“Despreciado y desechado entre los hombres, varón de dolores y experimentado en quebranto; y como que escondimos de él el rostro, fue menospreciado y no lo estimamos.” (Isaías 53:3)

 

Todos nos enfrentamos al rechazo. Tal vez no consigamos el trabajo por el que se nos entrevistó. Tal vez un desinterés amoroso rompe nuestro corazón. Podría ser que un padre solo nos acepte si hacemos las cosas a su manera. Podemos tratar de compartir nuestras creencias, sólo para ser rechazado. El rechazo duele y, si no somos cuidadosos, puede conducirnos a la autocompasión, a la amarga ira y a la desesperanza.

 

El ejemplo de Jesucristo

Como en todas las cosas, el Salvador ofreció un ejemplo perfecto de cómo hacer frente al rechazo. Leemos que Él vino al mundo no para “condenar al mundo sino para que el mundo sea salvo por él” (Juan 3:17). Nefi explicó que Cristo “no hace nada a menos que sea para el beneficio del mundo; porque él ama al mundo, al grado de dar su propia vida para traer a todos los hombres a él. Por tanto,a nadie manda él que no participen de su salvación. “(2 Nefi 26:24, énfasis añadido).

¿Cómo podría alguien rechazarlo? Como leímos más arriba, Él estaba en una misión para salvar al mundo. Desplegó un desinterés total. Sufrío la muerte de un héroe. Era acogedor para con todos. ¿Qué no se podría amar de él? Sin embargo, fue rechazado.

Muchos se alejaron porque no les gustaban sus enseñanzas o porque Él esperaba más de ellos de lo que estaban dispuestos a dar. Muchos lo odiaban porque Él desafió el status quo, desafió la hipocresía, y no cumplió con sus normas para lo que se supone que eran. Él era amable con las personas que otros despreciaban y habló con franqueza acerca de su teología. Por esto fue despreciado y rechazado.

A todo esto, ¿cómo respondió Jesús? Él dijo: “Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen” (Lucas 23:34); “Ama a tus enemigos. Bendecid a los que os maldicen, haced bien a los que os aborrecen, y orad por los que os maltratan “(Mateo 5:44); Y “Si perdonáis a los hombres sus ofensas, también vuestro Padre celestial os perdonará” (Mateo 6:14).

¿De dónde proviene nuestro valor?



El Señor entendió algo que todos debemos entender:

El rechazo no tiene nada que ver con el valor de una persona. No tiene nada que ver con el valor de un mensaje. Es en gran parte un reflejo del que rechaza.

Jesús sabía que su valor era eterno. Proviene de su relación con su Padre. No podía ser disminuido de ninguna manera por los opositores y los que lo odiaban. Su mensaje era verdadero; el hecho de que la gente lo rechazara no lo hacía menos cierto. Por esta razón, Él dijo: “El que tiene oídos para oír, oiga” (Marcos 4: 9) y “Yo estoy a la puerta y llamo. Si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré con él “(Apocalipsis 3:20).

Mientras que a veces somos rechazados porque tenemos cosas que mejorar (conseguir más entrenamiento en el trabajo, ser un mejor oyente, evitar la santurronería), a menudo somos rechazados porque la otra persona no está lista ni bien para nosotros.

A veces no estás bien para el trabajo, pero otras veces el trabajo no es adecuado para ti. A veces tienes que ser un mejor compañero romántico, pero otras veces el “no eres tú, soy yo” es realmente cierto. A veces la gente rechaza el mensaje del evangelio porque no está en un lugar para aceptarlo o escucharlo, no porque debes mantener la boca cerrada. A veces los seres queridos no son tan cariñosos como deberían ser porque son incapaces de dar ese amor.

 


Lidiar con el rechazo

Tu valor es eterno. Viene de tu relación con el Padre Celestial, como su hijo. Los opositores y los que odian no pueden disminuir ese valor. Los empleadores pueden ir con otra persona. Los intereses amorosos pueden no estar interesados. Es posible que los amigos no quieran saber más acerca de tus creencias. Los miembros de la familia pueden no amarte incondicionalmente. Ninguno de ellos puede disminuir tu valor!

Siguiendo el ejemplo de nuestro Salvador, podemos ser amorosos y amables con los que nos rechazan. Podemos hacer bien a los que nos hieren. Podemos ser imperturbables por el rechazo cuando es eternamente insignificante y aprender de ello, cuando nos ayuda a crecer. Otros pueden rechazarnos, pero nuestro Padre Celestial no lo hará. Jesús entendió esto. Así que deberíamos hacerlo nosotros también.

Este artículo fue escrito originalmente por Jonathan Decker y fue publicado en ldsliving.com, con el título “How to Handle Rejection as Christ Did

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