Ellen Erkert de Melo nunca olvidó la noche en que un médico le dijo que su bebé probablemente no sobreviviría.

Lucas había nacido de emergencia durante el séptimo mes de embarazo. Aunque pesaba cerca de tres kilos, sus pulmones todavía no estaban preparados para respirar por sí solos.

El problema se hizo aún más difícil porque aquella noche no había espacio disponible en la unidad de cuidados intensivos neonatal.

Lucas tuvo que permanecer en una habitación común con un soporte básico de oxígeno, mientras sus padres esperaban una noticia que pudiera cambiarlo todo.

“Mi esposo y yo pasamos toda la madrugada de rodillas, orando al Señor y depositando en Él toda nuestra esperanza”, recordó Ellen.

A la mañana siguiente apareció una vacante en cuidados intensivos. Lucas fue trasladado de inmediato, intubado y comenzó a recibir tratamiento.Su estado seguía siendo delicado.

Ellen ya había recibido el alta, pero regresaba todos los días al hospital. Cada tres horas extraía leche para que su hijo pudiera alimentarse por medio de una sonda.Era lo único que podía hacer por él en ese momento.

Una promesa junto a la incubadora

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Cuando los pulmones de Lucas comenzaron a mejorar, apareció un nuevo problema. El hospital estaba en remodelación y los cinco bebés internados en cuidados intensivos contrajeron una grave infección hospitalaria.

Poco antes, el esposo de Ellen le había dado a Lucas una bendición del sacerdocio.

Como todavía no podían cargarlo, colocó dos dedos sobre uno de sus pequeños pies. Durante la bendición hizo una promesa: si su hijo sobrevivía, lo criarían en el evangelio y lo prepararían para servir una misión de tiempo completo.

Los días siguientes fueron especialmente dolorosos. Cada mañana, cuando la familia llegaba al hospital, recibía la noticia de que otro de los bebés había fallecido.

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Lucas fue el único de los cinco que sobrevivió. Después de recuperarse de sus problemas pulmonares, fue trasladado a una habitación particular para completar el tratamiento contra la infección.

En total, pasó 40 días hospitalizado. Los médicos también advirtieron a sus padres que la cantidad de antibióticos que había recibido podía dejar secuelas, entre ellas pérdida auditiva o dificultades en su desarrollo.

Durante sus primeros años, Lucas presentó algunos retrasos. Tardó un poco más en sostener la cabeza, caminar y hablar. Sus padres siguieron los tratamientos y controles médicos necesarios mientras observaban su progreso.

La promesa se cumplió 19 años después

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Con el tiempo, las preocupaciones comenzaron a quedar atrás. Lucas creció saludable, no desarrolló pérdida auditiva y avanzó normalmente en sus estudios.

Hoy tiene 19 años.

Y aquella promesa hecha junto a una incubadora volvió a la memoria de sus padres por una razón especial: Lucas está sirviendo una misión de tiempo completo en México.

Para Ellen, verlo con su placa misional tiene un significado difícil de separar de todo lo que ocurrió durante sus primeras semanas de vida.

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Años atrás, ella y su esposo no sabían si podrían sacar a su hijo del hospital. Hoy lo ven dedicar parte de su vida al servicio de Jesucristo.

“Siempre que miro a mi hijo, recuerdo que él es un verdadero milagro”, expresó.

La experiencia también marcó la manera en que su familia entiende la oración, el sacerdocio y la voluntad de Dios. Para Ellen, los milagros no siempre llegan de la forma esperada ni en el momento que uno quisiera.

Pero cada vez que ve a Lucas servir como misionero, recuerda aquella noche en el hospital y la promesa que su familia hizo cuando su futuro todavía era incierto.

Fuente: Mais Fe

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