Hay un versículo en Salmos que puede parecer sencillo al leerlo por primera vez, pero que tiene una conexión muy especial con Jesucristo.

En Salmos 2:7 leemos:

Yo publicaré el decreto: Jehová me ha dicho: Mi hijo eres tú; yo te he engendrado hoy.

La frase “Mi hijo eres tú” no solo hablaba de una relación con Dios. En el contexto del Antiguo Testamento, también estaba relacionada con la realeza. Y eso cambia la manera en que podemos entender algunas palabras que Dios pronunció sobre Jesucristo.

“Hijo de Dios” también podía señalar a un rey

Imagen: La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días.

En varias partes del Antiguo Testamento, Dios se refiere al rey de Israel como Su hijo.Por ejemplo, cuando habló sobre la descendencia del rey David, declaró:

“Yo le seré para él padre, y él me será para mí hijo” (2 Samuel 7:14).

Algo parecido aparece en 1 Crónicas 28:6, donde Dios dice que había escogido a Salomón “por hijo”. Salmos 89 también describe al rey como alguien que llamaría a Dios “mi Padre” y que sería puesto por encima de los demás reyes.

Por eso, para los lectores de aquella época, llamar a alguien “hijo de Dios” también podía tener un significado real: esa persona había sido escogida para reinar.

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Esta idea aparece nuevamente cuando Jesús es bautizado.

Lucas 3:22 relata que el Espíritu Santo descendió sobre Él y que una voz del cielo declaró:

“Tú eres mi Hijo amado; en ti me complazco”.

Para los cristianos, esas palabras confirman que Jesús es literalmente el Hijo de Dios. Pero para quienes conocían las Escrituras antiguas, también podían recordar inmediatamente el Salmo 2.

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En otras palabras, la declaración también señalaba a Jesús como Rey. Algunos manuscritos antiguos de Lucas incluso registran una versión diferente de las palabras pronunciadas en el bautismo:

Mi hijo eres tú; yo te he engendrado hoy.

Esa frase coincide directamente con Salmos 2:7 y muestra que algunos lectores antiguos ya relacionaban ambos pasajes.

El Rey que no fallará

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Jesucristo no solo es el Hijo Unigénito de Dios en la carne. Las Escrituras también lo presentan como el Rey prometido. A diferencia de muchos gobernantes de Israel y Judá, Él cumpliría perfectamente aquello que se esperaba de un rey justo.

Jeremías profetizó:

«He aquí que vienen días, dice Jehová, en que levantaré a David un renuevo justo, y reinará como Rey, el cual será prudente y hará juicio y justicia en la tierra». (Jeremías 23:5).

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Isaías también habló de un gobernante cuyo reino no tendría fin y que ocuparía el trono de David con justicia. Por eso, cuando el Nuevo Testamento llama a Jesús “Hijo de Dios”, esas palabras tienen más profundidad de la que podría parecer.

Declaran quién es Su Padre, pero también quién es Él para toda la humanidad. Jesucristo es el Hijo de Dios y el Rey prometido, aquel cuyo gobierno, a diferencia de los reinos humanos, nunca terminará.

Fuente: Mais Fe

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