan 16:33 cobran otro significado cuando alguien atraviesa momentos difíciles:
“En el mundo tendréis aflicción; pero confiad, yo he vencido al mundo”.
Cristo nunca prometió una vida libre de pruebas. Pero sí prometió compañía, esperanza y redención.
Y tal vez ahí está una de las verdades más reconfortantes del Evangelio:
Dios no siempre evita que pasemos por noches difíciles, pero jamás deja de caminar con nosotros durante ellas.
Porque incluso cuando la vida cambia de rumbo inesperadamente, el Señor sigue siendo un sanador perfecto.
Fuente: LDS Living
