Cuando Haroutioun Arslanian entró por primera vez al Templo de Salt Lake en 1977, no imaginaba que aquella experiencia cambiaría toda su vida. Él tenía dificultades para comprender las instrucciones en el templo porque apenas hablaba inglés y nadie allí podía ayudarlo en armenio, su idioma natal.
Sin embargo, en lugar de permitir que aquella barrera lo alejara, Haroutioun regresó a casa y le hizo una pregunta a su esposa, Manoushag, que terminaría marcando el rumbo de las siguientes cinco décadas:
«¿Te gustaría ir conmigo al templo todos los sábados?”.
Desde entonces, prácticamente no ha faltado. Hoy, a los 90 años, Haroutioun lleva 49 años asistiendo semanalmente al templo, una disciplina que se ha mantenido como una de las prioridades más importantes de su vida. Para él, sin embargo, cada visita ha sido una oportunidad para aprender, fortalecer su fe y comprender mejor el plan de Dios.
”Estoy aprendiendo poco a poco, visitando un templo a la vez”, explica.
Su historia también está profundamente relacionada con la de su familia, con sus raíces armenias y con varias generaciones que enfrentaron dificultades para mantener su fe y acercarse al templo.
Una historia familiar marcada por la fe y el desplazamiento

Haroutioun nació y creció en el Líbano, después de que su familia, de tradición católica, huyera de la violencia que afectó a los armenios en Turquía. Allí conoció a Manoushag, cuya familia tenía una historia particular dentro de la Iglesia.
El abuelo de Manoushag, Moses Hindoian, fue uno de los primeros armenios en convertirse a la Iglesia de Jesucristo. Fue bautizado en Turquía en 1893 y, décadas después, cuando la persecución contra los armenios se intensificó, ayudó al presidente de misión a organizar la salida de miembros de la Iglesia que necesitaban abandonar el país.
La pequeña comunidad de Santos de los Últimos Días emprendió entonces un difícil recorrido hacia Alepo, Siria. La Iglesia proporcionó carretas y muchos de los miembros caminaron alrededor de 122 kilómetros para escapar de la persecución.
La historia de la familia continuaría atravesando fronteras. Abraham, hijo de Moses, deseaba llegar a Salt Lake City para que su familia pudiera ser sellada en el templo. Sin embargo, las circunstancias hicieron que el camino fuera mucho más complicado de lo esperado.
El entonces presidente de la Misión Europea, Gordon B. Hinckley, le aconsejó vender su casa y su negocio en Siria e inmigrar primero al Líbano. Desde allí podría solicitar su ingreso a Estados Unidos como inmigrante y reunirse con otros Santos de los Últimos Días en Salt Lake City.
La familia siguió ese consejo y finalmente consiguió llegar a Estados Unidos. Años después, Haroutioun también encontraría su propio camino hacia Utah, aunque antes tendría que superar una serie de dificultades antes de reunirse con la familia de su futura esposa.
Un matrimonio que parecía estar en manos de Dios

Cuando Haroutioun y Manoushag se conocieron, la familia de ella todavía esperaba sus visas para emigrar a Estados Unidos. Durante esa espera, sus padres concertaron el matrimonio de ambos, una práctica que era común en aquella época.
Poco después de casarse, la familia de Manoushag recibió finalmente las visas, pero Haroutioun no pudo obtener la suya porque en ese momento todavía era católico y no podía utilizar su religión como motivo para abandonar el Líbano.
La pareja permaneció allí durante otros ocho años y tuvo dos hijos. Finalmente, en 1967, Haroutioun consiguió reunirse con los padres de Manoushag en Utah después de ser patrocinado por una empresa estadounidense para trabajar como maquinista.
Para él, las circunstancias que hicieron posible que conociera a Manoushag y terminara llegando a Estados Unidos fueron intervención divina. En Utah, Manoushag continuó practicando su fe dentro de la Iglesia. La pareja tuvo una tercera hija, Liza, y fue precisamente alrededor de la familia donde comenzó una nueva etapa para Haroutioun.
Gracias en parte a la labor misional de miembros del barrio y amigos, Haroutioun decidió bautizarse en 1977, poco antes de que Liza cumpliera ocho años. Poco después tuvo la oportunidad de bautizar a su propia hija. Un año más tarde recibió su investidura y comenzó a asistir semanalmente al templo.
El inicio de su servicio en el templo

Cuando el obispo de Haroutioun se enteró de que viajaba al templo cada semana, le sugirió que se convirtiera en obrero del templo. Esa propuesta, sin embargo, parecía poco realista para alguien que todavía tenía grandes dificultades con el inglés.
”Le dije al obispo: ‘Apenas hablo inglés y casi no entiendo lo que está pasando’”, recuerda Haroutioun.
La respuesta de su obispo fue sencilla:
”¿Crees en Dios?”
Cuando Haroutioun respondió que sí, el obispo le dijo:
”Entonces trabajarás en el Templo de Salt Lake”.
Y así comenzó su etapa de servicio. Haroutioun sirvió en el Templo de Salt Lake hasta la apertura del Templo de Jordan River, donde continuó trabajando. Luego, en 2005, pasó un año y medio como misionero de tiempo completo en el Templo de Manila, Filipinas.
Con el paso de los años, el templo pasó a convirtirse en una parte fundamental de la vida espiritual de Haroutioun.
Cuando pensó que tendría que dejar de servir

Después de tantos años, hubo un momento en el que Haroutioun pensó que quizá tendría que abandonar su servicio en el templo. A los trabajadores del Templo de Jordan River se les pidió memorizar las palabras de las ordenanzas y, aunque el inglés de Haroutioun había mejorado, memorizar textos religiosos seguía siendo un desafío.
Desanimado, llegó a pensar:
”Esto es todo. Este es el último día que puedo trabajar en el templo”.
Sin embargo, decidió intentarlo una vez más y, junto con otros trabajadores, se sentó en una sala del templo para estudiar dos páginas de material. Al principio, las miró sin saber cómo lograría memorizarlas. Entonces ocurrió una experiencia espiritual para Haroutioun.
”Me quedé mirando esas páginas, sin tener ni idea de qué iba a hacer”, recuerda. ”De repente, lo leí todo y me lo aprendí de memoria”.
Los demás trabajadores quedaron sorprendidos al escucharlo recitar todo el material. Para Haroutioun, aquella experiencia fue como una respuesta a su oración y como una muestra del apoyo que recibió del Padre Celestial.
”Pero no era yo. El Padre Celestial estaba conmigo, ayudándome… Me lo sé todo de memoria, y sé que el Padre Celestial me apoya al cien por cien. Si alguna vez me equivoco en una palabra, sé que el Padre Celestial me ayuda a retomar el buen camino”, afirma.
Lo que 49 años en el templo le han enseñado

Después de casi medio siglo de servicio semanal, Haroutioun asegura que el templo ha cambiado su manera de entender a Dios y a las personas.
Una de las lecciones del templo que más ha transformado su manera de pensar tiene que ver con el papel de la mujer. Haroutioun creció en una cultura de Medio Oriente donde existían fuertes diferencias entre hombres y mujeres. Al comparar aquella educación con lo que ha aprendido al servir en la Casa del Señor, reconoce que su perspectiva cambió.
”Gracias al templo, ahora tengo más respeto por las mujeres y por las madres que antes”, afirma.
A sus 90 años, Haroutioun todavía continúa sirviendo un día a la semana en el Templo de Jordan River. Después de 49 años de servicio, su objetivo es claro.
”Me gustaría, si puedo, si todavía estoy vivo, hacerlo hasta los 50 años [de servicio semanal]”, afirma.
Si logra cumplir esa meta, habrá pasado medio siglo sirviendo en el templo semanalmente sin falta.
Haroutioun entró al templo por primera vez sin dominar el idioma. Pero ahora, casi 50 años después, continúa entrando por la misma puerta con una convicción de que cuando el deseo de servir es sincero, la fe puede obrar milagros.
Fuente: LDSLiving
