Juan 10: ¿Quién causó la muerte de Cristo?

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Estaba en una conversación casual sobre los acontecimientos actuales del mundo con varias personas, algunas de las cuales eran de ascendencia judía. Trágicamente, se ha visto un incremento de actos terroristas dirigidos a los judíos y sus sinagogas. Una persona de nuestro grupo mencionó la excusa que muchos han dado desde hace siglos sobre por qué persiguen a los judíos, “mataron al Mesías cristiano”.

Los dictadores desde la época romana tardía hasta Hitler justificaron la persecución y el asesinato de judíos, al menos en parte, en esa afirmación completamente falsa. Satanás ha promulgado esa mentira y el resultado ha sido la muerte de millones de hombres, mujeres y niños judíos inocentes.

La lectura superficial del Nuevo Testamento puede causar que las personas supongan que Caifás, el sumo sacerdote, y los miembros de Sanedrín fueron los culpables. Poncio Pilato cedió a sus exigencias y, después de lavarse las manos simbólicamente,  dio la orden de crucificar. Los soldados romanos llevaron a cabo la crucifixión.

Pero, ese pequeño panorama de historia ni siquiera se acerca a la verdadera imagen de quién causó la muerte de Jesucristo. En esta discusión con estas personas, sentí que debía hablar para disipar las nociones falsas de que se debe culpar a los judíos de alguna manera por la crucifixión de Cristo, ya fuera en ese momento, ahora o alguna vez.

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Declaré que cualquiera que afirme ser un cristiano debería al menos estar familiarizado con la premisa de lo que enseñó Jesús de Nazaret sobre Su misión, el punto central de Su doctrina. Cualquiera que culpe a los judíos no sabe nada de la parte esencial del cristianismo.

Él dijo claramente en Juan 10: 15, “pongo mi vida por las ovejas”. Luego, Él da más detalles en los versículos 17-18, “Por eso me ama el Padre, porque yo apongo mi vida, para volverla a tomar. Nadie me la quita, sino que yo la pongo de mí mismo. Tengo poder para ponerla, y tengo poder para volverla a tomar. Este mandamiento recibí de mi Padre”.

Él no pudo ser forzado. Nadie, ningún ejercito poderoso podría haber tomado a Cristo y matarlo. Jesucristo fue más poderoso que todos ellos, por lo que pudo haber evitado que perpetraran una fuerza letal contra él. Además, tenía poder sobre la misma muerte, como se afirma en Juan 5: 26, “Porque como el Padre tiene vida en sí mismo, así también dio al Hijo el tener vida en sí mismo”.

Después de Su sufrimiento en el Getsemaní, Judas Iscariote llevó a los soldados a arrestar al Salvador. Pedro, intentó defender de este ataque a Jesús, desenvainó su espada y cortó la oreja de Malco, un siervo del sumo sacerdote. El Salvador curó inmediatamente a Malco y le dijo a Pedro que guardara su espada, declarando: “la copa que el Padre me ha dado, ¿no la he de beber?” (Juan 18: 10 – 11).

En ese grupo de discusión, después de revisar estas palabras que el Salvador registró en Juan 10, se me ocurrió que, de hecho, existen personas que causaron la muerte de Jesucristo.

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Entonces, le dije al grupo que sabía quiénes eran realmente los responsables del sufrimiento y la muerte de Cristo. Pregunté si alguno de ellos sabía los nombres de los responsables. Miradas en blanco. Así que levanté mi mano. “Yo soy responsable. Él murió porque necesitaba lo que solo Él podía darme al poner Su vida por mí. Nadie más podría proporcionarme los resultados que Su sufrimiento y muerte me brindaron. Nadie”. Algunos de ellos levantaron sus manos, con la mía.

Ahora, el Profeta José Smith dijo, “no es motivo para que se me juzgue culpable de cometer pecados graves o malos, porque jamás hubo en mi naturaleza la disposición para hacer tal cosa” (José Smith – Historia 28). Me siento familiarizado con eso porque tampoco está en mi naturaleza. Sin embargo, por muy bien que ande por el camino del convenio, todavía estoy lejos de ser perfecto.

Sin la Expiación y la resurrección del Salvador por mí, permanecería fuera del Reino Celestial al igual que el más vil de los pecadores. Así que todos mis esfuerzos no me salvarían. El Apóstol Pablo dijo, “por cuanto todos pecaron y están destituidos de la gloria de Dios” (Romanos 3: 23).

Cada uno de nosotros es la causa del sufrimiento y la muerte de Jesucristo. Necesitamos lo que solo Él pudo dar, al sufrir y morir. Para mí, esto es lo más solemne de contemplar. Leer Juan 10 deja en claro que Él estaba dispuesto a dar Su vida por mí, por todos nosotros.

Al saber eso, deseo recibir Su gran don para mí y no descartarlo en lo más mínimo. Doctrina y Convenios 88: 33 dice: “Porque, ¿en qué se beneficia el hombre a quien se le confiere un don, si no lo recibe? He aquí, ni se regocija con lo que le es dado, ni se regocija en aquel que le dio la dádiva”.

El profeta Abinadí selló su testimonio con su sangre y sus últimas palabras fueron “¿no debéis temblar y arrepentiros de vuestros pecados, y recordar que solamente en Cristo y mediante Él podéis ser salvos? (Mosíah 16: 13)

Nefi declaró, “Por lo tanto, cuán grande es la importancia de dar a conocer estas cosas a los habitantes de la tierra, para que sepan que ninguna carne puede morar en la presencia de Dios, sino por medio de los méritos, y misericordia, y gracia del Santo Mesías, quien da su vida, según la carne, y la vuelve a tomar por el poder del Espíritu, para efectuar la resurrección de los muertos, siendo el primero que ha de resucitar” (2 Nefi 2:8).

El Salvador dice con gran claridad y caridad en Juan 10: “Yo he venido para que tengan vida, y para que la tengan en abundancia”. La vida, la vida resucitada, que perdura por toda la eternidad, a saber la vida eterna, es lo que el Salvador declara en Juan 10. Es una alegría leer y reflexionar sobre esto.

Esta es una traducción del artículo que fue escrito originalmente por Robert Hatch y fue publicado en thirdhour.org con el título “John 10: Who Caused Christ to Die?

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