Aunque nos olvidemos de Dios, Él nunca se olvida de nosotros

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Estaré eternamente agradecido de que Dios me haya hablado por medio de mi hija de ocho años. Aunque me olvidé de Dios, Él nunca se olvidó de mí.

“Porque, ¿puede una mujer olvidar a su niño de pecho al grado de no compadecerse del hijo de sus entrañas? 

¡Pues aun cuando ella se olvidare, yo nunca me olvidaré de ti, oh casa de Israel! Pues he aquí, te tengo grabada en las palmas de mis manos”.- 1 Nefi 21: 15-16

Conocí La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días en Albania en el año 1994. Me hice amigo de los misioneros y los miembros de la Iglesia, y cinco años después decidí bautizarme con mis padres y dos hermanas. 

Serví en una misión de tiempo completo en San Francisco, California, Estados Unidos. Cuando regresé a casa, conocí a una joven maravillosa y tuve la oportunidad de bautizarla y sellarme con ella en el Templo de Frankfurt, Alemania. 

Templo de Frankfurt Alemania

Salón Celestial, Templo de Frankfurt, Alemania. Foto vía Church News.

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En ese momento, ¡éramos la primera pareja albanesa en ser sellados en el templo!

Sin embargo, no mucho después del nacimiento de mi hija Abigeil, empecé a fumar. Me sentí avergonzado y temía que los miembros de la Iglesia me juzgaran. 

Asistir a la Iglesia ya no era una prioridad para mí, pero nunca perdí mi testimonio del Evangelio o del Libro de Mormón, independientemente de las decisiones que estaba tomando.

Cada domingo, Abigeil asistía a la Iglesia junto con mis padres. Ella y mi hijo, Nataniel, fueron criados en oración y con las Escrituras. Justo antes de cumplir ocho años, mi hija me pidió que fuera yo quien la bautizara. 

Sentí un gran dolor. Sentí que había fallado como padre y como poseedor del sacerdocio. Sentí que le había fallado a mi Padre Celestial.

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Le expliqué con calma a Abigeil que apoyaba su decisión de bautizarse, pero que no podría bautizarla. A cambio, le sugerí que su abuelo la bautizara. Ella respondió con firmeza: 

“Prepárate para cuando Nataniel cumpla ocho años, para que estés listo para bautizarlo”.

Aquellas palabras me impactaron en gran medida y resonaron en mi mente durante horas. Apenas pude dormir esa noche y recordé las palabras de mi presidente de misión: 

“El Espíritu Santo puede hablarle como una voz suave y delicada o con la fuerza de un ladrillo en la cabeza”. 

Las palabras de mi hija fueron como recibir un ladrillo en mi cabeza.

Esa noche me arrodillé por primera vez en muchos años y, después de una larga conversación con nuestro Padre Celestial, supe lo que tenía que hacer. A la mañana siguiente deseché mis cigarrillos y pedí reunirme con mi obispo para que me ayudara a cambiar mi vida. 

Evitaba los lugares donde otras personas fumaban y oraba todos los días pidiendo fuerza. Dios me sanó.

Al comenzar mi camino de regreso a la Iglesia, aprendí todo lo que pude sobre el Evangelio, mi Padre Celestial y mi Salvador. Estudié las Escrituras y escuché a las Autoridades Generales, y mi testimonio se fortaleció. El sendero se hizo más claro a medida que renovaba y guardaba mis convenios.

Unas semanas después de regresar a la Iglesia, supe de PathwayConnect, un programa de educación superior ofrecido por medio de BYU-Pathway Worldwide.

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Fue una oportunidad para ganar habilidades, aprender sobre finanzas y el idioma inglés, y aún podía participar de ello a pesar de que había tenido problemas con la Palabra de Sabiduría. 

Fue una gran bendición estar rodeado de personas que amaban el Evangelio y que podían apoyarme en aquel momento.

Estaré eternamente agradecido de que Dios me haya hablado por medio de mi hija de ocho años. Aunque me olvidé de Dios, Él nunca se olvidó de mí. 

Desde esa noche con mi hija, mi familia nunca ha faltado a la Iglesia. Asistimos al templo con regularidad y tratamos de servir con tanta frecuencia como podamos. Estudiamos las Escrituras en familia y de manera personal. Cada día tratamos de ser más como Jesucristo para poder tener Su Espíritu con nosotros.

padre e hijo

El 11 de enero de 2020, pude cumplir con la petición de mi hija y bauticé a Nataniel.

A través de estos desafíos me he dado cuenta de tres cosas importantes en mi vida:

1. Todos somos hijos de Dios.

2. Él lo sabe todo: lo que hemos sido, lo que somos y lo que seremos.

3. Quiere lo mejor para nosotros.

Sé que si vivo el Evangelio, guardo mis convenios y estudio las Escrituras, todo lo demás vendrá por añadidura. Amo el evangelio porque nos brinda a todos la oportunidad de elevarnos más y más cada día.

Para todo aquel que se encuentra pasando desafíos, no te preocupes. Sé fuerte y paciente, porque todo estará bien. Dios no te ha olvidado. Él hizo posible que yo regresara a Él, y sé que Él también te ayudará.

Fuente: churchofjesuschrist.org

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