Defender la verdad es parte del discipulado, pero eso no significa que cada decisión ajena necesite nuestra corrección. A veces, por querer cuidar un principio, podemos olvidar que también existen la prudencia, la mayordomía y la forma en que Cristo trataba a las personas.

En el evangelio aprendemos a enseñar con claridad. Hay espacios donde eso es parte de nuestra responsabilidad, como el hogar, un llamamiento, una clase o una relación cercana donde existe confianza. En esos lugares, aconsejar puede ser una forma sincera de amar. Sin embargo, cuando no existe esa cercanía, una corrección puede sentirse más como crítica que como ayuda, aunque la intención haya sido buena.

Tener razón sobre un principio no siempre significa que nos corresponde intervenir. A veces vemos una elección, una foto, una forma de vestir o una decisión personal, y sentimos el impulso de decir algo para “defender la verdad”. Pero antes de hablar, también necesitamos preguntarnos si esa persona está bajo nuestra mayordomía, si existe una relación que permita esa conversación y si nuestras palabras realmente la acercarán a Cristo.

Imagen: La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días

El Salvador nunca rebajó la verdad, pero tampoco trató a las personas como si fueran errores que debía exponer. Él enseñaba con propósito, corregía con amor y miraba más allá de una sola decisión. Veía el corazón, la historia y el potencial eterno de cada hijo de Dios. Esa diferencia importa, porque una verdad dicha sin el Espíritu puede terminar alejando más de lo que acerca.

No corregir no siempre significa aprobar. A veces significa respetar la agencia, reconocer que no conocemos todo el proceso de una persona y confiar en que Dios también está obrando en su vida. El Espíritu Santo puede enseñar en momentos y formas que nosotros no siempre vemos, y no necesitamos ocupar un lugar que no nos corresponde.

personas leyendo las escrituras
Imagen: Canva

Esto no quiere decir que debamos callar por miedo o esconder nuestras creencias. Es posible vivir el evangelio con firmeza, enseñar principios verdaderos y defender lo sagrado sin convertirnos en jueces de la vida de los demás. La verdad no pierde fuerza cuando se comparte con amor; al contrario, puede llegar más profundo cuando viene acompañada de humildad.

Antes de corregir, quizá valga la pena mirar nuestro propio corazón. ¿Estoy hablando por amor o por incomodidad? ¿Quiero ayudar o solo dejar clara mi opinión? ¿Mis palabras abrirán una puerta hacia Cristo o harán que alguien se sienta observado?

La fidelidad no tiene que sentirse como dureza. El amor tampoco significa aprobarlo todo. Enseñar la verdad no nos da permiso para controlar el proceso espiritual de los demás, y no toda preocupación necesita convertirse en comentario.

A veces, lo más cristiano no es decir más, sino amar mejor.

Fuente: Becky Squire

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