En la vida de una niña de dos años, todo puede volverse un problema en segundos. Algo no le gusta, algo la incomoda, y listo: “¡me quiero ir!”. No siempre sabe a dónde, pero sí tiene claro que no quiere estar ahí.
Y, siendo honestos, no es algo que cuando crecemos, también solemnos hacer.
De adultos ya no lo gritamos así, pero lo hacemos igual. Evitamos conversaciones incómodas, dejamos decisiones para después o buscamos distraernos para no pensar en lo que nos pesa. Parece más fácil… pero al final solo estamos pateando el problema.

Hay una idea bien simple que ayuda a verlo distinto. Cuando se acerca una tormenta, no todos los animales reaccionan igual. Algunos intentan escapar, corren tratando de dejarla atrás, pero terminan moviéndose con ella y pasan más tiempo bajo la lluvia.
Otros hacen lo contrario. En lugar de huir, avanzan directamente hacia la tormenta. No porque sea agradable, sino porque es la forma más rápida de atravesarla.
Y eso cambia todo. Porque al final no se trata de quién evita mejor los problemas, sino de como enfrentarlos.

En la vida pasa igual. Lo incómodo no desaparece solo porque lo ignores. Muchas veces vuelve, o se queda más tiempo del que debería. En cambio, cuando decides enfrentarlo, aunque no tengas todo claro, empiezas a avanzar.
Eso se ve clarísimo en las Escrituras. José no tuvo una vida fácil, pero no se quedó paralizado. Moisés dudó, pero igual dio el paso. Rut pudo irse, pero eligió quedarse. David no huyó, enfrentó lo que tenía delante. Ninguno tenía todo resuelto, pero todos decidieron seguir.
Ahí está la clave. No son personas perfectas, son aquellos que no escaparon.

El evangelio nunca prometió que todo sería fácil. Prometió algo mejor: que no estaríamos solos. En la Biblia se enseña que, aun en medio de las dificultades, Dios acompaña. No siempre quita la tormenta, pero sí da la fuerza para atravesarla.
Y eso cambia la forma de ver lo que estás viviendo.
Porque tal vez ahora mismo no estás en una gran tormenta, pero sí hay algo que estás evitando. Una conversación, una decisión, un cambio que sabes que tienes que hacer. Y sí, lo más fácil sería escapar. Pero tal vez no es lo mejor.

Avanzar no significa hacerlo sin miedo. Significa hacerlo a pesar del miedo. Dar un paso, aunque sea pequeño, en lugar de seguir postergando.
Al final, la vida no se trata de evitar todo lo que incomoda. Se trata de aprender a atravesarlo. Y en ese proceso, darte cuenta de que sí puedes, que no estás solo, y que incluso lo difícil puede tener un propósito.
Fuente: LDS Living
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