Cuando un hijo se porta mal, muchos padres sienten que deben actuar de inmediato. Temen que, si la consecuencia no es lo bastante fuerte, el niño no aprenderá.

Sin embargo, corregir desde la ira puede terminar enseñando algo muy distinto a lo que se pretendía.

José Smith también conoció la frustración frente a la injusticia. Mientras estaba encarcelado y sufría junto a otros miembros de la Iglesia de Jesucristo, pidió que Dios castigara a quienes les habían hecho daño. La respuesta del Señor no comenzó con venganza. Comenzó con paz.

Imagen: Canva

“Mi hijo, paz a tu alma; tu adversidad y tus aflicciones no serán más que por un breve momento”, le dijo en Doctrina y Convenios 121:7.

Aquella situación no puede compararse con los problemas cotidianos de una familia. Aun así, el consejo contiene un principio útil para los padres: primero viene la calma, luego la perspectiva y después la corrección.

Estar en paz no significa ignorar una conducta dañina. Significa controlar la reacción para poder proteger, enseñar y guiar sin buscar desquitarse.

Una consecuencia que enseñó la lección equivocada

Imagen: Canva

Una madre contó que su hija de cuatro años había arañado a otra niña. Quería asegurarse de que entendiera que hacerlo estaba mal. La pequeña jugaba con su hermana de seis años y una amiga de ella mientras la madre preparaba la cena. En algún momento, las niñas mayores comenzaron a excluirla y ella respondió arañando a una de ellas.

Cuando le preguntaron a la madre cómo había reaccionado, su respuesta fue directa.

“Yo también la arañé, luego la encerré en su habitación y le dije que no podría salir durante tres días. Quería que aprendiera una lección”.

Probablemente la niña sí aprendió algo, pero no que debía controlar sus manos. Tal vez aprendió que el mundo es hostil y que incluso su madre podía lastimarla cuando cometía un error.

Imagen: Canva

La reacción nació de un temor común:

“Si no soy lo bastante severa, mi hija nunca aprenderá”.

El problema es que el miedo suele llevar a los padres a corregir con dureza, sin detenerse a entender qué ocurrió. En ese hogar también había otras presiones. El padre trabajaba durante muchas horas. La madre acababa de empezar un nuevo empleo y la niña había sido cambiada a una guardería donde todavía no tenía amigos.

Además, cuando ocurrió el incidente, los niños estaban cansados y tenían hambre. Nada de eso justificaba que arañara a otra persona. Pero sí ayudaba a comprender por qué una niña que casi nunca actuaba así había perdido el control. Comprender una conducta no significa aprobarla. Permite corregirla de una manera más útil.

Cuatro pasos para corregir sin lastimar

Imagen: Shutterstock

El primer paso es hacer una pausa. Antes de intentar calmar al niño, el adulto necesita revisar su propio estado. Puede respirar, guardar silencio unos segundos o hacer una oración sencilla: “Padre, ayúdame a ver a este niño como Tú lo ves”.

Cuando un padre está demasiado molesto, también puede decir:

“Necesito un momento para tranquilizarme. Después resolveremos esto juntos”.

Un niño asustado o furioso piensa principalmente en defenderse. Difícilmente escuchará una explicación o reconocerá el daño que causó. Lo mismo ocurre con los adultos.

El segundo paso es comprender.

La madre podría haber comenzado diciendo:

“Parece que hoy te sentiste muy molesta”.

Después habría podido escuchar cómo la niña se sintió excluida por las mayores. Podía validar esa emoción sin justificar el arañazo.

Créditos: Jhon David, Unsplash, Ilustración

“Entiendo que querías jugar y que fue difícil que no te incluyeran”.

El tercer paso es enseñar.

Una vez que la niña se sintiera escuchada, la madre podría marcar el límite con claridad:

“Está bien sentirse enojada, pero no está bien arañar. Arañar lastima a las personas”.

Luego podría preguntarle:

“¿Eso te ayudó a conseguir lo que querías?”.

Como una niña de cuatro años quizá todavía no sabe cómo responder mejor, necesita opciones concretas. Puede decir “detente”, alejarse, buscar a un adulto o pedir un turno.

Incluso podrían practicar juntas qué decir la próxima vez. También sería importante reparar el daño. La niña podría comprobar cómo estaba la otra pequeña, disculparse o hacer algún gesto amable.

Imagen: Add Faith

El objetivo no sería avergonzarla, sino mostrarle que cuando lastimamos a alguien debemos intentar arreglarlo. El cuarto paso es prevenir. Los niños pequeños rara vez reaccionan bien cuando están cansados, hambrientos o intentando seguir el ritmo de niños mayores.

En una situación parecida, la madre podría invitar a su hija a ayudarla en la cocina o darle una actividad apropiada para su edad. Así evitaría dejarla en un escenario que todavía no sabe manejar. Los padres no tienen que escoger entre la compasión y la corrección. Pueden ofrecer ambas.

La paz permite mirar al hijo y no solo la falta que cometió. También ayuda a reconocer qué necesita aprender y qué puede cambiarse para que el problema no se repita.Cuando una conducta de nuestros hijos nos altera, vale la pena preguntarnos qué historia estamos creando sobre sus intenciones.

¿Está tratando de desafiarnos o todavía no sabe manejar lo que siente? ¿Necesita un castigo más duro o una habilidad nueva? ¿Estamos corrigiendo para enseñar o reaccionando para descargar nuestra frustración? Las tormentas familiares llegarán. Antes de intentar calmar a los hijos, quizá los padres necesiten permitir que el Señor calme primero su propio corazón.

“Paz, cálmate”.

Fuente: Meridian Magazine

Video relacionado

@masfe.org Un gesto tan hermoso que está conmoviendo el corazón de miles 🙌🏼❤️ #misioneros #sud #pastor #inspiracion ♬ original sound – Sanctified Us

También te puede interesar