No lo hagas. Sé que quieres tomar esa piedra y tirarla por su ventana. Después de todo, rompió tu corazón. Peor, tiró tu corazón al piso, bailó sobre él y, luego, lo hizo a un lado. Pero, no tienes que recurrir a la actividad criminal. Existen mejores maneras de superar tu corazón roto.

Ya sea que hayan roto tu corazón intencional o accidentalmente, es fácil convertir el dolor del rechazo en enojo hacia la persona que te lastimó. El mundo te dirá que el enojo está justificado y que la venganza es dulce. Pero, el mundo está equivocado.

En mi misión en las Filipinas, tuve una compañera filipina que amaba cocinar y yo amaba comer lo que preparaba. Llevaba pocas semanas en el país cuando hizo una comida que incluía pimientos picantes en la salsa.

Ahora, no estoy hablando de los pimientos rojos, verdes o amarillos. Ni siquiera estoy hablando de los chiles jalapeños. Estoy hablando del pimiento más pequeño, picante y brutal que se haya conocido en esa parte del mundo, el siling labuyo, o chile ojo de pájaro. Todos en las Filipinas sabían que se suponía que no comieran los pimientos. Excepto yo. Porque, ya sabes, estaba en un país extranjero y nadie me lo dijo.

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corazón roto

Así que ahí estaba, comiendo muy feliz esta deliciosa cena, cuando de repente mordí un volcán. Era más que picante. De hecho, dejé de respirar por un minuto, fue un gran susto. Las lágrimas comenzaron a correr por mi rostro y mi nariz comenzó a escurrir como un grifo. Creo que incluso grité. Está bien, sé que grité. Agarré un vaso de agua y lo vertí en mi garganta, pero el agua simplemente pasó por el ardor.

Me levanté de un salto e intenté en vano encontrar algo, cualquier cosa, que detuviera el dolor. Pero, no había ningún antídoto a la vista. Corrí alrededor de la cocina, tosiendo, jadeando y llorando, todo al mismo tiempo. Pensé que moriría. Dolía mucho.

Mi compañera se sentó ahí y me vio comportarme como una lunática. Luego, dijo: “Sabes, no se supone que comas los pimientos.”

Sí. Gracias por decírmelo ahora. Si antes de la cena me hubiera dicho que no comiera los pimientos, ¿crees que los habría comido? ¡No!

Aferrarte al enojo es como poner un pimiento picante en tu boca. Dolerá. Debido a que he vivido en la tierra de los corazones rotos antes, te daré la advertencia que ojalá alguien me hubiera dado: no comas los pimientos. Ni siquiera los pongas en tu boca. En otras palabras, evita el enojo. No lo tomes, no lo cargues contigo y no hagas un espacio para el enojo en tu corazón.

El perdón no es solo para los pecados

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El enojo carcomerá las partes más tiernas de tu corazón y te convertirá en una persona insensible, amargada y hastiada. Un corazón duro no puede sentir el roce delicado del Espíritu Santo. Un corazón amargado no puede saborear la dulzura del perdón. Un corazón hastiado no puede creer en el poder de Cristo para sanar todas las heridas.

Si conviertes tu dolor en enojo, si alimentas ese enojo y si dejas que endurezca tu corazón, te alejarás de Aquel que podría ser tu compañero constante, el Espíritu Santo. Además, el dolor de un corazón roto se sentirá como un corte de papel en comparación con la supresión del Consolador. Tu enojo te lastimará mucho más a ti que a la persona con la que estás enojado.

Aferrarte al enojo te lastimará. Un corazón duro no puede sentir el roce delicado del Espíritu Santo.

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No sé cuál era el antídoto para ese pimiento picante, pero sí sé el antídoto para el enojo. Es el perdón. Debes perdonar a la persona que rompió tu corazón.  Lo único que consigues al seguir enojado con esa persona es que la herida se mantenga en carne viva. La sanación llega cuando seguimos adelante y cambiamos nuestro enfoque del enojo al perdón.

Pero, ¿qué sucedería si no puedes perdonar a la persona que te lastimó?

Si te resulta difícil perdonar, no estás solo. Es uno de los grandes desafíos de la vida terrenal. Bajo la ley de Moisés era: “Ojo por ojo, diente por diente” (Mateo 5: 38). Pero, cuando Cristo vino, Él enseñó una ley mayor: “Amad a vuestros enemigos, bendecid a los que os maldicen, haced bien a los que os aborrecen, y orad por los que os ultrajan y os persiguen” (Mateo 5:44).

Esta escritura no hablaba del amor romántico. Es la caridad, el amor puro de Cristo, lo que necesitas para amar a tus enemigos. A veces, aunque deseo hacer lo que dice esta escritura, simplemente no tengo el tipo correcto de amor en mi corazón. ¿Alguna vez te has sentido de esa manera? A veces, cuando más lo necesito, descubro que mi fuente de caridad está completamente seca.

Afortunadamente, la caridad se nos da como un regalo del cielo. La caridad puede ser derramada en nuestros corazones para que podamos amar de la manera en que Cristo ama. Y, la forma en que la recibimos es muy sencilla, pero muy importante.

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Mormón escribió que debemos “pedir al Padre con toda la energía de nuestros corazones, para que seamos llenos de este amor que Él ha otorgado a todos los que son discípulos verdaderos de su Hijo Jesucristo” (Moroni 7:48).

Así que ora con todo tu corazón. Ora por la capacidad de perdonar. Ora por la persona que te lastimó. Ora para llenarte del amor de Cristo. Y, el Señor llenará tu fuente de caridad hasta que rebalse. Incluso si tienes todo el deseo de perdonar a la persona que te lastimó, es suficiente llevarlo al Señor. Si llevas ese deseo al Señor, Él proveerá el milagro del perdón.

Ora por la capacidad de perdonar. Ora para llenarte del amor de Cristo. Y, el Señor llenará tu fuente de caridad hasta que rebalse.

El perdón puede hacer mucho para sanar un corazón roto. El perdón puede evitar que la experiencia se convierta en una carga que lleves contigo. El perdón puede ayudarte a ver más allá del dolor del final y recordar la felicidad de un nuevo comienzo. El perdón puede abrir tu corazón para amar y ser amado nuevamente. Así que empieza a perdonar hoy. Ahora mismo.

Este artículo es un extracto del libro “from “Don’t Throw Rocks at His Window: Real Advice to Mend a Broken Heart” de Julie C. Donaldson y fue publicado en ldsliving.com con el título “Why the Most Important Thing to Do Is Often the Hardest When Someone Breaks Our Hearts.”