Lo que sucedió cuando sentí que la Iglesia me defraudó

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La primera vez que me sentí defraudada por la Iglesia, yo era muy joven.

Estaba en una relación que había llegado a ser abusiva. Estaba dañando severamente mi felicidad y autoestima, tenía pesadillas recurrentes, pero era demasiado joven como para saber qué hacer.

En diferentes momentos traté de explicar mi situación a mi obispo y líderes, pero no recibí la ayuda que esperada. Para ser sincera, en retrospectiva, puedo ver que no supe cómo articular la realidad de mi situación, por lo que no creo haberles dicho lo que necesitaban saber para ayudarme.

El punto es que acudí a los líderes de la Iglesia en busca de ayuda y no la obtuve. Terminé sintiéndome aún más aislada e indefensa.

En los años siguientes, he visto a otras personas expresar un sentimiento similar de frustración e impotencia, e informar que “La Iglesia” los defraudó en sus momentos de necesidad.

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Puedo entender esos sentimientos, pero quiero sugerir que hay otra posible reacción además de culpar a la “Iglesia”, y requiere que entendamos el verdadero papel de la Iglesia en nuestras vidas.

En mi experiencia, me sentía desmoralizada y herida, no tenía a quién acudir. Una noche, sola en mi habitación, ofrecí una sincera oración de súplica a mi Padre Celestial.

Le dije al Señor que abriría mis Escrituras y le pedí que me ayudara a recibir un pasaje que me dijera qué hacer. Cuando abrí mis escrituras, vi un versículo que no reconocí.

Era Doctrina y Convenios 122, la sección donde el Señor consuela a José Smith cuando se encontraba en la cárcel de Liberty. Leí estas palabras y sentí que el Espíritu me consolaba y amonestaba:

“Si eres echado en el foso o en manos de homicidas, y eres condenado a muerte; si eres arrojado al abismo; si las bravas olas conspiran contra ti; si el viento huracanado se hace tu enemigo; si los cielos se ennegrecen y todos los elementos se combinan para obstruir la vía; y sobre todo, si las puertas mismas del infierno se abren de par en par para tragarte, entiende, hijo mío, que todas estas cosas te servirán de experiencia, y serán para tu bien. El Hijo del Hombre ha descendido debajo de todo ello. ¿Eres tú mayor que él?”. –DyC 122: 7-8

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En ese momento me di cuenta que el Señor estaba pendiente de mí, que sabía que estaba teniendo desafíos, que Él tenía un plan para mí.

Leí esas palabras y sentí el toque suave del Espíritu, una confirmación de que mi experiencia era real, a pesar de que los demás no podían verlo, y no estaba exagerando. Sabía que el Salvador entendía mi dificultad.

En ese momento sentí una cercanía a Él que he atesorado a lo largo de mi vida, y que ha sido una bendición incomparable a medida que crecía, afrontaba y superaba otras pruebas.

Este punto aparentemente difícil en mi vida se ha convertido en la base de mi testimonio y en la fuente de grandes bendiciones.

Así que te pregunto: ¿“La Iglesia” me defraudó?

Cuando recurrí a las personas de la Iglesia en busca de ayuda y guía, no pudieron darme la validación, el consuelo y la asistencia que estaba buscando.

Pero ese no era su labor.

Imagen: La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días

La Iglesia existe para perfeccionar a los Santos, predicar el evangelio y redimir a los muertos.

En cuanto al perfeccionamiento de los Santos, la función de la Iglesia es enseñar el verdadero Evangelio a quienes estén dispuestos a escucharlo y organizar el poder del sacerdocio para que quienes estén dispuestos puedan recibir las ordenanzas salvadoras y entrar en la Senda del Convenio.

La Iglesia no existe para brindar consejería matrimonial, dar solo llamamientos divertidos, ayudarnos a hacer amigos, enseñarnos a dar buenos discursos o lecciones interesantes, tener una buena comprensión de nuestros problemas personales, capacitar líderes perfectos o prevenir que seamos lastimados u ofendidos por las acciones de otros.

Si bien como miembros podemos realizar programas para ayudar en algunos de estos puntos, su función es guiar a las personas a la senda del Convenio, a regresar a su hogar Celestial.

Si las verdades del Evangelio se están enseñando, entonces no importa qué más esté o no esté sucediendo, la Iglesia de Jesucristo está haciendo exactamente lo que se supone que debe hacer, no ha defraudado a nadie.

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No tenemos absolutamente ninguna razón para creer, como miembros de la Iglesia, que nuestros hermanos Santos y los líderes locales siempre estarán preparados para darnos la guía y el apoyo que creemos que necesitamos.

Son personas que fueron llamadas a servir por Dios por sus cualidades espirituales, no por sus carreras profesionales.

Sí, la Iglesia de Jesucristo tiene profetas vivientes y sus miembros hacen muchas otras cosas realmente maravillosas: servicio humanitario, becas educativas, capacitación para la autosuficiencia, recuperación de adicciones, socorro en casos de desastre, enseñanza de idiomas, proyectos de servicios locales, etc.

Una comunidad de personas que están tratando de vivir el Evangelio generalmente ofrecerá apoyo, ayuda, aliento y lazos sociales, pero ninguna de esas cosas es la razón por la que la Iglesia existe.

Solo hay un lugar al que podemos acudir para obtener una guía, un consejo, un apoyo, un amor y un consuelo perfectos. Solo hay una persona que es perfecta para comprender nuestras pruebas y conocer nuestras necesidades.

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Esa persona no es nuestro maestro de Seminario, ni el presidente del Cuórum de élderes, ni la presidenta de la Sociedad de Socorro, ni el maestro de la Escuela Dominical, ni el obispo, ni el presidente de estaca, ni la líder de las Mujeres Jóvenes.

La promesa que tenemos es que nuestro Padre Celestial nos ama, nos conoce y nos ayuda activamente a crecer para ser más como Él.

Se nos promete un Salvador literal que sufrirá por nuestros pecados y nos consolará en las pruebas.

Se nos promete que podemos hablar con nuestro Padre en oración en nombre de Cristo y que Él nos escuchará y nos responderá.

Se nos promete la compañía del Espíritu Santo, respuestas a las preguntas más apremiantes de nuestra vida, fortaleza y milagros y todas las bendiciones que necesitamos para aprender y crecer.

Se nos prometen todas estas cosas: compañía, consejo, amor y guía, directa y personalmente de nuestro Padre Celestial.

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No se nos promete que obtendremos estas cosas de personas en la Iglesia. La Iglesia es perfecta, pero es dirigida por personas que no son perfectas. No podemos depender solo de los miembros y no podemos culpar a la Iglesia por no hacer cosas que solo Dios puede hacer.

En mi caso, la Iglesia funcionó exactamente como debería, mis líderes hicieron exactamente a lo que fueron llamados y apartados para hacer.

Me enseñaron el evangelio de Jesucristo y cómo hablar con Él. Me instruyeron con las escrituras, me enseñaron que podía orar, me aseguraron que el Señor me respondería.

¿Es justo decir que la Iglesia “me defraudó” cuando, aunque no respondió como tal vez lo hubiera hecho un consejero capacitado, me abrió las ventanas de los cielos?

¿Es justo sentirse “defraudado” por un obispo que no tenía la preparación ni la experiencia para reconocer lo que estaba atravesando, pero que ministraba fielmente a la congregación a través de la cual fui bautizada e instruida en el Evangelio?

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El Dios del Universo me habló, tal como mis líderes lo habían prometido. No hay nada más importante, más valioso y más duradero que pudieran haber hecho que prepararme para eso.

El Evangelio de Jesucristo me salvó de manera profunda y continúa salvándome hasta el día de hoy. Esto solo sucedió porque la Iglesia y las personas en ella me dieron las Escrituras y me enseñaron a orar.

“La Iglesia” como conjunto de personas me ha defraudado muchas veces desde entonces. La gente siempre nos defraudará y nosotros, sin quererlo, haremos lo mismo. La cosa es recordar cuál es la verdadera función de la Iglesia, el Salvador y nuestro Padre Celestial.

En otras palabras, la labor de la Iglesia no es satisfacer todas nuestras necesidades, su labor es volvernos hacia Aquel que puede satisfacer todas nuestras necesidades.

Al final, sin importar las limitaciones y las fallas de las personas en la Iglesia, sin importar lo que podamos pensar que está mal en la cultura de la Iglesia, debido a que siempre se nos enseña cómo volvernos al Señor en oración, La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días nunca podrá decepcionarnos ni defraudarnos.

Fuente: Meridian Magazine

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