Hay muchas cosas que nos pueden gustar sobre la Conferencia General. Seamos realistas, el no tener que alistarse para asistir la capilla es un beneficio en sí mismo. Prefiero usar mi pijama que un vestido. 

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¿Recuerdas cuando el Elder Holland dio un discurso en el que dijo que podía imaginarse a todos nosotros en casa escuchando la Conferencia, vistiendo nuestro mejor vestido de domingo? La realidad es un poco diferente.

Pero esa no es la razón por la que me encanta la Conferencia. Me refiero a que muy aparte de lo maravilloso que es comer cualquier aperitivo desde la comodidad de mi hogar mientras escuchas a los increíbles discursantes, hay algo más que eso. Amo la Conferencia General porque me encanta que me enseñen a acercarme más al Señor.

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Dicho eso, también voy a contarles un pequeño secreto; a veces la Conferencia, para una persona naturalmente ansiosa como yo, me hace sentir un poco abrumada.

Sí, me encanta escuchar la palabra del Señor a través de los Profetas y Apóstoles modernos. Amo sentir el Espíritu mientras escucho sus consejos y palabras sabias. Pero a veces, después de escuchar 30 discursos diferentes, pienso algo parecido a “Nunca podré ser o hacer todo lo que se habló hoy”.

Y eso, mis amigos, está bien. Resulta que el Señor no espera nuestras perfección de la noche a la mañana. Él espera una mejora; para que seamos, tal como lo dijo una vez el sabio Gordon B. Hinckley, “un poco mejor” cada día.

Recuerdo haber hablado al respecto una vez con una amiga después de la Conferencia. Si bien ella reconoció la importancia de lo que se dijo y lo bueno que se compartió durante las sesiones, también expresó que ver la Conferencia a menudo la hacía sentir como una persona terrible.

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“Hace que me de cuenta de todas las cosas que estoy haciendo mal”, se lamentó con los ojos llenos de lágrimas. Esa declaración me entristeció, pero entendí por qué ella se sentía así. Escuchar todos los atributos que necesitaba obtener la hacía sentir que ella no estaba haciendo lo suficiente.

Sin embargo, también entendí que el desaliento no es una herramienta del Espíritu. Es una herramienta del adversario.

El Espíritu nunca nos hará sentir incapaces, insuficientes o indignos. Él nunca nos hará sentir miedo o una duda que nos paraliza. El Espíritu nos ayudará a darnos cuenta de que podemos mejorar, pero también nos hará reconocer el progreso que hemos logrado y las cosas en las que estamos teniendo éxito.

El desaliento, la desilusión y la tergiversación son herramientas en el vasto arsenal de armas del adversario. Pero eso NO es de lo que se trata la Conferencia, y no necesitamos alejarnos de la Conferencia, de la Iglesia o de cualquier otra actividad centrada en Cristo cuando nos sentimos mal con nosotros mismos.

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El Elder Jeffrey R. Holland, en su discurso de la Conferencia de abril de 2016, comentó:

“El Evangelio, la Iglesia y estas maravillosas reuniones semestrales tienen como fin dar esperanza e inspiración; no tienen la intención de desanimarlos. Solo el adversario, el enemigo de todos nosotros, trataría de convencernos de que los ideales que se describen en la conferencia general son deprimentes e irrealistas, que las personas realmente no mejoran y que nadie progresa en realidad.

¿Y por qué Lucifer nos dice esas palabras? Porque sabe que él no puede mejorar, que él no puede progresar, que durante toda la eternidad él nunca tendrá un futuro brillante. Él es un hombre miserable limitado por restricciones eternas, y quiere que ustedes sean miserables también. Bueno, no le crean. Con el don de la expiación de Jesucristo y la fortaleza de los cielos para ayudarnos, podemos mejorar; y lo bello del Evangelio es que se nos da mérito por esforzarnos, aunque no siempre lo logremos.”

Nuestro Padre Celestial está complacido con el progreso que estamos haciendo y no espera que nos enfoquemos en mil atributos diferentes de Cristo a la vez.

Mi papá una vez me sugirió que tomáramos uno o dos principios de la Conferencia (reconociendo que no podremos implementar todo de una vez), y trabajemos en esos puntos hasta que sintamos que los hemos dominado o que hayamos mejorando. Después, elige uno o dos más en los que desees enfocarte.

Lavar, enjuagar, repetir. Ya conoces la rutina.

Se supone que la Conferencia General es un tiempo de fortalecimiento, respuestas y paz, así que esfuérzate en experimentar esas cosas mientras participas de la Conferencia (ya sea si es mirándola, escuchándola o leyéndola). 

Puedes enfocarte y trabajar en algunas cosas, pero no trates de hacer todo a la vez. Recuerda las palabras del rey Benjamín: no corras más aprisa de lo que tus fuerzas te permitan.

Porque al final del día, sólo hay una cosa de la que debemos preocuparnos: ¿Fuiste un poco mejor hoy de lo que fuiste ayer? Si no, ¿cómo podemos ser mejores mañana?

No te sientas mal por no ser perfecto, porque ninguno de nosotros lo es en este momento, y Dios no espera que lo seamos.

Este artículo fue escrito originalmente por Amy Keim y fue publicado por thirdhour.org bajo el título “An Anxious Girl’s Reflections on General Conference