Nota del editor: Este artículo está basado en la experiencia de Patrick D. Degn para Meridian Magazine.
Cuando Patrick Degn se casó con su esposa en julio de 1994, podía cargar cosas, vestirse solo y ocuparse de las tareas cotidianas sin pensar demasiado en ellas. Ella era enfermera, había trabajado para ayudar a sostener a la familia mientras él terminaba sus estudios y, cuando llegaron los hijos, dejó su profesión porque siempre había querido dedicarse a estar en casa con ellos.
Más de tres décadas después, su matrimonio se ve muy diferente.
Patrick tiene esclerosis lateral amiotrófica, conocida como ELA, una enfermedad que ha ido reduciendo poco a poco las capacidades de su cuerpo. Sus manos dejaron de poder abotonar una camisa, ya no puede ponerse los calcetines y necesita ayuda para vestirse, comer y realizar muchas otras actividades que antes hacía por sí mismo. Su esposa ahora lo ayuda con esas tareas todos los días.
Ella le abotona la camisa, le corta las uñas, le pone los calcetines, le corta la comida y lleva su ventilador por las escaleras. También le frota los pies y permanece atenta a necesidades que antes ni siquiera formaban parte de su vida matrimonial.
Y, en medio de esa realidad, Patrick recibió un mensaje de un amigo que terminó haciéndolo reflexionar sobre su propio matrimonio.
Una pregunta que lo hizo reflexionar
Su amigo le contó acerca de una pareja que llevaba casi treinta años de matrimonio y que se había separado porque el esposo ya no sentía atracción romántica por su esposa después de que el cuerpo de ella cambiara. La pregunta que le hizo a Patrick fue cómo aconsejaría a una pareja en esa situación.
Patrick respondió con convicción. Para él, el problema no podía reducirse simplemente a lo que una persona sentía en determinado momento, porque el matrimonio exige algo más profundo que dejarse llevar por las emociones. El esposo, pensaba, debía asumir responsabilidad por la clase de amor que estaba cultivando y por la fidelidad que había prometido.
Entonces recordó las palabras de Jesucristo en Juan 7:17:
«El que quiera hacer la voluntad de él conocerá si la doctrina si es de Dios».
La idea que Patrick encontró allí era sencilla, pero poderosa: primero viene el hacer, después el conocer y, con paciencia, también pueden llegar los sentimientos. Para él, amar no podía convertirse en algo que una persona simplemente espera sentir antes de decidir cómo actuar. El amor también requiere voluntad, disciplina, atención y fidelidad.
Su consejo le pareció bueno hasta que levantó la mirada y recordó su propia realidad. Patrick había escrito todo aquello sentado en una silla, con una máscara conectada a su equipo de respiración, mientras su esposa se encargaba de cosas que él ya no podía hacer por sí mismo.
Entonces comprendió que su consejo no venía desde fuera de la situación. Él era el cuerpo que necesitaba ser cuidado.
La ELA cambió la forma en que vivía su matrimonio
Patrick reconoce que la enfermedad ha ido quitándole funciones una por una. Cada mes puede significar una nueva limitación y, con ella, una nueva tarea para su esposa.
Lo que antes era simplemente parte de la vida cotidiana ahora requiere que otra persona esté presente. Su esposa no solo lo ayuda ocasionalmente. Su vida matrimonial ha adquirido una dimensión de cuidado constante.
Por eso Patrick plantea otra pregunta: si el cuerpo de un cónyuge dejara de satisfacer las expectativas físicas o románticas del otro, ¿seguiría existiendo el compromiso? En su caso, la respuesta se encuentra frente a él todos los días.
Su esposa podría mirar su enfermedad y pensar que ha perdido al hombre con el que se casó. Podría considerar que las responsabilidades que ahora recaen sobre ella son demasiado grandes y podría cansarse de la dependencia, de las visitas médicas, de las noches difíciles o de tener que hacer por su esposo cosas que jamás imaginó hacer por un adulto.
Pero ella permanece. Y Patrick sabe que eso no es algo que pueda atribuir a sus propios méritos.
«Es fácil ser elocuente sobre la frialdad de otro hombre», escribe, «pero es más difícil notar que eres la razón por la que tu propia casa tiene todas las excusas para estar fría, y que está caliente de todos modos».
Para él, esa es una de las verdades más profundas que la enfermedad le ha enseñado acerca del matrimonio.
La dependencia es parte de la vida
La experiencia de Patrick también cambió la manera en que entiende las Escrituras. En el Libro de Mormón, el rey Benjamín enseñó que Dios preserva a las personas de día en día y les presta el aliento para que puedan vivir y actuar según su voluntad. La reciente experiencia de salud de Patrick le permite ver la realidad de esas palabras.
Él necesita una máquina para ayudarlo a respirar y día a día vé como su cuerpo depende de otras personas para realizar tareas básicas. Pero lejos de desanimarse, esa realidad lo llevó a comprender que la dependencia no es exclusivamente una condición de las personas enfermas.
Todos dependemos de alguien, todos recibimos más ayuda de la que reconocemos, todos necesitamos a otras personas y todos dependemos de Dios. En un matrimonio, esa dependencia puede adquirir diferentes formas a lo largo de los años.
Hay temporadas en las que uno puede cargar más peso y otras en las que necesita ser cargado. Cuando eso ocurre, el matrimonio está cumpliendo una de sus funciones más profundas: permitir que dos personas permanezcan juntas mientras la vida inevitablemente las cambia.
El trabajo del amor cuando las manos ya no pueden trabajar
Después de varios días pensando en su respuesta a su amigo, Patrick descubrió que todavía le faltaba algo. Había dicho que un esposo debía “reportarse al trabajo” del amor, pero surgió una pregunta inevitable: ¿qué ocurre cuando las manos ya no pueden hacer ese trabajo?
Su enfermedad le había quitado muchas posibilidades de servir físicamente a su esposa. Entonces comprendió que el amor no siempre se demuestra haciendo más cosas con las manos, sino que, de cierta forma, basta con aprender a mirar.
Patrick reflexionó en que, así como él, su esposa tampoco es exactamente la mujer que conoció. Ella ha cambiado con los años, con la maternidad, con las experiencias y ahora también con el sufrimiento de acompañar a un esposo con ELA.
Por eso, Patrick llegó a la concusión de que el problema de un matrimonio no siempre está en que una persona haya cambiado, sino en que la otra haya dejado de mirar.
“El aburrimiento nunca es un informe sobre una esposa. Es un informe sobre los ojos de un esposo”, escribió.
Para él, esa mirada es ahora una de las pocas formas de trabajo que todavía puede realizar para expresar su amor a su esposa. Sus manos ya no pueden servir como antes, pero todavía puede mirar a su esposa y reconocer a la persona que está frente a él.
Amar cuando cuidar deja de ser una obligación
La enfermedad también ha mostrado a Patrick que el servicio de su esposa no puede reducirse a una lista de responsabilidades. Ella lo cuida porque es necesario, pero hay cosas que hace que nadie podría exigirle.
En su casa hay comederos para pájaros, un baño para las aves y un lugar donde las ardillas pueden encontrar alimento. Patrick ya no puede encargarse de ellos, así que ahora a su esposa le toca llevar las semillas, limpiar el bebedero y mantener aquellas pequeñas cosas que sabe que le producen alegría.
Pero lo más hermoso es que Patrick nota que su esposa no hace todas esas cosas por obligación, sino porque simplemente ella conoce a su esposo y sabe qué cosas le hacen feliz.
Patrick encuentra en ello una expresión especialmente hermosa del amor: mantener vivo el deleite de la otra persona incluso cuando uno mismo tiene que hacer un esfuerzo para conseguirlo.
La enfermedad ha hecho que muchas cosas en su matrimonio sean más difíciles, pero también ha permitido que Patrick vea con mayor claridad la realidad del amor de su esposa.
Un matrimonio que sigue eligiendo el amor
La historia de Patrick y su esposa es una sobre dos personas que han llegado a una etapa que probablemente ninguno de los dos imaginó cuando se casaron.
El ELA ha cambiado el cuerpo de Patrick y los ha obligado a él y a su esposa y cambiar de rutina. Ha transformado las responsabilidades dentro de su hogar y ha obligado a su esposa a asumir tareas que nunca debieron formar parte de sus planes originales.
Pero también ha puesto frente a ellos una pregunta que todos los matrimonios, en algún momento, deben responder: ¿qué significa amar a una persona cuando ya no podemos recibir de ella exactamente lo que recibíamos antes?
Para los Santos de los Últimos Días, el matrimonio es más que una relación basada en la atracción o en las circunstancias favorables de una determinada etapa de la vida. La unión de un esposo y una esposa por convenio implica servir y aprender a amar a una persona que continuará cambiando.
Patrick no puede saber cómo será su cuerpo dentro de un año, y tampoco puede saber qué nuevas dificultades traerá la enfermedad, pero sí puede decidir cómo mirar a la mujer que permanece a su lado. Y ella, con su propio cansancio y sacrificios, continúa eligiendo estar allí.
Al final, la historia de Patrick nos recuerda que el amor verdadero se demuestra en la decisión de seguir encontrándose, sirviéndose y amándose incluso cuando la vida los ha convertido en personas diferentes de aquellas que eran cuando se conocieron.
Fuente: Meridian Magazine
