Tuve algunas dificultades para escribir esto. Primero, porque no quería parecer insensible y segundo, porque no quería sonar como si estuviera tratando de alentar la discordia entre los miembros de un barrio.

Todos somos miembros de la Iglesia, pero también somos seres humanos. He visto ofensas involuntarias e intencionadas, mal temperamento y, si soy sincero, personas que simplemente no se pueden ver cuando asisten juntos a la Iglesia. Pienso que todos hemos pasado por eso. La verdad es que a todos, en algún momento, no les ha gustado estar cerca de TODOS en su barrio.

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Por un tiempo, realmente luché contra estos sentimientos. En aquel tiempo, estaba sanando de algunas heridas graves después de que otros miembros del barrio en los que había confiado hirieran a mi familia. No fueron las peores ofensas, pero siguen siendo bastante profundas, lo suficientemente profundas como para realmente tener un impacto en algunos de los miembros de mi familia y sus testimonios.

Luché con sentimientos de ira y dolor durante mucho tiempo. Sabía que se nos mandaba amarnos unos a otros y a unirnos como Iglesia, pero me sentía tan mal y era difícil ver más allá de mi dolor. Asistir a la Iglesia y estar cerca de personas que no me agradaban y que tampoco les agradaba fue difícil.

Finalmente, me di cuenta de que tenía una opción. Podría dejar de asistir a la Iglesia o podría seguir asistiendo. Era así de simple. Sabía en el fondo de mi corazón que no debía permitir que todas estas ofensas me afectaran; después de todo, yo no iba a la Iglesia para estar cerca de las personas. Iba a la iglesia porque quería estar donde mi Padre Celestial quería que estuviera.

A pesar todo, eso no hizo que el nudo sólido de ansiedad que se encontraba en la boca de mi estómago desapareciera cada vez que caminaba por los pasillos de nuestra capilla y pasaba junto a las personas que habían tratado a mi familia de manera tan terrible.

Fue en esta época que el Elder David A. Bednar discursó en la Conferencia General. Hubo una parte en particular que me impactó:

Cuando creemos o afirmamos que se nos ha ofendido, solemos querer decir que nos hemos sentido insultados, maltratados, desairados o que nos han faltado al respeto. Y, desde luego, al relacionarnos con las demás personas, vamos a ser objeto de expresiones torpes que nos hagan sentir vergüenza, de observaciones carentes de escrúpulos y maliciosas, por las que podríamos sentirnos ofendidos. No obstante, básicamente, es imposible que otra persona los ofenda a ustedes o que me ofenda a mí. De hecho, creer que otra persona nos ha ofendido es fundamentalmente falso, puesto que el sentirnos ofendidos es un sentimiento que escogemos experimentar y no un estado inferido a nosotros ni impuesto sobre nosotros por otra persona o cosa.

Habiendo sido dotados del albedrío, ustedes y yo venimos a ser agentes, y ante todo hemos de actuar y no permitir tan sólo que se actúe sobre nosotros. El creer que alguien o algo podrá hacernos sentir ofendidos, irritados, lastimados emocionalmente o amargados disminuye nuestro albedrío moral y nos transforma en objetos sobre los cuales se actúa. Sin embargo, en calidad de agentes, ustedes y yo tenemos el poder de actuar y de escoger la forma en la que reaccionaremos ante una situación agraviadora o hiriente.” (Y no hay para ellos tropiezo)

Yo no sentí que estaba tomando la elección consciente de ofenderme. Yo quería poder estar cerca de estos miembros del barrio. Ese día sentí el Espíritu cuando escuché estas palabras y supe que debía actuar de acuerdo con lo que había escuchado.

El elegir no ofenderse, no es solamente una elección que se da una sola vez. Asistir a la Iglesia solía ser una experiencia muy solitaria, porque sabía que algunos de los miembros de nuestro barrio no querían estar cerca de mí o de mi familia. No pude cambiar cómo se sintieron, sólo podía cambiar cómo me sentía.

Lo único que pude ver, fue la verdadera razón por la que iba a la Iglesia, la cual era mantener y fortalecer mi relación con nuestro Padre Celestial, y dejar de centrarme en lo mucho que no quería estar cerca de las personas. De ninguna manera esto excusaba sus acciones o sus palabras, aún así sabía que no podía seguir yendo a la Iglesia sin tomar la decisión consciente de mirar más allá de sus ofensas.

Volviendo atrás, no estoy tan segura de que fue lo que me dio la fuerza para seguir adelante, seguir perdonando y seguir mirando más allá de lo que se dijo e hizo. La única explicación que puedo pensar es que el Padre Celestial me estuvo bendiciendo cuando hacía mis esfuerzos, incluso cuando estos eran pequeños.

Sé que no soy la única persona que alguna vez se ha sentido así acerca de los miembros de su barrio y tampoco estoy diciendo que de alguna manera yo sea mejor que los demás. No todos en mi familia reaccionaron como yo, algunos se volvieron inactivos; yo los sigo amando y sé que definitivamente mi Padre Celestial los ama.

Si te encuentras en la misma posición, donde honestamente no te agradan las personas con las que asistes a la Iglesia y a la vez a ellos no les agradas, aquí hay algunas cosas que te pueden ayudar.

1. Reconoce que no vas a la Iglesia por ellos

jesus

Aunque entablar amistades duraderas y bellas con otros miembros de la Iglesia es lo ideal, puede que no suceda con cada miembro del barrio en el que te encuentres. Si los encuentros con estos miembros se vuelven hostiles, es importante recordar que no son la razón por la que vas a la Iglesia. En estas circunstancias, es importante volver a lo básico.

Aquí hay algunos puntos del evangelio en los que debemos centrarnos durante este tiempo, tal como lo describió el Elder Uchtdorf en la Conferencia General de octubre del año 2015:

“Hermanos y hermanas, vivir el Evangelio no tiene que ser complicado. En realidad es sencillo. Se podría describir así:

  • Escuchar la palabra de Dios con verdadera intención nos lleva a creer en Dios y a confiar en Sus promesas.
  • Cuanto más confiemos en Dios, más lleno estará nuestro corazón de amor por Él y por los demás.
  • Debido a nuestro amor por Dios, deseamos seguirlo a Él y actuar en armonía con Su palabra.
  • Porque amamos a Dios, queremos servirle; queremos bendecir la vida de los demás y ayudar a los pobres y los necesitados.

Y así continúa, cada paso llevándonos al siguiente y llenándonos con una fe, esperanza y caridad que crecen incesantemente.

Es hermosamente sencillo y funciona de maravilla.” (¡Funciona de maravilla!)

Para escuchar la palabra de Dios, seguirlo y caminar en el sendero del discipulado, necesitamos asistir a la Iglesia, esa es la razón por la que deberíamos estar allí.

Una agradable atmósfera social dentro la Iglesia, no es necesaria para nuestra adoración aunque sí es un ideal por el cual se puede luchar. Aunque puede ser extremadamente incómodo e incluso emocionalmente doloroso ir a la Iglesia con personas que no te agradan y no les agradas, enfocarse en lo básico del evangelio puede ayudar a aliviar ese dolor y la incomodidad. También te puede ayudar a progresar espiritualmente al desarrollar un espíritu de caridad por los demás.

2. Mantener el Espíritu de caridad con los que puedan ofenderte

La caridad es el amor puro de Cristo, se nos ha dado el mandamiento de a amar a nuestro prójimo como a nosotros mismos y eso incluye los que no nos agradan.

El Presidente Thomas S. Monson lo repitió perfectamente en su discurso, “La caridad nunca dejar de ser”, de la Conferencia General del 2010.

“La caridad es tener paciencia con alguien que nos ha defraudado. Es resistir el impulso de ofenderse con facilidad. Es aceptar las debilidades y los defectos. Es aceptar a las personas como realmente son. Es ver, más que las apariencias físicas, los atributos que no empalidecerán con el tiempo. Es resistir el impulso de categorizar a otras personas.”

No pude cambiar la forma en la que otros me trataban, pero podía cambiar la forma en que reaccioné y una de esas formas fue a través de la caridad. Eso no significaba que tuviera que hacer un gran, gran gesto de servicio hacia los miembros del barrio, a veces sólo significaba mirar más allá de los insultos y verlos como el Padre Celestial los ve, como hijos de Dios con potencial divino.

Otras veces, tenía la intención de hacer lo que la Hermana Linda K. Burton aconsejó en su discurso “Llevaré la Luz del Evangelio a mi hogar” en la sesión General de mujeres del año 2016.

“Una de las mejores maneras de desarrollar y demostrar amor al prójimo es ser generosos en nuestros pensamientos y palabras. Hace algunos años, una querida amiga señaló: “La caridad más sublime sería abstenerse de criticar”. Eso también sería acertado hoy.”

El simplemente omitir las críticas y juicios, y hablar amablemente a los miembros del barrio que me trataron mal fue una forma significativa de caridad. A veces no fue fácil ni cómodo, pero me ayudó a que fuera más fácil el perdonar a las personas.

3. Date tiempo de sanar y perdonar

Mientras extiendes un espíritu de caridad a los demás, también es importante que te des un tiempo para sanar y ser paciente con tus esfuerzos. Es posible que no puedas perdonar de inmediato. Es posible que no puedas dejar de hacer juicios de inmediato. Es posible que ni siquiera puedas hablarles con bondad de inmediato. Pero sigue intentándolo. Perdonar a los demás es un proceso que lleva tiempo. Como dijo el Elder Bednar en su discurso:

Pablo enseñó a los santos de Efesos que el Salvador estableció Su Iglesia “a fin de perfeccionar a los santos para la obra del ministerio, para la edificación del cuerpo de Cristo,

“Hasta que todos lleguemos a la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios, a un varón perfecto, a la medida de la estatura de la plenitud de Cristo” (Efesios 4:12–13).

Por favor, fíjense en el empleo del dinámico vocablo “perfeccionar”. Como lo describió el Elder Neal A. Maxwell, la Iglesia “no es una casa de reposo para los que ya son perfectos” (“El hermano ofendido”), sino que la Iglesia es un laboratorio de aprendizaje y un taller de trabajo en el que adquirimos experiencia al practicar los unos con los otros en el proceso continuo de “perfeccionar a los santos”.

No eres perfecto y la gente de tu barrio tampoco es perfecta. Puede tomar más tiempo de lo que pensabas en perdonarlos, pero el Evangelio puede ayudarte a llegar hasta ahí. Tendrás que recurrir al Salvador y pedir ayuda para sanar, y eso está bien.

Haz lo que puedas para sanar, incluso si eso significa tomarlo con calma durante un tiempo mientras trabajas en perdonar a los demás.

”Este artículo fue escrito originalmente por Ana Black y fue publicado por ldsliving.com el título: “3 Things You Can Do When You Don’t Like Your Ward Members (or They Don’t Like You)”