Solía ​​orar para tener el coraje de compartir el Evangelio. Es posible, que también hayas orado para tener este mismo rasgo.

Todos sabemos que nuestro Padre Celestial desea que traigamos a otras personas al Evangelio restaurado de Cristo. “Cada miembro es un misionero”, ¿verdad?

El élder Jeffrey R. Holland dijo en una oportunidad que la obra misional “es, por definición, lo más importante que uno puede hacer en el mundo, en esta vida o en la eternidad”.

Sin embargo, da un poco de temor. No queremos ser prepotentes, no queremos ofender, no queremos perder amigos por esto. Entonces, como muchos, oré para superar ese temor y tener más coraje. “Ayúdame a ser más audaz. Dame coraje”.

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A veces, nos preocupa que no seamos eruditos en las Escrituras, que no podamos responder a todas las preguntas que puedan surgir. En ocasiones, nuestra propia personalidad nos hace detenernos y observar en silencio: hablar es intimidante.

En otras oportunidades, tenemos tanta hambre de aceptación que no nos arriesgamos a ser rechazados. Tal vez, incluso sentimos que nuestras propias vidas imperfectas nos descalifican para decirle a alguien más cómo vivir. Hay docenas de razones por las cuales todos sentimos que podríamos tener más coraje.

La clave secreta para compartir el Evangelio

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Durante años luché para abrirme a desconocidos sobre mi fe. Luego, sucedió algo sorprendente. De repente, estaba loco por la obra misional. Aproveché cada oportunidad para mencionar el Evangelio, para preguntarle a la gente sobre su fe, para compartir la mía.

He tenido encuentros increíbles en aeropuertos, hospitales, hoteles, supermercados, restaurantes, prácticamente en todas partes. He regalado copias del Libro de Mormón, algo que nunca pensé que sería lo suficientemente valiente como para hacer.

Posteriormente, me di cuenta: El coraje no tiene nada que ver con eso. ¿Puedo decir eso de nuevo? El coraje no tiene nada que ver con eso. Todos esos años pensé que necesitaba coraje, pero la clave secreta no era la valentía, era el amor.

Mi experiencia

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Mientras hacía el esfuerzo de mirar realmente a los ojos y a los corazones de los extraños, de repente los vi como mis hermanos reales. Me olvidé de mí mismo.

Me concentré en verlos como Dios los ve, con todo su potencial glorioso, todas sus características adorables, su inmenso valor, su destino eterno. Mi amor por ellos superó mi temor y lo apartó.

Como resultado, cuando realmente amas a los demás, el coraje viene con eso. Cuando realmente te preocupas por el bienestar de otra persona, no necesitas reunir coraje; ya está incluido. 

Ningún padre necesita orar para tener el coraje para pedir ayuda para sus hijos, para mantenerlos a salvo o para defenderlos contra un enemigo. El amor es la clave. Los padres simplemente hacen lo que se debe hacer porque el coraje está incorporado.

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Tal vez, sea porque he envejecido lo suficiente como para ver el mundo a través de los “ojos de mamá”. A veces, he dicho que necesitamos ver a los demás con los “ojos de Dios”. Es el mismo amor incondicional que sientes cuando solo deseas lo mejor para otro. Buscas deliberadamente lo bueno en ellos. No tienes un motivo oculto o egoísta. Solo aspiras a su felicidad.

Este es el punto de inflexión cuando la obra misional se vuelve fácil y alegre. Cuando proyectamos amor sincero, es inconfundible. Aunque alguien puede no elegir bautizarse, nunca olvidará el amor auténtico que mostraste. Brillará en sus corazones porque sentir ese tipo de aceptación y afecto es raro. Incluso podría ser la semilla que brota más tarde.

Trabajar en la obra del Señor

utilizar las redes sociales para compartir el evangelio

Sentimos paz, incluso felicidad, al vislumbrar el tipo de amor que Dios tiene por Sus hijos. No nos estresamos ni tropezamos, no nos preocupa que no seamos lo suficientemente inteligentes o que no tengamos las palabras perfectas. No tememos que alguien ya no sea nuestro amigo. Somos sus amigos y eso es suficiente.

El profeta José Smith dijo una vez: “Cuanto más nos acerquemos a nuestro Padre Celestial, tanto más disposición habrá en nosotros de sentir compasión hacia las almas que estén pereciendo”. Claramente Dios tiene compasión de cada uno de Sus hijos. Cuando hacemos lo mismo, estamos siguiendo Su ejemplo.

Predicad mi evangelio

Cuando nos preocupamos por tener coraje, es casi como tener un distractor. Estamos dudando de nosotros mismos. Lo estamos haciendo sobre nosotros y cómo somos percibidos. Pero, eso no es lo que está esperando el Espíritu Santo.

La verdadera forma de hacer que alguien sienta los susurros del Espíritu no es ser elocuente, guapo o incluso un erudito, es amarlo. Eso es lo que prepara el escenario e invita al Espíritu para que el Espíritu Santo pueda darle un testimonio de la verdad. La voz suave y apacible puede decirle: Lo que estás escuchando es correcto.

Conclusión

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Compartir el Evangelio no es una actuación. Si lo vemos como tal, entonces, por supuesto, nos sentiremos nerviosos. Tendremos pánico escénico, nos dará temor que el público no responda bien. Ahí es cuando deseamos coraje.

En cambio, simplemente deberíamos aprender a amar de manera más profunda. No juzgar ni asumir nada. Si no están interesados, no lo tomamos personalmente porque nunca se trató de nosotros. Simplemente damos gracias a Dios por darnos la oportunidad de plantar una semilla y luego dejar el resto a Él.

Esta es una traducción del artículo que fue escrito originalmente por Joni Hilton y fue publicado en latterdaysaintmag.com con el título “What Could Make You a Better Missionary?