Los cielos no están cerrados, hay ángeles caminando a nuestro alrededor

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Noté algo interesante esta semana mientras miraba los titulares. Dos noticias, de dos fuentes completamente diferentes, contenían el término “actos de bondad al azar”.

La repetida combinación de “bondad” y “al azar” me hizo hacer una pausa. Fui al diccionario Merriam-Webster para buscar la definición de “al azar” y encontré un significado que decía, “sin un plan, propósito o patrón definido”.

Ciertamente, los actos de bondad se llevan a cabo al azar. Hay momentos en los que las personas de manera inesperada se sienten compelidas a comprar alimentos para alguien más, a llamar a un vecino o amigo de la nada o incluso a acercarse a un extraño y entablar una conversación con ellos.

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¿Pero no sería el mundo diferente si hubiera un plan, un propósito o un patrón para nuestra bondad? Solo piensa en algunos de los antónimos de “al azar”: bondad planificada, bondad organizada o bondad con propósito.

Durante la semana, escuché el discurso de la Conferencia General de octubre de la hermana Michelle D. Craig, “Ojos para ver”. 

En el discurso, ella comparte que recibió la impresión de dejar su teléfono mientras esperaba en la cola. Hacerlo la llevó a entablar una conversación con un hombre que, sin que ella lo supiera, estaba de cumpleaños pero no se lo había contado a nadie.

Si una tercera persona hubiera observado aquel momento entre la hermana Craig y el hombre en la cola, es posible que hubiera pensado que fue un acto de bondad al azar. Al actuar conforme a la impresión que recibió, la hermana Craig estuvo lista para brindar bondad a quién lo necesitaba.

Pienso que la bondad es parte de nuestra herencia divina y que si nos preparamos de la manera correcta, aquella bondad se vuelve natural y no al azar. Pero, ¿cómo hacemos eso? 

En su discurso, la hermana Craig se refirió a lo que creo que es la clave fundamental para desarrollar esta bondad. Ella dijo: 

“Quizá las cosas más importantes que debamos ver con claridad es quién es Dios y quiénes somos nosotros realmente: hijos e hijas de Padres Celestiales, con una “naturaleza divina y un destino eterno””.

A veces pienso que ver quién es Dios y comprender quiénes somos, van de la mano. El profeta José Smith enseñó una vez: 

“Si los hombres no comprenden la naturaleza de Dios, no se comprenden a sí mismos”.

El élder Jeffrey R. Holland dijo también:

“Cuando hablamos de [los ángeles] que son instrumentos en la mano de Dios, se nos recuerda que no todos los ángeles provienen del otro lado del velo; con algunos de ellos caminamos y hablamos… aquí, ahora y todos los días. 

Algunos de ellos residen en nuestro propio vecindario; algunos de ellos nos dieron la vida y, en mi caso, uno de ellos aceptó casarse conmigo.

De hecho, los cielos nunca parecen estar más cerca que cuando vemos el amor de Dios manifestado en la bondad y la devoción de personas tan buenas y puras, que la palabra “angélica” es la única que acude a mi mente”.

En las notas al pie de página del discurso de la hermana Craig, ella comparte esta asombrosa cita de C.S. Lewis que se encuentra en “The Weight of Glory”:

“Es algo muy serio vivir en una sociedad de posibles dioses y diosas, recordar que la persona más aburrida […] menos interesante con la que hablan, algún día se podría convertir en alguien que, si la vieran ahora, se sentirían inclinados a adorar […]. No existen las personas comunes y corrientes”.

Comprender quiénes somos, comprender quién es Dios y comprender en quiénes podemos convertirnos puede hacer que actuar con bondad sea algo menor aleatorio y un poco más natural.

Nunca está demás realizar actos de bondad, pequeñas muestras del gran amor de Dios por Sus hijos, ser los ángeles que necesitan sobre la tierra.

Fuente: ldsliving.com

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