Cuando un líder de la Iglesia me dijo algo muy hiriente y cómo lo superé

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Cuando serví en una misión, luché contra una considerable depresión durante casi los nueve primeros meses.

Después de varios traslados, mi presidente de misión me puso en contacto con una autoridad general, no era un miembro de los Doce. Recuerdo haber hablado con él, sollozar con todo mi corazón, decirle que no entendía por qué había querido servir en una misión de una manera tan desesperada toda mi vida… su respuesta no fue lo que necesitaba.

Por favor, no me malinterpretes: Este hombre, un hombre con un llamamiento sagrado, pero aun así imperfecto, era un hombre bueno que lo estaba intentando.

No me dijo nada hiriente intencionalmente, pero su respuesta fue algo así: “Los pioneros tuvieron que hacer cosas que no querían así que tienes que levantar el ánimo”. Quizá, ese consejo hubiera funcionado mejor para alguien más, alguien que simplemente necesitaba un cambio de actitud en lugar de alguien que necesitaba ayuda clínica. Sin embargo, para mí eso fue devastador.

Dejé esa conversación sintiéndome mucho peor que al principio.

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Recuerdo que me sentí muy sorprendida. Pensé sinceramente que este hombre tendría la solución a todos mis problemas, que podría canalizar a Dios y hacer algún tipo de milagro, curándome de mi depresión. Pero, en cambio, ¡me sentí aún más desanimada! ¿Cómo alguien que tenía un llamamiento como autoridad general podría decir algo que me hiciera sentir de esta manera?

Me tomó un tiempo darme cuenta, pero después comprendí que solo porque alguien tenga un llamamiento que respetas, o incluso tenga mayordomía sobre ti, no lo hace perfecto. Estoy segura de que este hombre estaba haciendo todo lo posible por ayudarme, pero no estaba seguro de cómo hacerlo. Si bien el 99% de las veces, los líderes hacen todo lo posible por ayudar, todavía son seres humanos que pueden cometer errores y eso no debe hacer tambalear tu fe.

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Aprender a perdonar

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Un buen amigo compartió conmigo una historia acerca de cuando se presentó ante su obispo, hace unas décadas. En lugar de demostrarle amor a este joven vulnerable, el obispo le dijo abruptamente que cambiara sus sentimientos o se convertiría en un asesino en serie.

Después de que alguien dice algo como eso, ¿cómo lo puedes perdonar? ¿Cómo puedes escuchar algo como eso y que tu fe NO se vea afectada?

Afortunadamente, debido al Evangelio de Jesucristo y Su Expiación, podemos perdonar y nuestra fe puede ser restaurada.

Este mismo amigo escribió:

Fue una experiencia traumática para mí. No había oración que invitara al espíritu. No había amor ni consuelo ni ánimo. La única persona en quien me enseñaron a confiar terminó no solo ayudándome a perder la confianza en él, sino también en el sacerdocio. Sabía que lo que dijo no era verdad. Sabía que no podía hacer las cosas que ese asesino en serie había hecho. Sin embargo, desde ese tiempo en adelante, tuve la sensación de que era malo por naturaleza, sin ninguna esperanza de salvación.  

En los pasillos de la Iglesia, haría contacto visual con el obispo y él me daría esos inquisitivos pulgares arriba, que le devolvería de manera entusiasta, aunque las cosas nunca estuvieran bien.

Fue un momento muy determinante para mi vida, pero decidí ignorarlo tanto como fue posible. Perdí la confianza en el sacerdocio. No aproveché las oportunidades para reunirme con mis líderes del sacerdocio para superar un comportamiento serio o repetido. Fui a la misión y como a los tres meses, intenté regresar a casa.

El presidente de mi misión me ayudó a restablecer mi fe en el sacerdocio por medio del amor y la amabilidad que me demostró y el apoyo que me brindó…

No fue hasta que tuve que pasar por el proceso de arrepentimiento que aprendí a perdonar a ese obispo y algunos otros líderes. Tuve que aprender la doctrina de Cristo y la aplicación de la misma para aprender a perdonar. Tuve que aprender que una parte importante de ser perdonado es perdonar a los demás y perdonarse a uno mismo. Aprendí que una parte importante de la doctrina de Cristo era aprender a escuchar y obedecer las impresiones del Espíritu, esos mandamientos personales que el Señor tiene para mí todos los días.

Finalmente, pude perdonar a este hombre cuando aproveché la oportunidad de perdonar personalmente a otro poseedor del sacerdocio, a quien le guardé rencor durante 8 años.

En esa conversación cara a cara, expresé lo mucho que me lastimó con algunos de sus consejos desacertados y, luego, en lugar de decirle que lo perdonaba, le pregunté si me perdonaría por aferrarme a mi enojo y desprecio. Necesitaba encontrar la sanación en este momento y encontré la oportunidad de arrepentirme.

Rechacé la idea de escribirle una carta a mi antiguo obispo, o llamarlo, pero me pregunto si eso hubiera causado más daño que bien. Si bien encontré sanación, no creo que fuera beneficioso recordarle algo que sucedió hace dos décadas. Ya no es un villano.

Ese hombre fue un antagonista en mi historia durante años, solo porque seguí describiéndolo de esa manera. Pero, si no tuviéramos esos antagonistas, ¿cómo podríamos apreciar y amar al Gran Protagonista de nuestra historia?

Debido a momentos como estos, busqué oportunidades más profundas e íntimas para venir a Cristo a fin de encontrar reposo y, hoy, estoy feliz, espiritualmente sano y tengo amor y devoción al Evangelio de Jesucristo a través de Su Iglesia Restaurada. Debido a ese hombre, pasé mi vida buscando respuestas en las Escrituras y aprendiendo la doctrina de Cristo.

Entender que todos cometemos errores

Jesús

Indudablemente, lo que dijo ese obispo fue inapropiado, pero eso no lo convierte en una mala persona. Significa que probablemente fue un hombre bueno que cometió un error.

Uno de mis discursos favoritos de todos los tiempos es “El ungüento sanador del perdón” de Kevin R. Duncan.:

“Ciertamente, aquellos que son espiritualmente menos maduros podrían, de hecho, cometer errores graves; no obstante, a nadie se debe caracterizar solamente por su peor acto. Dios es el juez perfecto; Él puede ver debajo de la superficie; todo lo sabe y todo lo ve (véase 2 Nefi 2:24). Él ha dicho: ´Yo, el Señor, perdonaré a quien sea mi voluntad perdonar, mas a vosotros os es requerido perdonar a todos los hombres´ (D. y C. 64:10)”.

Me asombra la obediencia de mi amigo al mandamiento de perdonar del Señor. Mi amigo pudo perdonar a su obispo que le dijo algo que lo lastimó y reconocer que este hombre, aunque estaba en una posición de liderazgo, era un ser humano imperfecto que no debería ser definido por algo hiriente que dijo hace casi dos décadas.

Como dijo mi amigo, debido a esa experiencia negativa con su obispo, tuvo que buscar experiencias más profundas e íntimas con el Salvador. Eso no hace que sea correcto lo que dijo el obispo, porque no lo fue, pero sí significa que el Señor puede tomar las experiencias malas y darles la vuelta para que nos conviertan en personas más amorosas y compasivas.

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Todos cometemos errores, incluso aquellos en posiciones de liderazgo. Pero, si comprendemos que todos somos imperfectos, incluso esas experiencias negativas se pueden utilizar para nuestro bien y pueden fortalecer nuestra fe en los poderes sanadores de la Expiación.

En este discurso “Vengan, únanse a nosotros”, el Élder Dieter F. Uchtdorf explicó:

Y, para ser completamente franco, ha habido veces en que los miembros o líderes de la Iglesia simplemente cometieron errores. Puede que se hayan dicho o hecho cosas que no estaban en armonía con nuestros valores, principios o doctrina.

Supongo que la Iglesia sólo sería perfecta si la administraran seres perfectos. Dios es perfecto y Su doctrina es pura; pero Él obra por medio de nosotros, Sus hijos imperfectos; y la gente imperfecta comete errores.

En la portada del Libro de Mormón leemos: “Y ahora bien, si hay faltas, éstas son equivocaciones de los hombres; por tanto, no condenéis las cosas de Dios, para que aparezcáis sin mancha ante el tribunal de Cristo”.

Ésta es la manera como ha sido siempre y como será hasta el día perfecto cuando Cristo mismo reine personalmente sobre la tierra.

Es triste que algunos hayan tropezado debido a los errores cometidos por los hombres; pero, a pesar de ello, la verdad eterna del Evangelio restaurado que se encuentra en La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días no ha sido manchada, menoscabada ni destruida.

Cristo es perfecto. Su Evangelio es perfecto. Pero, nosotros no lo somos.

Si te han lastimado, la sanación es posible a través del Salvador, cuya Iglesia esta es. Por medio de Él, podemos encontrar paz, felicidad, amor y perdón e incluso, nuestros días más oscuros y momentos de duda pueden ser iluminados a través de la luz del Hijo.

Este artículo fue escrito originalmente por Amy Keim y fue publicado en thirdhour.org con el título “When a Leader Said Something REALLY Hurtful (And How I Got Over It)”.

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