Para muchos jóvenes y adultos solteros dentro de la Iglesia, la palabra “citas” ya no suena romántica. Suena a desgaste. A entrevistas repetidas. A la sensación constante de estar evaluando o siendo evaluados. No tanto como personas, sino como opciones.

Cuando decimos que odiamos las citas, casi nunca hablamos del encuentro en sí sino del cansancio de sentir que el valor personal está en juego cada vez. De la incomodidad del rechazo. De la presión de pensar que cada conversación debería definir el resto de nuestra vida.

Sin darnos cuenta, entramos al mundo de las citas con las defensas altas como si fuera un campo de batalla. Buscamos señales de alerta. Medimos riesgos. Y cuando eso pasa, el corazón deja de estar en paz.

Del campo de batalla al campo de cosecha

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Cuando dejamos de ver las citas como competencia o prueba, empezamos a ver oportunidades de crecer y reconocer la luz de Dios en cada persona. Imagen: Canva

Cuando vemos las citas como una guerra, algo se rompe. La persona frente a nosotros deja de ser un hijo o una hija de Dios y se convierte en un posible obstáculo o en un medio para llegar a un fin que conocemos: al templo, al matrimonio y a la validación.

Pero el evangelio siempre ofrece un camino mejor.

Existe una forma más tranquila, más humana y más espiritual de acercarnos a las personas. No se trata de observar para juzgar, sino de observar para reconocer. No de buscar compatibilidad inmediata, sino de aprender a ver la divinidad en el otro.

Jesús enseñó a vivir el presente y a no cargar el futuro antes de tiempo. Pero muchas veces las citas se vuelven pesadas porque queremos leer toda la historia en la primera página.

La divinidad se revela en los detalles

Cada gesto, cada actitud y cada virtud oculta puede ser una muestra de la bondad de Dios. La paciencia nos permite descubrir lo que no se ve al primer vistazo. Imagen: Canva

Hay personas que entran a una cita tratando de responder grandes preguntas desde el primer minuto: ¿Es o no es? ¿Vale la pena o no? ¿Sigo o me voy?

Y cuando ese enfoque domina, nos perdemos lo más valioso.

Cada persona lleva algo de Dios en su historia, en su carácter y en su manera de ver el mundo. Pero eso no siempre se muestra instantáneamente. Hay dones que aparecen despacio y virtudes que se descubren con el tiempo.

Cuando saltamos directamente al final, perdemos el proceso. Y muchas veces, el proceso es donde Dios trabaja más profundamente.

Un corazón en guerra no ve personas, ve objetos

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Si nuestro enfoque es ganar o protegernos, dejamos de ver a los demás como hijos de Dios. Cambiar la intención cambia toda la experiencia. Imagen: Canva

Hay una diferencia clara entre un corazón en guerra y un corazón en paz. Cuando el corazón está en guerra, objetivamos y, sin decirlo, usamos al otro para algo ya sea para sentirnos acompañados, para no estar solos, para cumplir expectativas o simplemente lo descartamos cuando no encaja en nuestro ideal.

Un corazón en paz, en cambio, reconoce humanidad. Entiende que la persona frente a nosotros tiene miedos, sueños, heridas y esperanzas tan reales como las nuestras.

Cuando cambiamos la intención, también cambia la experiencia. Ya no buscamos “el match perfecto” sino buscamos reconocer luz. Incluso si ese encuentro no continúa, la vida queda enriquecida porque aprendimos a ver mejor.

El interés genuino transforma la experiencia

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Prestar atención al otro sin filtro ni juicio abre un espacio seguro donde la persona se siente valorada y la relación puede florecer con paz. Imagen: La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días

Hay una verdad sencilla pero poderosa: para ser interesantes, primero necesitamos estar interesados.

Cuando estamos demasiado concentrados en cómo nos perciben o en si seremos rechazados, actuamos, nos protegemos y perdemos naturalidad. Pero cuando nos acercamos con curiosidad sincera, algo cambia.

La otra persona se siente vista, escuchada y respetada. Y eso crea un espacio seguro en donde la paz es magnética.

Además, este enfoque nos prepara para el matrimonio. Si pasamos los años de soltería buscando defectos, ese hábito nos acompañará después. Pero si entrenamos el corazón para reconocer lo bueno, aprendemos a ver la divinidad incluso en la imperfección.

Cuatro prácticas para una cita con el corazón en paz

Pequeños hábitos como reconocer un don, practicar bondad, revisar nuestra actitud y dar tiempo al proceso hacen que cada cita sea una oportunidad de aprender y crecer. Imagen: WeMystic

Primero, buscar un don, no una conclusión. Entra a la próxima cita con un objetivo sencillo. Reconocer un don real en la otra persona. No pensar en el futuro. Solo observar y agradecer.

Segundo, cuidar el estándar básico de bondad. Decide que, pase lo que pase, la otra persona se irá sintiéndose valorada. Somos testigos del valor del otro, no jueces de su utilidad.

Tercero, revisar el corazón a mitad del camino. Pregúntate honestamente si estás viendo a una persona o a una categoría. Si notas frustración o aburrimiento, vuelve a la curiosidad. Escucha mejor.

Finalmente, darle tiempo al primer capítulo. No todo florece rápido. Algunas de las virtudes más profundas necesitan espacio para aparecer. La paciencia también es una forma de fe.

Eternidad en una conversación

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Cuando vemos a los demás como Dios los ve, incluso un momento breve puede enriquecer nuestro corazón y enseñarnos sobre amor, paciencia y fe. Imagen: masfe.org

De nada nos sirve odiar las citas porque en esencia, citar es conocer. Y las personas son interesantes. El problema no es la experiencia, sino la guerra interna con la que a veces entramos a las citas.

Cuando dejamos la lista y tomamos una mirada más divina, cada encuentro deja de ser una pérdida de tiempo y se convierte en una oportunidad de crecimiento, de aprendizaje y de paz.

Ver a los demás como Dios los ve cambia todo. Incluso una conversación sencilla puede contener algo eterno. Y vivir con ese enfoque nos prepara no solo para una relación futura, sino para un corazón más sano hoy.

Fuente: Meridian 

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