A menudo encontramos miembros que está atraviesan momentos y situaciones difíciles, buscan ayuda y apoyo, sin embargo no siempre sabemos cómo ser lo que necesitan.  

Quería empezar este artículo con un breve mensaje sobre lo que significa ser parte de una Iglesia llena de personas imperfectas. Conozco de manera personal los dolores de cabeza, las lágrimas, las horas de búsqueda espiritual o los años de dolor que a veces pueden crear nuestras imperfecciones.

Todos caemos. Todos pecamos. Todos decimos y hacemos cosas que no deberíamos hacer a veces. Todos estamos heridos. Pero juntos, en Cristo, formamos un panorama hermoso. Juntos tratamos, crecemos, aprendemos y ministramos de maneras maravillosamente únicas.

Espero que todos comprendamos y nos demos cuenta de eso a medida que nos comunicamos entre nosotros en nuestras capillas, durante las lecciones, en el supermercado, en la vereda, a través de mensajes de texto, llamadas telefónicas o en nuestras casas.

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La mayoría de los miembros de la Iglesia son parte de esta Iglesia porque están tratando de ser mejores, o porque al menos desean ser mejores. 

Cuando tenemos un mal entendido con alguien, debemos ser lo suficientemente bondadosos como para darles a nuestros semejantes Santos de los Últimos Días el beneficio de la duda y asumir que tienen buenas intenciones.

Amémoslos por esas intenciones, en lugar de pensar en la manera equivocada en que se podrían interpretar esas intenciones.

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Lo último que quiero que sea este artículo es una razón para que alguien se sienta cohibido al hablar o reticente al comunicarse con los demás. Como dijo la hermana Camilla Kimball, “Nunca repriman un pensamiento generoso”.

En su lugar, espero que estos pocos consejos nos ayuden a ser más abiertos, incluyentes y afectuosos en nuestras conversaciones, y espero que este artículo nos ayude a relacionar mejor nuestras intenciones con las palabras que usamos.

Cuando conoces a alguien por primera vez…

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Cuando conocemos a un miembro de la Iglesia, a menudo buscamos puntos en común para poder relacionarnos mejor y minimizar el sentimiento de incomodidad.

Pero este deseo a veces puede llevarnos a hacer preguntas que se apoyan en gran medida en el supuesto de que nuestras vidas serán similares. Y, para algunos, estas preguntas pueden convertirse en un recordatorio doloroso o pueden hacer que la persona se sientan fuera de lugar.

Cuando se trata de este tipo de preguntas, es mejor evitar aspectos específicos, tales como: ¿Te estás preparando para una misión? ¿Estás casado? ¿Tienes hijos? ¿En qué trabajas o en qué trabaja tu cónyuge?

En su lugar, haz más preguntas abiertas que permitan a los miembros de la Iglesia comunicar lo que es más importante para ellos. Por ejemplo: Cuéntame un poco sobre ti, ¿cuáles son algunos de tus pasatiempos favoritos?

Escucha con la intención de conocerlos, no de hablar de ti mismo. Es probable que temas como la misión, matrimonio, hijos o el trabajo surjan naturalmente en la conversación, pero lo más importante es que aprenderás lo que es importante para este miembro de la Iglesia.

Cuando alguien comparta algo inesperado o menciona un tema sobre el que no sabes mucho, ten la humildad de pedir una explicación. Y, con el mismo espíritu de evitar ciertas suposiciones, trata de no usar la frase preliminar “Lo siento” en estas conversaciones. 

El no tener hijos, divorciarse, no servir una misión, etc, son situaciones que no justifican pena o una disculpa de tu parte.

En algunos casos, estas situaciones son grandes bendiciones o experiencias de aprendizaje. Así que espera hasta el momento apropiado para decir “Lo siento” y, entre tanto, pídeles que te cuenten más sobre su vida, sus opiniones y sus experiencias.

Cuando te estás preguntando si hay algo que puedas hacer…

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¿Te suena esto familiar? Has escuchado en una conversación o recibiste un mensaje de texto que explica que tu nueva familia ministrante/consejero/amigo de escuela dominical acaba de tener un bebé o pasado por el fallecimiento de un familiar o una emergencia. Quieres ayudar, pero tampoco quieres parecer entrometido. Los conoces… más o menos, pero no sabes lo que podrían necesitar.

Es posible que te sientas atrapado entre dos opciones: 1) Enviarles el mensaje que dice “Si hay algo que puedo hacer por ti, házmelo saber” o 2) Esperar hasta que todo se acabe porque no quieres parecer irrespetuoso, chismoso, o hacerlos sentir mal.

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Pero hay otras opciones. Una mujer a la que admiro es una cocinera fenomenal, por lo que les dice a las familias en estas situaciones: “Voy a llevarle la cena a su familia esta semana, a menos que hay algo más que necesite y en lo que pueda ayudar.”

Esta hermana no sólo ofrece sus habilidades, sino que también le dice a la familia que su ayuda es sincera. Piensa en tus propios talentos y limitaciones de tiempo, ora y luego ofrece una ayuda específica. Cuida a sus niños por una noche, corta el césped, escríbele una nota, déjale un regalo, cualquier cosa para hacerles saber que estabas pensando en ellos.

Cuando alguien está sufriendo…

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Cuando ya hemos enfrentado el dolor, procesamos las emociones y encontramos respuestas poderosas en nuestras vidas, a menudo queremos compartirlas con los demás, para cumplir nuestro deber de consolar a quienes necesitan consuelo. Pero a menudo, las personas necesitan tiempo para procesar y superar su propio dolor antes de poder pedir ayuda a los demás.

A veces los que sienten dolor ya sienten una culpa innecesaria por ese dolor. Podrían preguntarse si hay algo malo en ellos al sentir un dolor tan grande cuando “existen los hombres para tener gozo”.

Es posible que vean o escuchen otras historias que estén llenas de principios y finales y se preguntan por qué su historia no se ve igual. Lo que no se dan cuenta es que todas esas historias se cuentan en retrospectiva.

Todas esas historias pasan por alto las sesiones de terapia, los años de proceso, las lágrimas derramadas, los días de oscuridad que recorrieron para encontrar esos momentos de paz y luz.

Permite que estos miembros de la Iglesia sientan y experimenten tu dolor. Más que eso, acompáñalos en su dolor. Escucha su dolor sin mirar cómo arreglarlo o solucionarlo. Ámalos. Ayúdalos a sobrellevar la vida cotidiana a medida que se van adaptando. Y valídalos haciéndoles saber que son fuertes, que no están quebrantados, que el Salvador les ayudará a superar esto.

Luego, en oración, ofrece compartir tus propios puntos de vista con ellos, pero espera a que te den el visto bueno cuando estén listos para escuchar. En estas conversaciones, siempre reconoce que tus situaciones no son las mismas.

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Evita frases como “Sé cómo te sientes”. Sólo nuestro Salvador puede conocer su dolor y las circunstancias que los rodean.

Luego, comparte tu experiencia, citas, escrituras y consejos siempre desde la perspectiva de “Esto es lo que me ayudó”. No intentes diagnosticar su dolor o prescribir una solución que les dará una “solución”.

La verdad es que este dolor probablemente los cambiará, pero puedes estar allí para amarlos durante todo ese proceso.

Cuando alguien confía en ti…

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Cuando un ser querido confía algo difícil o inesperado, sus palabras a veces pueden herirte como un cuchillo, destruir tus expectativas o romper tu corazón. Ten compasión por ti mismo y por la persona que se dirigió a ti en busca de consuelo. Aunque puede ser difícil, intenta evitar las reacciones instintivas o expresar sorpresa.

Por ejemplo, la frase “Nunca hubiera esperado esto de ti” podría comunicarle a alguien que ya está sufriendo que te ha fallado. No pases por alto sus comentarios ni busques soluciones rápidas. Esto les comunica que lo que les ha estado causando una intensa ansiedad, dolor, duda o frustración “no es tan grave” o que de alguna manera su fe no es suficiente.

Aquellos que confían en ti ya han contemplado y sufrido por su situación. A menudo se acercarán a ti llenos de confusión o aislamiento, tratando de tener esperanza, buscando la promesa de encontrar a quienes lloren con los que lloran.

Más que respuestas, necesitan sentir que son parte de algo. Necesitan sentir que son amados. Necesitan sentir que pertenecen.

Si bien puede que te sorprendan sus revelaciones, primero y sobre todo comunica tu amor por esa persona. Agradéceles por confiar en ti. No te fuerces a buscar las soluciones, a cambio, admite que no sabes que puede ayudarlos.

Sé transparente acerca de sus limitaciones o la complejidad de tu situación, luego comparte lo que sabes. 

Deja que tu ser querido sepa que lo amas, que Dios los ama exactamente como son y que no tienen que pasar por este proceso solos. Más que nada, escucha más de lo que hablas. Dales tiempo para que procesen y se enfoquen en su dolor mientras que tú también te enfocas en tus propias emociones.

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Siempre ofrece amor, ayuda y apoyo; pero al ofrecer consejos, asegúrate de reconocer que no existen dos situaciones iguales. Evita decir cosas como: “Sé cómo te sientes”, “Te entiendo” o “A mi amigo le pasó lo mismo, y ahora está completamente feliz porque…”

Si te sientes inspirado a enviarle una cita o un artículo que te parece puede estar relacionado con la situación de tu ser querido, deténte y pregúntate qué mensajes no intencionales podrías estar enviando.

No hay dos vidas iguales, por lo que enviar estos recursos como una solución podría no enviar el mensaje correcto. A cambio, haz que otros sepan que estás pensando en ellos. Diles que son fuertes, capaces, inteligentes y que Dios los dirigirá en su camino.

Palabras que puedes decir en casi todas las situaciones…

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“Gracias por contarme/confiar en mí.”

“Me siento más cercano a ti.”

“No lo sé todo, pero sé que te quiero/admiro.”

“Estoy aquí para ti.”

“Te escucho, y quiero que sepas que te tengo presente y sé todo el bien que haces.”

“Tú eres importante.”

“Tenerte como parte de mi vida ha hecho mi vida mucho mejor.”

“Te admiro porque…”

“Gracias por ser mi amigo y todo lo que añades a mi vida.”

“Eres fuerte.”

“No estás solo.”

Este artículo fue escrito originalmente por Danielle B. Wagner y fue publicado originalmente por ldsliving.com bajo el título “What to Say to Church Members in Awkward or Difficult Situations (+ What to Avoid)