Una carta para el misionero que quiere abandonar su misión

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“Hay muchos misioneros que desean dejar la misión antes de tiempo, tienen preocupaciones sinceras y temores comprensibles, pero ¿qué podemos hacer para ayudarles?”

Querido misionero

Escribo esta carta con la esperanza de compartir algunos sentimientos sobre la misión de tiempo completo y lo que podría significar para ti y otras personas. No es mi intención obligarte a elegir algo que vaya en contra de tu voluntad, sin embargo, deseo que te puedas quedar en la misión.

Sé que debes tener una buena razón para querer abandonar la misión antes de que acabes tu servicio, ya sea de 18 o 24 meses. Verás, no estoy hablando de aquellos que deben regresar a casa por su dignidad o problemas de salud, ya sean mentales, emocionales o físicos.

Me refiero a aquellos que están física y mentalmente sanos, que son dignos de una recomendación para el templo, y después de que aceptan el servicio y se embarcan en la misión, desean regresar a casa antes de tiempo.

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Fuiste llamado por Dios

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Esa hermosa carta que contenía tu llamamiento misional, que tanto esperabas, no sólo tú sino también tu familia, líderes y amigos, contenía una asignación del Señor. 

Es posible que hayas hecho un video leyendo la carta. Quizás hayas recibido muchas felicitaciones por tu asignación. Seguramente hiciste sacrificios: paraste tus estudios, tu trabajo e incluso una relación. Tú y otros deben pagar por la misión.

Además de eso, necesitabas ropa, zapatos y mochila. Y finalmente, fuiste al Centro de Capacitación Misional y aprendiste más sobre el evangelio, las técnicas de enseñanza y quizás un nuevo idioma.

¿Y sabes qué es lo más importante de todo esto? Es que fuiste llamado a servir una misión por Dios. Piensa en eso por un momento. Olvídate de las voces de los demás. Intenta entender el origen de tu llamamiento. No fue un hombre quien te llamó, aunque Dios usó a Sus apóstoles para extender ese llamado.

El Elder Ronald A. Rasband testificó que los misioneros son “llamados por la revelación del Señor Dios Todopoderoso a través de uno de Sus siervos” (“El llamado divino de un misionero”, Conferencia General de abril de 2010).

La misión es difícil, pero se supone que debe ser así

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La misión no es fácil, nunca lo ha sido. Y no lo será. Hay rechazo, persecución, problemas de compañerismo, desafíos de adaptación, diversidad de culturas, comidas diferentes, cambios de rutinas, nostalgia, dudas, desánimo, etc.

Sin embargo, es uno de los momentos de mayor crecimiento y alegría en la vida. Fue así para mí y para la gran mayoría de los que sirvieron. Es así incluso entre aquellos que dejaron la Iglesia, es raro escuchar críticas sobre sus respectivas misiones. Incluso si deciden ir en contra de la doctrina y la Iglesia, aprecian el tiempo que han pasado sirviendo a las personas e invitándolas a conocer al Salvador.

Tú también puedes estar seguro de que a pesar de la dificultad, existe un gran gozo en el Servicio del Señor. Solo lee la experiencia del presidente Gordon B. Hickley, quien como joven misionero quería regresar a casa antes de tiempo:

“El joven élder Gordon B. Hinckley pasó unas primeras semanas muy difíciles como misionero de tiempo completo en Inglaterra. Estaba enfermo cuando llegó, y sus tentativas de predicar el Evangelio fueron repetidamente rechazadas. Durante aquel tiempo difícil, fue bendecido con lo que más tarde llamaría su “día de decisión”, una experiencia que influyó en su servicio durante el resto de su vida.

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“Me sentía desanimado”, recordaba. “Le escribí una carta a mi buen padre para decirle que creía que yo estaba perdiendo el tiempo y desperdiciando su dinero. Él no solo era mi padre, sino también mi presidente de estaca, y asimismo un hombre sabio e inspirado. Me respondió con una carta muy breve, en la que decía: ‘Querido Gordon: Recibí tu última carta y tengo solo una sugerencia: Olvídate de ti mismo y ponte a trabajar’. 

Horas antes, esa misma mañana, durante nuestra clase de estudio de las Escrituras, mi compañero y yo habíamos leído estas palabras del Señor: “Porque el que quiera salvar su vida la perderá; pero el que pierda su vida por causa de mí y del evangelio la salvará” (Marcos 8:35).

misioneros en desfile de Perú

“Aquellas palabras del Maestro, seguidas por el consejo de mi padre de olvidarme de mí mismo y entregarme a la obra, llegaron a lo más recóndito de mi alma. Con la carta de mi padre en la mano, entré al dormitorio de la casa en la que vivíamos, en 15 Wadham Road, me arrodillé e hice una promesa al Señor. Hice convenio con Él de que me esforzaría por olvidarme de mí mismo y me perdería en su servicio.

“Ese día de julio de 1933 fue mi día de decisión. Mi vida se vio inundada de una nueva luz y mi corazón de un júbilo antes desconocido para mí”.

Si eres tan sincero como el joven Gordon B. Hinckley, podrás sentir una “nueva luz” y un “júbilo antes desconocido” en tu corazón, incluso si estás rodeado de tentación, presión y desafíos.

Las cosas en casa estarán bien aun si no estás presente

Muchos de los misioneros que desean regresar tienen preocupaciones sinceras sobre su casa y familia. Tal vez alguien en tu familia está enfermo, o tal vez haya fallecido. Tal vez tu novia o novio está haciendo nuevos amigos y te escribe menos correos electrónicos. Quizás las oportunidades de estudio y trabajo parecen alejarse cada vez más.

Jesucristo amaba a Su familia, pero tuvo que dejar a Su madre y hermanos para servir a los demás. Su misión de tres años requirió todo de Él. En una ocasión, cuando Su familia fue a visitarlo, dijo:

“Y respondiendo él al que le decía esto, dijo: ¿Quién es mi madre y quiénes son mis hermanos?

Y extendiendo su mano hacia sus discípulos, dijo: He aquí mi madre y mis hermanos.

Porque todo aquel que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos, ese es mi hermano, y hermana y madre.” (Mateo 12: 48-50)

Y para dejar en claro que Su misión de tiempo completo requería un compromiso total Él enseñó:

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“Y otro de sus discípulos le dijo: Señor, permíteme que vaya primero y entierre a mi padre. Y Jesús le dijo: Sígueme; deja que los muertos entierren a sus muertos. Y entrando él en la barca, sus discípulos le siguieron.” (Mateo 8: 21-23).

Puse intencionalmente el versículo 23, ¡lo puse porque no podemos seguirle sin antes embarcarnos del todo! Quizás es por eso que la famosa Sección 4 de Doctrina y Convenios, conocida por los misioneros de todo el mundo, menciona “oh vosotros que os embarcáis en el servicio de Dios” (DyC 4: 2).

No puedes tener un pie en casa y un pie en la misión. La única forma de cumplir una misión de manera consagrada es embarcarse, con todo tu corazón, mente y fuerza.

Puedes pensar que Dios exige mucho. De hecho, requiere todo lo que tienes. Y lo único que tienes es esto: tu voluntad, tu albedrío. Conságralo y serás feliz. Él dijo más de una vez:

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“Ningún hombre tema dar su vida por mi causa; porque quien dé su vida por mi causa, la hallará de nuevo.” (D. y C. 103: 27)

¿Qué hay de tus preocupaciones? Deja que el Señor se preocupe por ellas. Y si aún tienes preguntas, lee la Sección 31 de Doctrina y Convenios. Fue dada a Thomas B. Marsh cuando recibió su llamamiento misional. Él se preocupaba por su familia y su futuro.

La respuesta del Señor a él se puede aplicar a ti. Medita en lo que el Señor le enseñó, especialmente las promesas:

“Tus pecados te son perdonados”, “tus espaldas serán cargadas de gavillas”, “el obrero es digno de su salario”, “tu familia vivirá” (incluida tu futura familia), “prepararé un lugar para [tu familia]”, “he aquí, estoy contigo”, “estas palabras no son de hombre ni de hombres, sino mías, sí, de Jesucristo, tu Redentor, por la voluntad del Padre”.

¿Qué (no) puede pasar si regresas antes de tiempo?

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Y finalmente, quiero terminar esta carta hablando sobre las consecuencias de regresar antes de tiempo de la misión. No se trata de la vergüenza por no haber terminado. No se trata de poner excusas y más excusas cuando se te pregunta, una y otra vez, por qué regresaste antes. No se trata de perder oportunidades que se reservaron en los próximos meses de servicio.

Se trata de no honrar tu compromiso con Dios.

Por supuesto que puedes tener una buena vida. Por supuesto que puedes servir en la Iglesia. Por supuesto, se te darán oportunidades. Pero el hecho es que algunas bendiciones tomarán más tiempo en llegar y tal vez ni siquiera lleguen en esta vida, simplemente porque estaban reservadas para aquellos que consagraron todo su ser después de comprometerse a hacerlo.

Como dijo el presidente Monson, citando las palabras del poeta John Greenleaf Whittier:

“De todas las palabras, habladas o escritas, son éstas las más tristes: ‘Podría haber sido’” (Conferencia General, octubre de 2009).

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Dios tiene un plan específico para tu vida. Elige permanecer en la misión si no tienes un impedimento de dignidad o de salud. Esa es la elección correcta. Es la forma más efectiva de cumplir con la medida de tu creación y alcanzar tu máximo potencial. ¡No cambies tu ‘primogenitura’ por un plato de lentejas!

Aquí hay cosas específicas que puedes hacer antes de decidir regresar antes de tiempo: 

  • Lee tu bendición patriarcal.
  • Ve al Templo si te es posible. 
  • Pídele una bendición a tu presidente de misión o compañero.
  • Escribe tus sentimientos.
  • Ayuna.
  • Sigue las reglas, sé tan obediente como puedas.
  • Comience a enfocarte en las necesidades de los demás en lugar de las tuyas: piérdete en la obra del Maestro.

Gracias por leer esta carta.

Te deseo todo lo mejor

Tu hermano.

Este artículo fue escrito originalmente por Lucas Guerreiro y fue publicado originalmente por maisfe.org bajo el título “Carta ao missionário que quer desistir da sua missão

| Para meditar
Publicado por: Sabina Mujica Estrada
Licenciada en Turismo, Hotelería y Gastronomía, apasionada por los libros y los idiomas, profesional armando rompecabezas.
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