La raza y el sacerdocio: Un análisis de caso

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La historia personal de Khumbulani Mdletshe, de Sudáfrica, muestra cómo la elección de confiar en el Señor mediante la realización de actos de sacrificio permite que Él nos abra puertas. Así es dar a Dios el beneficio de la duda.

Khumbulani se unió a la Iglesia a los 16 años en 1980. Más tarde fue misionero en Londres. Un día, un completo desconocido le preguntó cómo podía representar a una Iglesia racista que negaba el sacerdocio a los hombres negros. Era la primera vez que oía algo así.

Se quedó sorprendido cuando su compañero le dijo que sí, que la Iglesia no daba el sacerdocio a los hombres negros hasta que el Señor dio al presidente Kimball y a los Doce una revelación para abrir esa puerta en 1978.

Su presidente dijo que sí, que a los hombres negros africanos se les negó el sacerdocio en una ocasión, y nadie sabe por qué el Señor había hecho esa restricción anteriormente.

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Khumbulani confió en su presidente de misión. Pero lo que importa es que “ahora mismo, todos los hombres dignos pueden ser ordenados”. Khumbulani seguía sin entenderlo, pero dijo que “el Espíritu me dijo que aceptara su explicación y siguiera en mi misión”. Esa decisión cambió su vida para mejor.  

Quedarse para terminar su misión no significó que su confusión desapareciera. Se sintió herido y perturbado al escuchar a otros misioneros y miembros de la Iglesia dar explicaciones erróneas sobre la prohibición del sacerdocio.

Pero siguió siendo un misionero tan fiel y eficaz que el presidente de su misión lo recomendó a un profesor de BYU, quien hizo los arreglos para que se inscribiera en BYU-Hawaii.

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Seguía sintiendo dolor cuando otros estudiantes decían erróneamente que pensaban que los negros eran descendientes de Caín, pero Khumbliani se aferró a sus impulsos espirituales y a su confianza en el presidente de su misión, que había dicho que “nadie sabe por qué” se había retenido el sacerdocio. 

Después de graduarse en BYU-Hawaii, obtuvo una maestría en BYU-Provo. Luego se enfrentó a otro sacrificio cuando algunos amigos querían que se quedara en las comodidades de Utah, pero su bendición patriarcal había dicho que serviría a la Iglesia en África.

Así que volvió a casa, se casó, tuvo hijos y encontró un buen trabajo.  Sin embargo, le seguía preocupando que las razones de la pasada política de la Iglesia sobre la raza y el sacerdocio fueran tan poco claras. 

Sed uno

Entonces llegó otra oportunidad para arriesgarse y seguir confiando en Dios. Le invitaron a enseñar en el sistema educativo de la Iglesia en Sudáfrica. Así que él y su esposa fueron al templo, donde sintieron que debían aceptar este trabajo de enseñanza, a pesar de que sus preguntas permanecían. 

Al cabo de unos años, su fe y su paciencia fueron recompensadas de nuevo. Como nuevo Setenta de Área de África, fue a la Conferencia General en Salt Lake City. En una reunión de capacitación allí, el presidente Thomas S. Monson se esforzó por susurrar palabras de amor y aliento a los tres nuevos Setenta africanos.

Algo en esta experiencia le trajo un profundo espíritu de paz que le permitió dar un fuerte testimonio de que sus preocupaciones estaban ahora resueltas.

La historia de Khumbliani refleja tanto el proceso como los frutos de ejercer una fe que no es ciega. Eligió confiar en el Señor en medio de verdaderas complejidades, demostrando su confianza con actos de sacrificio personal, y luego viendo cómo el Señor abría puertas que no habría podido abrir sin la confianza de Khumbilani.

Una y otra vez, dio al Señor y a su Iglesia el beneficio de la duda, confiando en Él incluso cuando no tenía todas las respuestas que quería tener. 

Poco a poco, entonces, la tensión de sus complejidades disminuyó al sentir la tranquila confianza de pasar a la pacífica simplicidad del otro lado de la complejidad. Alimentado por su amor al Señor, y el amor del Señor por él, cambió y creció gracias a ese amor.

Este artículo está basado en el libro “La fe no es ciega”, del élder Bruce C. Hafen y Marie K. Hafen. Este libro describe experiencias personales, preguntas inesperadas y más que encontramos en el camino de la vida que pueden desafiar nuestra fe.

“La fe no es ciega” reconoce los temas complicados del evangelio, pero te guía clara y gentilmente a través de los pasos necesarios para trabajar en la complejidad, desarrollar un testimonio informado y llenarte de la fe que viene de conocer a Dios.

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