Dormí en el sótano de mi casa cuando era un niño.

Desafortunadamente, entre mi habitación y la escalera que conducía al piso de arriba había un almacén oscuro y aterrador. Esta habitación guardaba una colección de telarañas, ruidos espeluznantes y criaturas no identificadas que estaba seguro de que se habían preparado para atrapar a cualquier niño incauto en cierto momento.

No hace falta decir que era un lugar que me llenaba de intenso temor.

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Por eso, cada vez que estaba solo y preparándome para subir las escaleras, verificaba si la puerta estaba abierta o no. Si lo estaba, revelando un agujero negro de misterio del que no quería ser parte, procedía a pasar a toda velocidad por la misma y subir las escaleras buscando frenéticamente a mi madre, padre o hermano mayor hasta que pudiera garantizar mi completa seguridad.

Tal vez, te hayas encontrado en una situación similar cuando eras niño. A veces, el único consuelo que podías encontrar estaba en correr a los brazos de un ser querido y sentir su abrazo cálido. Una voz suave te recordaba que estabas seguro y que todo iba a estar bien.

El temor es natural

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Es normal que los niños desarrollen temores. Las arañas, la oscuridad, los extraños, las alturas, ir al dentista, los payasos, comer brócoli y todo lo demás. Si bien muchos de estos temores permanecen con nosotros a medida que crecemos – ciertamente, cada vez que vuelvo a casa camino rápido por mi almacén – a menudo, encontramos una serie de temores completamente nuevos y más complejos.

En una reciente Conferencia General, el Élder Ronald A. Rasband habló sobre varios temores que usualmente podemos enfrentar; entre ellos está el miedo “al fracaso, el rechazo, la desilusión y lo desconocido”.

Ampliar esta lista puede incluir el temor a la muerte, la seguridad en el trabajo, una crisis de fe, la guerra, los problemas financieros, la soledad, la traición y más.

Al parecer, nadie está exento de enfrentar temores de un tipo u otro en esta vida.

Para nosotros mismos, a menudo, estos temores pueden parecer bastante desalentadores. Apilados uno encima del otro, amenazan con paralizarnos, causando ansiedad e impotencia que parecen insuperables.

Nuestro querido apóstol, el Élder Dieter F. Ucthdorf, identificó propiamente el temor como una táctica del adversario:

“El temor rara vez tiene el poder de cambiar nuestro corazón, y nunca nos transformará en personas que aman lo bueno y que desean obedecer al Padre Celestial”.

Nuestra fuente de consuelo

Jesús ama a los niños

Sin embargo, existe una manera que seguramente nos ayudará a enfrentar cualquier temor, recurrir al Padre Celestial y a nuestro hermano mayor, Jesucristo. Mientras estaba en la Tierra, Cristo nos instruyó a adoptar características nobles de los niños:

“Y llamando Jesús a un niño, lo puso en medio de ellos, y dijo: De cierto os digo que si no os volvéis y os hacéis como niños, no entraréis en el reino de los cielos. Así que, cualquiera que se humille como este niño, ese es el mayor en el reino de los cielos” (Mateo 18: 2 – 4).

Como dijo Cristo, observar la inocencia de los niños puede enseñarnos una gran lección.  Muchas voces del mundo nos ordenan que simplemente “seamos duros” o “valientes”. Ser capaces de conquistar solos nuestro mayor temor, conlleva a vestirlo como una medalla de honor.

Si bien este método puede generar tramas de películas cautivadoras y heroicas. Es una opción innecesariamente difícil y poco realista para muchas situaciones.

Ciertamente, el Padre Celestial, como cualquier buen padre, no nos haría huir o acobardarnos ante cualquier temor que se nos presente. Sin embargo, Él nos haría confiar en Él y Su amado hijo Jesucristo, que conoce perfectamente cómo combatir cualquier dificultad que enfrentemos. Al igual que los niños, podemos acudir a aquellos a quienes amamos y confiamos. El Salvador invitó:

“Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar. Llevad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y hallaréis descanso para vuestras almas.  Porque mi yugo es fácil y ligera mi carga” (Mateo 11: 28 – 30).

No estás solo

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A menudo, el orgullo puede interponerse cuando aplicamos este versículo a nuestros temores y desafíos.

A medida que nos hacemos mayores, con frecuencia, nos acercamos a cualquier oposición al intentar resolverla por nosotros mismos, antes de recurrir a una fuente externa de ayuda.

Si bien el Evangelio de Jesucristo nos alienta a ser “nuestros propios agentes”, no nos debemos avergonzar de recibir la ayuda y la guía de aquellos que harán brillar la esperanza y la luz en cualquier oscuridad con la que podamos estar lidiando.

A medida que nos unamos al Salvador, nuestras cargas serán más ligeras.

De hecho, no tenemos que enfrentar ninguno de nuestros temores solos. Tener fe en un poder superior nos ayudará a extinguir las llamas ardientes en las que a menudo se pueden convertir nuestros temores.

Al igual que un padre proporciona una lámpara a un niño que le teme a la oscuridad, o le promete darle un helado si come todos sus vegetales, Dios y Su hijo Jesucristo conocen el antídoto perfecto para cualquier preocupación que estemos atravesando.

Dios y Su hijo Jesucristo nos aman perfectamente y las Escrituras nos aseguran que “…el perfecto amor echa fuera el temor”. Así que sigue corriendo hacia ellos “como un niño pequeño” corre hacia quienes ama y alivia tus temores.

Estos monstruos del almacén no tienen ni idea de a quién se enfrentan.

Esta es una traducción del artículo que fue escrito originalmente por Erik Parry y fue publicado en thirdhour.org con el título “What Children Can Teach You About Facing Your Fears”.