Hablar con Satanás, parece una idea absurda.

Después de todo, él es el enemigo. El destructor. El adversario. El padre de todas las mentiras. El tentador. El impostor. El profanador. El que busca hacer a todos los hombres tan miserables como él. Entonces, ¿Por qué alguien querría sentarse y hablar con él? ¿Expresar sus emociones? ¿Discutir los detalles más íntimos de su vida?

Sin embargo, lo hacemos. Probablemente, no te des cuenta de lo que está pasando, pero debes hacerlo.

Así como el Espíritu Santo utiliza impresiones sutiles para inspirarnos a hacer el bien, Satanás usa susurros seductores para conducirnos poco a poco al infierno. Al igual que Jesucristo nos conoce, Satanás nos conoce. Así como nuestro Padre Celestial busca que regresemos a Él, Satanás busca que nos alejemos de Él eternamente.

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Piensa por un momento, ¿Alguna vez sentiste que te estabas hundiendo en un espiral de vergüenza? ¿Has justificado algún desliz, independientemente de lo grande o pequeño que fuera? ¿Has elegido seguir los deseos del hombre natural? ¿Te has negado a disculparte? ¿A perdonar? ¿Has descubierto que una pequeña grieta de duda se ha convertido en un poderoso abismo que te separa de la verdad y la luz?

Es en momentos como estos que Satanás desea hablar con nosotros. Él está ahí, esperando para compartir su opinión. Es parte de nuestro período de prueba natural el experimentar pensamientos de debilidad y, posiblemente, de maldad. La pregunta es, ¿qué haremos con ellos? Satanás hará que hablemos con él sobre esos pensamientos.

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Sí, deberías dejar de orar. Eres tan malo como crees. ¿Recuerdas esa experiencia? Así es como fracasas. Tienes razón. Tienes toda la razón. Solo ríndete.

Cometiste un error, pero no tuviste esa intención. Además, te obligaron a hacerlo. ¿De qué otra forma se suponía que reaccionaras? Es culpa de ellos.

Solo necesitas esta cosa. Esta persona, esta hambre, esta adicción. Satisfácela y te sentirás mejor. Dios no está aquí, no te está ayudando a superarlo. Lo deseas mucho, ¿verdad? Así que tómalo.

Has estado orando durante meses. Nadie puede decir que no lo intentaste. Puede ser que la Iglesia no sea verdadera. Si Dios realmente estuviera ahí, te daría todas las respuestas. No te sentirías tan solo, tan confundido.

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¿Qué deberíamos hacer cuando nos quedemos atrapados en estos peligrosos diálogos con el adversario? Debemos seguir el consejo de Moroni, que nos recuerda que si un pensamiento nos inspira a hacer lo bueno y ser buenos, entonces es de Dios.

Entonces, si tienes un pensamiento que te inspira a romper los mandamientos, abandonar tus convenios, menospreciar tu naturaleza divina o darte por vencido en la lucha, ¡Ahuyéntalo! ¡Hazlo a un lado! ¡No te preocupes por eso! No permitas que esos pensamientos se acumulen dentro de ti, ya que el último pensamiento será más letal a nivel espiritual que el primer susurro “inocente”.

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Practica la concientización. Concéntrate en lo que está sucediendo ahora. Practica la gratitud. Enfócate en las bendiciones compensatorias de tu vida y toda partícula de fe a la que puedas aferrarse. Practica la oración. Toma todos esos pensamientos y emociones, y entrégaselos a Dios. Concéntrate en aprender a reconocer los sentimientos del Espíritu.

Hagas lo que hagas, independientemente de dónde estés, ¡no hables con Satanás!, ya que puede ser muy difícil lograr que deje de hablarte una vez que comience.

Este artículo fue escrito originalmente por Aleah Ingram y fue publicado en ldsdaily.com con el título “Whatever You Do, Don’t Start a Discussion With Satan”.