En 1987, William Whitney tenía 26 años y estaba en una etapa de búsqueda. No se sentía satisfecho con la dirección de su vida y, aunque creía en Dios, no encontraba una comunidad religiosa con la que conectara de verdad.
Todo empezó durante un viaje en bus de Nueva York a Washington D. C., donde asistía a una conferencia de trabajo. En ese trayecto hizo una broma sobre alguien, pero un colega le respondió que en su iglesia trataban de evitar ese tipo de comentarios. Ese detalle le llamó la atención.
Más adelante, vio una presentación sobre un hombre que había perdido a su esposa. En la historia, unos vecinos le enseñaban que podía volver a estar con ella gracias al Evangelio de Jesucristo. Aunque la historia le pareció sencilla, le impactó lo suficiente como para dejar su nombre y aceptar una futura visita de misioneros.
No encontraba una iglesia donde encajar

William ya había asistido a otras iglesias. Disfrutaba ciertos momentos de adoración, pero sentía que las relaciones eran superficiales. Recordaba reuniones donde las personas se saludaban, pero no llegaban a conocerse ni a formar amistades reales.
Durante la universidad, siguió explorando distintas creencias. Aun así, nada terminaba de convencerlo.
En marzo de ese año, tomó una decisión personal: orar con más intención. Sentía que su vida no iba en la dirección que quería, así que decidió poner esa inquietud en manos de Dios.
Meses después, recibió una notificación del IRS, que es la agencia del gobierno de Estados Unidos encargada de cobrar impuestos. En el aviso se indicaba que podrían visitarlo por un pago pendiente. No le dio demasiada importancia, pero un día, al salir de su casa en Nueva York, vio llegar un auto que parecía oficial.

Dos hombres bajaron del vehículo. Vestían camisa blanca, corbata y gafas oscuras. Caminaban directamente hacia su puerta. Pensó que eran agentes del gobierno.
Por un momento consideró evitar la situación, pero decidió quedarse. Cuando tocaron la puerta y dijeron su nombre, reaccionó como si fuera a ser arrestado. Sin embargo, la situación tomó otro rumbo.
Los hombres no eran del IRS. Eran misioneros de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días. William sintió alivio inmediato. Lo que siguió fue una conversación larga y tranquila en la puerta de su casa. Aceptó escuchar más y acordaron reunirse nuevamente.
Una decisión que cambió su rumbo

Durante las semanas siguientes, William escuchó las enseñanzas de los misioneros en la casa de un amigo que era miembro de la Iglesia. Con el tiempo, empezó a sentir que lo que aprendía tenía sentido y podía influir en su vida.
Seis semanas después, decidió bautizarse.
Explica que no solo fue por lo que aprendió, sino también por cómo se sintió. Percibió paz, dirección y una cercanía con Dios que no había experimentado antes.

También notó una diferencia en la comunidad. A diferencia de experiencias previas, aquí sí encontró personas interesadas en él, relaciones más cercanas y un ambiente donde se sentía bien recibido.
A través de la Iglesia, conoció a Jacinta Barrizo. Después de nueve meses desde su primera cita, se casaron en el Templo de Washington D. C.
Con los años, formaron una familia con cinco hijos, quienes también sirvieron misiones.
Actualmente, William sirve como obispo y, junto a su esposa, se prepara para servir como misionero de tiempo completo.
Al hablar de su experiencia, explica que lo que encontró no fue solo una práctica religiosa, sino una forma de vivir con propósito, apoyo y sentido espiritual.
Fuente: LDS Living
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