“Creo en Dios, pero no creo en las iglesias”. Es una frase que muchas personas comúnmente mayormente porque sienten que la religión organizada puede estar demasiado relacionada con reglas, instituciones, errores humanos o personas que no siempre viven de acuerdo con lo que predican.
Y, en cierta manera, es fácil entender de dónde viene esa idea:
“Dios es amor. Jesucristo enseñó a amar al prójimo. La fe viene del corazón”.
Todas esas son frases que muchos repiten y, aunque son ciertas, a menudo las usan para preguntarse: ¿por qué sería necesario pertenecer a una iglesia? ¿No puedo creer en Dios desde mi casa, orar por mi cuenta y tratar de ser una buena persona?
El problema con esas preguntas es que sirven como la “razón perfecta” para no ir a la Iglesia. Pero si nos tomamos un tiempo para recordar las enseñanzas de Jesucristo, notaremos que Él nos pide todo lo contrario.
Jesús nos enseñó lo que significa la fe de verdad

Jesucristo invitó a las personas a tener una relación personal con Él, pero nunca enseñó que el discipulado es un camino solitario. De hecho, durante Su ministerio reunió discípulos, enseñó a grupos de personas, estableció apóstoles, organizó a Sus seguidores y les dio responsabilidades para servir a los demás.
Incluso después de Su resurrección, cuando se apareció ante los pueblos del continente americano, en ningún momento vemos que haya enseñado a los nefitas que cada uno podía seguirlo por separado y hacer su propia versión de la fe.
Por el contrario, les dijo:
“Y he aquí, os reuniréis con frecuencia”.
Esa instrucción vino del propio Salvador, quien para entonces, acababa de aparecer ante los nefitas como un ser resucitado. Les había enseñado Su doctrina, les había permitido tocar las heridas de Sus manos y pies y había ministrado personalmente entre ellos. Y, después de todo eso, les dio la instrucción de congregarse.
Eso mismo se nos manda hacer en la actualidad al asistir a la Iglesia. De ese modo vemos que para Cristo esto no se trata de una tradición innecesaria.
“Donde están dos o tres congregados”

Pero ahora, si hablamos de la Biblia, hay otra enseñanza similar de Jesús documentada ahí que todos conocemos muy bien:
“Porque donde están dos o tres congregados en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos” (Mateo 18:20).
El Salvador no dijo: “Donde una persona esté sola pensando en mí”, sino más bien dijo: “donde están dos o tres congregados en mi nombre”. Y ahí radica un principio importante.
Si bien podemos orar en nuestra habitación, arrodillarnos en un lugar solitario o hablar con Dios en silencio y Él nos escucha, cuando nos reunimos con otras personas que buscan seguir a Jesucristo dejamos de vivir nuestra fe únicamente para nosotros mismos.
Asistir a la Iglesia nos da oportunidades para servir, perdonar, enseñar, aprender, consolar y ser consolados. Y ahí está una parte de la respuesta para quienes dicen: “Creo en Dios, pero no necesito una iglesia”.
Tal vez sí puedes creer en Dios sin una iglesia, pero seguir verdaderamente a Jesucristo implica algo más que creer que Él existe. Implica aprender a vivir como Él vivió.
Si me amáis, guardad mis mandamientos

Bueno, es verdad que Dios es amor y que Él nos acompaña a donde vayamos, pero Jesús también declaró:
“Si me amáis, guardad mis mandamientos”.
Esta enseñanza también nos aporta claridad en cuanto a este tema porque muchas veces pensamos en el amor hacia Dios como un sentimiento. Sentimos gratitud, paz, esperanza y admiración por Él, pero para Jesucristo, el amor también se expresa mediante la obediencia.
Eso significa que una pregunta importante para quien ama a Dios debería ser: “¿Qué me ha pedido Él que haga y quizá no estoy haciendo?”
Entre Sus enseñanzas y mandamientos encontramos el llamado a congregarnos. Así como en el Libro de Mormón, Jesucristo enseñó a los nefitas que debían reunirse, en Doctrina y Convenios, el Señor también mandó a los santos reunirse con frecuencia para participar de la Santa Cena, ayunar, orar y aprender unos de otros (véase Doctrina y Convenios 59:9-12).
Asistir a la Iglesia, entonces, es parte del modo en que Cristo nos enseña a vivir la fe.
Una iglesia no es un museo de personas perfectas

Con lo anterior en mente, vale la pena centrarnos también en otro motivo común por el que muchos dejan de lado la importancia de asistir a la Iglesia: encontrar allí únicamente personas que ya hayan aprendido a vivir perfectamente el evangelio.
Quienes tienen ese pensamiento deben recordar que una iglesia no es un museo de personas perfectas, sino más bien una comunidad de personas que están intentando seguir a Jesucristo.
Algunas llegarán con una fe fuerte, otras llegarán llenas de preguntas, algunas estarán atravesando dificultades familiares mientras que otras estarán intentando superar errores del pasado. Y precisamente por eso necesitamos congregarnos.
Si solamente pudiéramos asistir a la Iglesia cuando fuéramos perfectos, nadie podría entrar, pero felizmente el Salvador no nos dice: “Vengan a mí cuando ya hayan resuelto todos sus problemas”.
En su lugar, Él nos dice:
“Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar”.
La Iglesia puede ser uno de los lugares donde aprendemos a acudir a Él.
Si amamos a Dios, pertenecemos a Su Iglesia

El presidente Dieter F. Uchtdorf también habló a cerca de esto y extendió esta invitación:
“Si aman a Dios, si desean conocerlo mejor al seguir a Su Hijo, entonces pertenecen a este lugar. Si están procurando seriamente guardar los mandamientos del Salvador, aunque todavía no sean perfectos en ello, entonces encajan perfectamente en La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días”.
Esa enseñanza es muy poderosa porque nos quita el pensamiento de que debemos ser «lo suficientemente buenos» para formar parte de una iglesia, porque ya pertenecemos a ella, a saber, a La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días.
La pregunta final que Jesucristo nos extiende es la misma que hizo a Sus seguidores: “¿Quieres seguirme?” Si tu respuesta es sí, entonces hay un lugar para ti con nosotros en la Iglesia.
Otra pregunta que vale la pena considerar

La pregunta final que cada cristiano debería hacerse es: “Si realmente creo en Jesucristo, ¿estoy dispuesto a hacer lo que Él me ha pedido?” Porque si bien es cierto que uno puede ir a la Iglesia y actuar de forma contraria a los principios de Dios, también es posible decir que lo amamos por fuera y no demostrarlo al dejar de lado ciertos mandamientos. Todo finalmente depende de la intención.
Jesucristo nos invita a congregarnos y asistir a la Iglesia porque sabe lo que nosotros necesitamos recibir y lo que nosotros podemos ofrecer.
Necesitamos aprender, servir, sentirnos acompañados, compartir nuestra fe y escuchar la de otros, participar de las ordenanzas y recordar constantemente al Salvador. Desde esa perspectiva la afirmación “creo en Dios, pero no creo en las iglesias”, pierde validez.
Ya sea que te sientas indigno de congregarte en alguna iglesia o simplemente no has sentido la importancia de asistir a alguna, nuestra invitación es a que te animes a hacerlo. Siempre habrá un lugar para ti en la Iglesia de Jesucristo. ¿Te animas a acompañarnos este domingo?
