por Scott Livingston 

 

Esto puede sonar familiar. Es un lunes por la tarde. Tu hija adolescente acaba de entrar enojada por la puerta, ya que, al parecer, “a nadie en todo el universo” le agrada. Y de alguna manera esto es tu culpa.

Poco después, tu niño de quinto grado llega y se queja de que está a punto de morir de hambre y te dice: “mamá, ¿por qué no compras las cosas que me gusta?”

Con la esperanza de consuelo, llamas a tu esposo, pero en lugar de responder, te manda un mensaje de texto, diciéndote que “ahora no es un buen momento, y por cierto, voy a llegar tarde para la cena”. Otra vez. Al salir para agarrar el correo, la hermana Baker que vive en la misma calle pasa con su carro y voltea la cara para evitar el contacto visual.

Me pregunto si alguna vez se va a disculpar por decir chismes acerca de mí, te preguntas a ti mismo. Ya la has perdonado, por supuesto. O tal vez no…

Casi a diario, tenemos interacciones con otras personas que pueden causar sentimientos de dolor, desacuerdos o incluso ira. Estos intercambios se producen en las familias, en el trabajo, en la iglesia, y en prácticamente cualquier otra relación humana. Aunque ofender a alguien puede ser el objetivo a veces, la mayoría de las veces los que nos hacen daño no lo hacen con intención. Y esto no cambia el hecho de que estos sentimientos son dolorosamente reales, y que a menudo puede robarnos la paz y armonía que anhelamos.

En centro de la expiación de Jesucristo es la idea de que el Salvador puede arreglar lo que está roto, no importa que tan roto esté. Él es capaz arreglar todo, o a todos los que estén desalineados.

Sin embargo, tal vez no comprendemos plenamente que Él también nos puede cambiar para que nuestras respuestas a las fricciones inevitables de la vida sean iguales a sus respuestas (véase 3 Nefi 27:27). A medida que aprendemos más acerca de Él, vemos una forma de vida que surge y que puede transformar nuestras propias interacciones mortales.

Belleza en lugar cenizas

En Isaías capítulo 61, el profeta predice el momento en que el Salvador proclamaría su misión terrenal:

1 El Espíritu de Jehová el Señor está sobre mí; porque me ha ungido jehova para proclamar buenas nuevas a los mansos, me ha enviado a vendar a los quebrantados de corazón, a proclamar libertad a los cautivos y a los prisioneros apertura de la cárcel;

2 a proclamar el año de la buena voluntad de Jehová, y el día de la venganza del Dios nuestro; a consolar a todos los que lloran;

3 a ordenar que a los que está de duelo en Sión se les dé gloria en lugar de ceniza, aceite de gozo en lugar de luto, manto de alegría en lugar del espíritu apesadumbrado; y serán llamados árboles de justicia, plantío de Jehová, para que él sea glorificado.

“Se les dé gloria en lugar de ceniza”. Suena tan lindo. Tener la habilidad de amar y perdonar como lo hizo el Salvador parece tan correcto, tan obvio, pero también tan difícil. ¿Realmente podemos responder a la falta de amabilidad con amabilidad? ¿Podemos realmente perdonar a alguien que no “merece” nuestro perdón? Esto parece difícil, injusto, e incluso, a veces, imposible.

 

¿Cómo podemos dar ” belleza en lugar de cenizas”?

Pero el evangelio nos enseña lo contrario. Nuestros corazones, nuestra naturaleza, pueden ser cambiadas. El Salvador nos puede cambiar, y cuando nos cambia, nuestra forma de responder a esos momentos en los que alguien nos da “cenizas” puede de hecho, convertirse en “belleza”. A medida que nos convertimos en la respuesta de Cristo, los corazones de los demás, incluso el de nuestros enemigos, pueden cambiar de una manera poderosa. Tal proceso no es fácil, pero tampoco es opcional.

Durante el Sermón del Monte, el Señor enseñó la verdad edificante que “Oísteis que fue dicho: Amarás a tu prójimo, y aborrecerás a tu enemigo. Pero yo os digo: Amad a vuestros enemigos, bendecid a los que os maldicen, haced bien a los que os aborrecen, y orad por los que os ultrajan y os persiguen; para que seáis hijos de vuestro Padre que está en los cielos” (Mateo 5: 43-45).

¿Amar a nuestros enemigos? ¿Bendecir a los que nos maldicen? ¿Orar por los que ultrajan o persiguen? De hecho, una doctrina difícil. Pero no se espera que lo hagamos solos. El Salvador invierte eternamente en el proceso de nuestra perfección. Él lo inició con un sufrimiento inimaginable y a costa de su propia vida. En nuestras relaciones, nos encontramos con innumerables momentos destinados a ayudar a desarrollar un carácter semejante al de Cristo. La manera en que respondemos a estos momentos es muy importante.

Con la ayuda amorosa, amable y paciente del Salvador, podemos responder al dolor, e incluso al odio como Él lo haría. Podemos aprender a dar “belleza en lugar de cenizas” y finalmente y milagrosamente a convertirnos como él es. Su vida y enseñanzas nos muestran cómo. Los profetas vivientes nos invitan a recorrer el camino del discípulo. Es un camino que no podemos caminar sin ayuda celestial.

¿Cómo empezamos?

¿Existe una lista de pasos que podemos tomar para “llegar a ser la respuesta de Cristo”? El Espíritu Santo sugiere suavemente una mejor manera. La sincera, y suplicante oración. La búsqueda humilde y coherente de las Escrituras y de las enseñanzas de los profetas. Reflexionando sinceramente durante la Santa Cena y en la Casa del Señor.

Tal vez la sugerencia más útil es comprometernos a actuar en la fe en la búsqueda de conocer y seguir al Hijo de Dios. Él quiere enseñarnos cómo responder a su manera, pero con el fin de aprender de eso, tenemos que ir a Él con humildad. Su expiación es tanto el medio como el modelo de “cómo hacerlo”, y mediante su estudio, vamos a aprender a perdonar las ofensas y luego, dar a otros el beneficio de la duda con gracia y persistencia. A través del Salvador y de Su Evangelio restaurado vamos a recibir la gracia suficiente para dar “belleza en lugar de cenizas” hasta que, milagrosamente, nosotros, como nuestro Salvador, nos convirtamos en algo verdaderamente bello.

 

Fuente : LDSLiving.com