Hay días en que todo vuelve a empezar. La ropa limpia dura minutos doblada. El piso recién barrido ya tiene migas otra vez. La casa se desarma más rápido de lo que se arma. Y a veces el desorden no está en la sala, sino en el corazón.

La pregunta aparece casi sin avisar. Si creemos en un Dios de orden, ¿por qué nos invita a vivir en medio de tanto movimiento, ruido y desgaste, especialmente en la maternidad?

No es una queja dramática. Es una experiencia real.

El desorden que siempre regresa

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Existe un principio físico llamado entropía. En términos simples, todo tiende al desorden si nadie interviene. Lo ordenado se descompone. Lo limpio se ensucia. Lo organizado se dispersa.

La maternidad parece funcionar bajo esa misma ley.

Uno podría pensar que criar hijos es construir algo estable y terminado. Pero en realidad es ordenar todos los días lo que todos los días vuelve a desordenarse. Y eso puede cansar.

Sin embargo, el Evangelio nos enseña que Dios no le teme al caos. Desde Génesis leemos que “la tierra estaba desordenada y vacía” y que “el Espíritu de Dios se movía sobre la faz de las aguas” (Génesis 1:2). Antes de que hubiera forma, hubo aguas. Antes de la estructura, hubo aparente confusión.

Y allí estaba Él.

Las aguas como símbolo

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En las Escrituras, el agua representa muchas cosas. Vida y renovación, sí. Pero también profundidad, peligro, lo desconocido. El diluvio en tiempos de Noé. El Mar Rojo frente a Israel. El Jordán antes de entrar a la tierra prometida.

Las aguas no desaparecen. Se abren.

Dios no elimina siempre el caos. Lo atraviesa con nosotros.

Moisés no evitó el mar. Lo cruzó. Noé no detuvo la lluvia. Construyó un arca. Israel no evaporó el Jordán. Dio el paso cuando los pies tocaron el agua.

Y en el Nuevo Testamento, Jesucristo no observa la tormenta desde la orilla. Camina sobre el mar. Calma el viento. Extiende la mano cuando Pedro comienza a hundirse (Mateo 14:29–31).

El mensaje es consistente. El Salvador sabe qué hacer con las aguas.

La maternidad como obra espiritual

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Desde afuera puede parecer repetitivo. Rutina. Tareas domésticas que nadie premia. Pero desde la perspectiva eterna, la maternidad es una participación directa en el plan de salvación.

La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días enseña que la familia es central en el plan de Dios. “El matrimonio entre el hombre y la mujer es ordenado por Dios” y “los hijos son una herencia del Señor” (La Familia: Una Proclamación para el Mundo).

Criar no es solo mantener orden físico. Es formar almas que también luchan con su propia entropía espiritual.

Cada corrección paciente, cada oración susurrada de madrugada, cada conversación incómoda pero necesaria, es una forma de decirle al caos que no tiene la última palabra.

Y eso es discipulado.

Cuando el desorden está dentro

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Hay otro tipo de agotamiento. El que no se ve. Dudas. Culpa. Sensación de no estar haciendo suficiente. Comparaciones silenciosas.

Aquí también las aguas pueden sentirse profundas.

Doctrina y Convenios promete que el Señor estará a nuestra diestra y a nuestra siniestra, y que Su Espíritu estará en nuestro corazón (DyC 84:88). No es una promesa de ausencia de tormentas. Es una promesa de compañía.

Cristo no exige perfección estructural. Ofrece presencia constante.

La maternidad, como el discipulado, no consiste en controlar cada resultado. Consiste en permanecer. En volver a intentar. En confiar en que el Señor multiplica esfuerzos imperfectos.

Un orden que no siempre se ve

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Quizá el error es pensar que el orden divino luce como una casa impecable o una rutina sin fallas.

El orden de Dios es más profundo. Es el orden de corazones que aprenden a amar, de hijos que aprenden a orar, de madres que aprenden a depender del cielo.

A veces el suelo estará lleno de juguetes. Pero si en ese hogar se habla de Cristo, si se ora, si se perdona, si se vuelve a empezar, entonces hay un tipo de orden que ninguna entropía puede destruir.

Porque al final, el mismo que separó las aguas en la Creación sigue obrando en medio de nuestro aparente desorden cotidiano.

Y si Él sabe convertir el caos en mundo habitable, también sabe convertir nuestros días agotadores en algo eternamente significativo.

Fuente: Meridian 

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