Hay metas que llegan con esfuerzo. Un ascenso, un negocio propio, un viaje soñado, una casa, un título profesional o esa estabilidad por la que trabajamos durante años. Cuando las alcanzamos, sentimos satisfacción y agradecimiento.
Sin embargo, muchas personas descubren que, después de cumplir todo lo que alguna vez escribieron en su lista de objetivos, aún queda un espacio que ningún logro material consigue llenar.
No siempre es una crisis, a veces simplemente llega una pregunta silenciosa:
¿Y ahora qué sigue?
Cuando los logros dejan de ser suficientes

Vivimos en una época donde constantemente se nos anima a avanzar hacia la siguiente meta. Terminamos una y ya estamos pensando en la siguiente. Aprendemos a medir nuestro progreso por aquello que conseguimos, por los lugares que conocemos o por los proyectos que logramos sacar adelante.
Todo eso tiene valor. El Evangelio incluso nos enseña a desarrollar nuestros talentos y a trabajar con diligencia. Pero cuando nuestras metas solo apuntan al crecimiento personal y dejamos de lado nuestro crecimiento espiritual, tarde o temprano sentimos que falta algo importante.
No porque nuestros logros sean malos, sino porque fueron diseñados para cumplir un propósito diferente.
La meta que muchas veces dejamos para después

Es común escuchar frases como «cuando tenga más tiempo volveré a la Iglesia», «primero quiero estabilizar mi vida» o «más adelante pensaré en mi relación con Dios».
Sin darnos cuenta, tratamos nuestra vida espiritual como una meta opcional, una que siempre puede esperar mientras resolvemos las demás.
Sin embargo, Jesucristo enseñó una prioridad diferente cuando dijo:
«Mas buscad primeramente el reino de Dios y su justicia» – Mateo 6:33.
No significa abandonar nuestras responsabilidades o dejar de perseguir sueños. Significa recordar que ninguna meta tiene tanto impacto eterno como fortalecer nuestra relación con el Salvador.
El éxito no reemplaza los convenios

Podemos alcanzar reconocimiento, estabilidad económica o experiencias extraordinarias. Todo eso puede traer felicidad. Pero ninguno de esos logros sustituye la paz que nace de vivir cerca de Jesucristo.
El presidente Russell M. Nelson ha enseñado en repetidas ocasiones que la verdadera fortaleza espiritual proviene de hacer y guardar convenios con Dios. Esa relación cambia la manera en que enfrentamos tanto los momentos de éxito como los desafíos.
Los convenios no eliminan los problemas. Nos conectan con el poder del Señor para atravesarlos con esperanza y propósito.
Más que encontrar una religión

Muchas personas cuentan que, después de alcanzar objetivos que parecían definir el éxito, descubrieron que la decisión más importante seguía pendiente.
No era abrir otro negocio, viajar a otro país o cumplir una nueva meta profesional.
Era permitir que Dios ocupara el lugar principal en su vida.
En el Evangelio restaurado entendemos que la fe en Jesucristo es mucho más que pertenecer a una religión. Es desarrollar una relación diaria con Él mediante la oración, el estudio de las Escrituras, el servicio y los convenios del templo.
Esa relación transforma nuestra manera de vivir. Ya no buscamos a Dios únicamente cuando lo necesitamos. Aprendemos a caminar con Él cada día.
La meta que cambia el sentido de todas las demás

Es bueno tener sueños, esforzarnos por progresar y alcanzar nuevas oportunidades. Nuestro Padre Celestial desea que desarrollemos nuestros talentos y usemos nuestras capacidades para bendecir a otros.
Pero cuando ponemos a Jesucristo en el centro, todas las demás metas encuentran un propósito más profundo. El éxito deja de ser el destino final y se convierte en una herramienta para servir, fortalecer a nuestra familia y prepararnos para la vida eterna.
Tal vez hoy ya hayas cumplido muchas de las metas que alguna vez parecían imposibles.
La pregunta es otra.
¿Cómo está la meta más importante de todas, la de acercarte cada día más a Jesucristo?
