Durante muchos siglos, Egipto fue una tierra casi cerrada para Occidente. Sus monumentos existían, pero pocos europeos los habían visto de cerca y casi nadie los había estudiado seriamente. Eso cambió a inicios del siglo XIX, cuando Napoleón invadió Egipto. Aunque su campaña militar fracasó, abrió una puerta que ya no volvería a cerrarse: la del interés europeo por el antiguo Egipto.
Tras la retirada francesa, varias potencias europeas enviaron diplomáticos y exploradores al país. Muchos de ellos tenían un objetivo muy claro: conseguir antigüedades. Estatuas, momias y papiros comenzaron a salir de Egipto en grandes cantidades rumbo a Europa. En ese tiempo, el gobernante egipcio Mohammed Ali buscaba modernizar su país con ayuda occidental y no veía los antiguos monumentos como algo sagrado.
Para él —y para muchos musulmanes de la época— esos restos eran símbolos de un pasado pagano sin valor religioso. A cambio de tecnología, armas y apoyo político, permitió que innumerables piezas salieran del país.

Investigaciones históricas muestran que, además del interés científico, en Europa existía una fuerte fascinación cultural por Egipto. No solo se lo veía como una civilización antigua, sino como un mundo lleno de misterio, símbolos y secretos.
Esa mezcla de curiosidad, romanticismo y deseo de prestigio explica por qué museos como el Louvre, el British Museum o el museo de Berlín comenzaron a llenarse de antigüedades egipcias.
En medio de ese escenario aparece Antonio Lebolo, un excavador italiano que trabajó en Egipto y colaboró con intereses franceses. Lebolo ayudó a formar importantes colecciones europeas, pero también vendió grupos más pequeños de artefactos a coleccionistas privados.
Uno de esos grupos —once momias y varios papiros— tomó un rumbo inesperado: cruzó el océano y llegó a Estados Unidos. Fue la primera gran colección de antigüedades egipcias que entró al país.

Las momias se convirtieron rápidamente en un espectáculo. Eran exhibidas en hoteles y salones, anunciadas en periódicos locales y visitadas por multitudes curiosas. Durante un tiempo, la colección estuvo bajo el cuidado de un hombre llamado Michael Chandler, quien viajaba con ella y cobraba entrada. Con los años, Chandler comenzó a vender algunas momias, hasta que solo le quedaron cuatro y los papiros.
En ese punto, un amigo suyo, Benjamin Bullock, despertó su curiosidad con una idea inusual. Bullock tenía familiares —los Kimball— que se habían unido a la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días. Ellos le habían contado que su profeta, José Smith, tenía el don de traducir registros antiguos. Bullock quiso comprobarlo por sí mismo y convenció a Chandler de llevar los papiros a Kirtland, Ohio.
En julio de 1835, Chandler y Bullock llegaron a Kirtland y se hospedaron en una posada cercana al templo que se estaba construyendo. A través de una serie de contactos, los papiros llegaron a manos de José Smith. Al verlos, el profeta mostró un interés inmediato. Poco después, declaró haber aprendido por revelación que esos documentos contenían escritos de Abraham y de José de Egipto.

José Smith deseaba adquirir los papiros, pero Chandler no quería venderlos sin las momias. A pesar de que la Iglesia estaba atravesando dificultades económicas y aún financiaba la construcción del templo de Kirtland, varios miembros reunieron el dinero necesario para comprarlos. Así, las momias y los papiros pasaron a formar parte de la historia de la Restauración.
Durante los meses siguientes, José Smith trabajó en la traducción de los papiros de manera intermitente. Hubo períodos de intensa dedicación, especialmente a finales de 1835, y otros en los que el trabajo se detuvo debido a viajes, conferencias y nuevos estudios, como el aprendizaje del hebreo. Aun así, el interés nunca desapareció del todo.
Los papiros y las momias se convirtieron en un punto de atracción. Decenas de visitantes acudían a verlos en distintas casas y edificios de la Iglesia. Con el tiempo, debido a conflictos y persecuciones, los objetos fueron trasladados de Ohio a Misuri y luego a Illinois. En Quincy y Nauvoo, la madre del profeta, Lucy Mack Smith, comenzó a mostrarlos al público cobrando una pequeña entrada, una forma digna de sostenerse en su vejez.

En Nauvoo, José Smith asumió la edición del periódico Times and Seasons. Desde allí, comenzó a publicar su traducción del Libro de Abraham. En marzo de 1842 aparecieron los primeros capítulos junto con el primer facsímil. Días después se publicó el resto del texto y el segundo facsímil. En mayo se añadió el tercero. Aunque el periódico prometió más contenido, nunca se publicó nada adicional del libro en vida del profeta.
Tras el martirio de José Smith, las momias y los papiros quedaron bajo el cuidado de su familia. Años después, Emma Smith los vendió, probablemente para ayudar a cubrir las deudas que había heredado. Durante décadas se creyó que toda la colección se había perdido en el gran incendio de Chicago de 1871, ya que los registros del museo donde estaban indican que no sobrevivieron al fuego.
Sin embargo, la historia dio un giro inesperado casi cien años después. Se descubrió que algunos fragmentos nunca habían llegado a Chicago. Habían permanecido en manos privadas y, finalmente, fueron adquiridos por el Museo Metropolitano de Arte de Nueva York. En 1967, el museo entregó esos fragmentos a la Iglesia como un gesto de buena voluntad.

Desde entonces, los llamados Papiros de José Smith han sido objeto de intenso estudio. Historiadores y egiptólogos Santos de los Últimos Días, como John Gee y Kerry Muhlestein, han investigado su contexto, su historia y las preguntas que despiertan.
Estos estudios reconocen tanto lo que se sabe como lo que aún no se sabe, y ayudan a entender por qué la historia del Libro de Abraham es compleja, pero profundamente significativa.
La historia de estos papiros no termina con respuestas simples. Es un relato de viajes improbables, decisiones humanas, pérdida y redescubrimiento. Y sigue invitando a la reflexión sobre revelación, traducción y fe, mientras su historia continúa desarrollándose.
Fuente: Meridian Magazine
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