Qué hermoso pensamiento de Richard Paul Evans: “El verdadero amor no es desear a una persona, sino desear de verdad su felicidad, a veces, incluso, a expensas de nuestra propia felicidad. El verdadero amor no es hacer que la otra persona sea una copia exacta de uno mismo. Es para expandir nuestras propias capacidades de tolerancia y cuidar el bienestar del otro. Todo lo demás es simplemente una farsa de interés propio.

Mi hija mayor, Jenna, me dijo recientemente: “mi temor más grande cuando era pequeña era que tú y mamá se divorciaran. Luego cuando tenía 12 años, me di cuenta de que ustedes peleaban tanto que pensé que era mejor que se divorciaran”. Luego terminó diciendo con una sonrisa en su rostro, “estoy contenta que solucionaron sus cosas”.

Durante años, mi esposa Keri y yo pasamos dificultades.. Mirando hacia atrás, no estoy exactamente seguro de lo que inicialmente nos unió, pero nuestras personalidades no encajaban del todo.Y cuanto más tiempo pasaba más extremas se hacían las diferencias. “La fama y la fortuna” no hicieron nuestro matrimonio más fácil. De hecho, exacerbaron nuestros problemas. La tensión entre nosotros se puso tan mal que cuando salía de gira para promocionar mi libro era un alivio, aunque igual pagaría ese alivio cuando regresaba a casa.. Nuestra lucha se hizo tan constante que era difícil imaginar una relación pacífica. Llegamos a estar perpetuamente a la defensiva, construyendo fortalezas emocionales alrededor de nuestros corazones. Estábamos en el borde del divorcio y más de una vez lo discutimos.

Yo estaba en gira de promoción cuando las cosas llegaron a un punto. Peleamos por teléfono y Keri me colgó. Estaba solo y solitario, frustrado y enojado. Había llegado a mi límite.

Ahí fue cuando recurrí a Dios. O me volví en contra de Dios. No sé si se puede decir que oré, tal vez gritarle a Dios no es la manera de orar, tal vez sí, pero estaba concentrado y nunca lo olvidaré. Yo estaba de pie en la ducha del Buckhead, Ritz-Carlton gritando a Dios que el matrimonio estaba mal y no podía más. Por mucho que odiaba la idea del divorcio, el dolor de estar juntos era simplemente demasiado. Yo también estaba confundido. No podía entender por qué el matrimonio con Keri era tan difícil. En el fondo sabía que Keri era una buena persona. Y yo era una buena persona. Entonces ¿por qué nosotros no podíamos llevarnos bien? ¿Por qué me había casado con alguien tan diferente a mí? ¿Por qué no iba a cambiar?

Por último, ya no podía más, me senté en la ducha y empecé a llorar. En el fondo de mi desesperación llegó una poderosa inspiración. “No puedes cambiarla, Rick. Sólo puedes cambiarte a ti mismo”. En ese momento empecé a orar. Si no puedo cambiarla, Señor, cámbiame. Oré hasta altas horas de la noche. Oré al día siguiente en el vuelo de regreso. Oré cuando entré por la puerta y me recibió una esposa fría que apenas me miraba. Esa noche, mientras yacíamos en nuestra cama, a pocos centímetros del uno del otro, aunque se sentía como a millas de distancia, la inspiración regresó. Yo sabía lo que tenía que hacer.

A la mañana siguiente me di la vuelta en la cama junto a Keri y le pregunté: “¿Qué puedo hacer para mejorar tu día?”

Keri me miró con rabia. “¿Qué?”

“¿Qué puedo hacer para mejorar tu día?”

“No  puedes”, dijo. “¿Por qué preguntas eso?”

“Porque lo digo en serio”, le dije. “Sólo quiero saber qué puedo hacer para mejorar tu día”.

Ella me miró cínicamente.

“¿Quieres hacer algo? Anda a limpiar la cocina”.

Ella probablemente creía que me enojaría pero en lugar de eso solo asentí y dije: “Está bien”.

Me levanté y limpié la cocina.

Al día siguiente le pregunté lo mismo. “¿Qué puedo hacer para mejorar tu día?”

Sus ojos se estrecharon. “Limpiar el garaje”.

Respiré profundo. Ya tenía un día ocupado y yo sabía que ella había hecho la petición. Tuve la tentación de explotar delante de ella.

De inmediato dije: “Está bien”. Me levanté y durante las siguientes dos horas estuve limpiando el garaje. Keri no sabía qué pensar. La mañana siguiente llegó.

“¿Qué puedo hacer para mejorar tu día?”

“¡Nada!”, dijo. “No se puede hacer nada. Por favor, deja de decir eso”.

” Lo siento”, le dije. “Pero no puedo”.

Hice un compromiso conmigo mismo. “¿Qué puedo hacer para mejorar tu día?”

“¿Por qué haces esto?”

“Porque me preocupo por ti”, le dije. “Y por nuestro matrimonio”.

Al día siguiente pregunté de nuevo. Y el siguiente. Y el siguiente. Entonces, durante la segunda semana, pasó un milagro. Mientras hacía la pregunta, los ojos de Keri se llenaron de lágrimas. Luego se puso a llorar. Cuando pudo hablar, dijo: “Por favor, deja de preguntarme eso. Tú no eres el problema. Yo soy. Es difícil vivir conmigo. No sé por qué te quedas conmigo”.

Levanté suavemente la barbilla hasta que ella me estaba mirando a los ojos. “Es porque te amo”, le dije. “¿Qué puedo hacer para mejorar tu día?” “Yo debería preguntarte eso”. “Tu deberías”, le dije. “Pero no ahora. En este momento, tengo que ser el cambio. Tú necesitas saber cuánto significas para mí”. Ella puso su cabeza en mi pecho. “Siento que he sido tan mala”. “Te amo”, le dije. “Te amo”, respondió ella. “¿Qué puedo hacer para mejorar tu día?” Ella me miró con dulzura. “¿Podemos tal vez sólo pasar un tiempo juntos?” Sonreí y dije:”Me gustaría eso”. Seguí preguntando por más de un mes. Y las cosas cambiaron. La lucha cesó. Entonces Keri comenzó a preguntar, “¿Qué necesitas de mí? ¿Cómo puedo ser una mejor esposa?”

Las paredes entre nosotros cayeron. Empezamos a tener discusiones significativas sobre lo que queríamos de la vida y la forma en que podríamos hacernos feliz. No, no hemos conseguido solucionar todos nuestros problemas. Ni siquiera puedo decir que dejamos de pelear. Pero la naturaleza de nuestras peleas cambió. No sólo eran menos frecuente, carecían de la energía que antes habían tenido. Las habíamos privado de oxígeno. Simplemente no tuvimos esas ganas de hacernos daño uno al otro.

Keri y yo hemos estado casados por más de 30 años. Yo no sólo amo a mi esposa, me gusta. Me gusta estar con ella. Me encanta. La necesito. Muchas de nuestras diferencias se han convertido en los puntos fuertes y los demás realmente no tienen importancia. Hemos aprendido cómo cuidar el uno del otro, y más importante, hemos ganado el deseo de hacerlo. El matrimonio es duro. Pero también lo es la paternidad y mantenerse en forma y escribir libros y todo lo demás que es importante y vale la pena en mi vida. Tener un compañero en la vida es un don extraordinario. También he aprendido que la institución del matrimonio puede ayudarnos a sanar nuestras partes más antipáticas. Y todos tenemos partes antipáticas.

A través del tiempo he aprendido que nuestra experiencia fue una ilustración de una lección mucho más grande sobre el matrimonio. La pregunta que todos en una relación comprometida deberían preguntarse es: “¿Qué puedo hacer para mejorar tu vida?” Eso es amor significativo. Las novelas románticas (y he escrito algunas) son todas sobre el deseo y el vivir felices para siempre , pero el vivir felizmente para siempre no viene solo del deseo, al menos no del tipo representado en la mayoría de los romances. El verdadero amor no es hacer que la otra persona sea una copia exacta de uno mismo. Es para expandir nuestras propias capacidades de tolerancia y cuidar el bienestar del otro. Todo lo demás es simplemente una farsa de interés propio”.

No estoy diciendo que lo que nos pasó a Keri y a mí va a funcionar para todos. Ni siquiera estoy afirmando que todos los matrimonios deben salvarse. Pero para mí, estoy muy agradecido por la inspiración que me llegó ese día, hace tanto tiempo. Estoy agradecido de que mi familia sigue intacta y que todavía tengo a mi mujer, mi mejor amiga, en la cama a mi lado cuando me despierto por la mañana. Y estoy agradecido de que incluso ahora, décadas después, de vez en cuando, uno de nosotros sigue diciendo: “¿Qué puedo hacer para mejorar tu día”. Vale la pena levantarse [cada mañana] cuando te preguntan o si preguntas eso.

Artículo destacado en ldsliving.com, escrito originalmente por Richard Paul Evans para faithit.com. Traducido al español por David Tamas.