Cuando me propuse ser madre, tuve grandes ideas. Yo era ambiciosa y salté a la maternidad con ambos pies y me acerqué con una sonrisa alegre. ¡Oh, que madre que pensé que iba a ser!

Sé que las mujeres llegan a la maternidad de maneras completamente diferentes: Algunas se sienten un poco temerosas, algunas están algo renuentes a la idea y otras se sorprenden al descubrir cuánto les gusta. Algunas están más relajadas, algunas sólo siguen la corriente y otras están en modo de supervivencia.

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Creo que, a veces, he llegado a sentir todas estas actitudes durante mis años como madre. Sin embargo, desde el principio he estado emocionada por comenzar. No podía esperar por los cuentos antes de dormir, las sorpresas después de la escuela, las aventuras al aire libre, las lecciones de piano, las prácticas deportivas y mucho amor.

Unos tres días después en mi aventura con la maternidad, me senté en el viejo sofá de mi oscuro apartamento, con una bebé esperando por ser alimentada y yo tan llena de leche que pensé que iba a estallar. Mis ojos estaban un poco nublados debido a la falta de sueño, aún así pude ver a mi propia amorosa madre entregándome un extractor de leche recién lavado mientras mecía a mi bebé recién nacida en el otro brazo. Me quedé allí sentada como un bulto, mojada y exhausta.

De pronto, sentí un ataque de pánico en mi garganta. “¿Es esta la maternidad?” pensé frenéticamente.

Mi madre me tomó de la mano y me guió a través de esos días aterradores. Sus formas relajantes me ayudaron a creer que había una luz al otro lado, y, aunque estaba cansada, emocionada y aterrorizada, me di cuenta que era normal, que superaría todo eso. Ella me enseñaría cómo; lo mejor de todo es que ella me llenó de su fe y optimismo por los mejores días que vendrían.

He concluido que las lecciones que mi madre me enseñó durante esa semana me han servido muy bien durante todos los años que he sido madre. Ese momento en el sofá estará grabado en mi mente para siempre. Recuerdo claramente pensar que de eso se trataba. Eso era la maternidad. Ese momento lo abarcó todo y yo simplemente no podía hacer lo mismo.

Mi mamá se sentó conmigo en la noche mientras alimentaba a mi recién nacido. Se arrodilló en el suelo junto a mis pies, lista para entregarme cualquier cosa que pudiera necesitar.

Ella me hizo reír. Mi madre es un alma encantadora en medio de la noche. Tiene esa risa que se apodera de todo su cuerpo, por eso trata de taparse la nariz para sostenerla. Adoro eso. Recuerdo que nos reímos a carcajadas y cuando la leche roció la cara de mi bebé, no reímos una vez más. Atesoro ese recuerdo, incluso en medio de un día difícil en mi vida.

Cuando mi bebé terminó de comer, mi mamá la tomó suavemente de mis brazos y me dijo que vaya de regreso a mi cama. Estaba demasiado cansada, pero recuerdo que deseé poder quedarme allí al lado de mi madre, riendo y hablando, disfrutando de su amor.

Mamá me decía que todo estaría bien y siguió insistiéndome que lo diera dos semanas. Esa es su famosa línea: “Sólo dale dos semanas. Todo estará mejor.” Cada vez que he querido dejar algo que realmente vale la pena, he escuchado esas palabras una y otra vez en mi mente. Sólo dale dos semanas. Todo estará mejor. Mi mamá me ayudó a ver que eso, ahí mismo, no es maternidad. Es algo mucho más.

Así que ahora, cuando entrenar a mi bebé para que vaya al baño amenaza con abrumarme, o las noches de insomnio son seguidas, o mi relación con mi esposo parece difícil de mantener, y hay días y días de momentos difíciles, trato de recordar que esto no es así. Este momento no durará para siempre. Se pondrá mejor. Cuando creo que no puedo seguir, agradezco que eso no sea todo lo que es en realidad.

Después de haber recorrido el mismo camino, mi madre tuvo la experiencia para comprender cómo me sentía, la sabiduría para saber que no siempre sería así y el amor para mostrarme cómo continuar en un momento difícil. Estoy tan agradecida de que ella no descartara mis sentimientos simplemente porque ya había aprendido a cruzar el mismo puente.

Quiero ser como mi madre, quiero levantar las manos cansadas que están caídas. Quiero estar con mis hijos pequeños hoy, con amor y comprensión cuando enfrentan algún momento difícil, cuando mis adolescentes se sienten en la mesa un día domingo por la noche llorando por la enorme pila de tareas que de alguna manera olvidaron hasta este momento. Quiero ser como mi madre.

He estado allí. He luchado por estos mismos caminos. En lugar de acumular discursos y viajes de culpabilidad, respiro profundamente. Mis pensamientos dicen “No puedo hacer esto”, pero luego pienso en mi mamá, sentada allí en medio de la noche conmigo y pienso en la forma en que me hizo reír, en la forma en que me tomó de la mano, la forma en que me hizo creer que, de hecho, yo sí podía hacerlo.

Miro atrás y veo todas las cosas en mi vida que pensé que no podía manejar y estoy sorprendida que de alguna manera aún esté en pie. Es como la cita que dice: “Mi promedio para sobrevivir días difíciles es del 100%.”

Todo va estar bien, me escucho consolando a mis hijos, todo mejorará. Por supuesto, mis hijos tienen mucho que aprender y estoy aquí para enseñarles y guiarles, sin embargo siempre me sorprende que haya tanto espacio para el amor en la maternidad.

Todos enfrentamos cosas que son casi abrumadoras, para algunos de nosotros es todos los días. Hay relaciones que no funcionan, trabajos que no nos gustan, niños que no cooperan, días que no son buenos. Algunas de estas cosas, lamentablemente, nunca cambiarán. Sin embargo, ninguna de esas cosas son todo lo que parecen.

En el lienzo de nuestras vidas hay millones de líneas que se combinan para crear una colorida vida llena de experiencias, son esas experiencias difíciles las que nos dan fortaleza.

Algún día espero sentarme junto a mi propia hija mientras alimenta a su bebé recién nacido en medio de la noche. Voy a tomar su mano y sonreiré. Estoy segura de que le diré que sólo le dé dos semanas… y estaré eternamente agradecida por haber escalado antes esa montaña.

Quiero que mis hijos sientan ese amor. Cada vez que piensan: “¡No puedo hacer esto!” (¡Lo cual sucederá a menudo si es que se parecen a mí!), quiero que recuerden que eso no lo es todo. La vida nunca es tan unidimensional como eso.

Mi maternidad se ha llenado de cuentos para dormir, sorpresas después de la escuela, aventuras al aire libre, lecciones de piano y prácticas deportivas. Ha sido todo lo que alguna vez soñé que podría ser, mezclado en todo eso hay un montón de lágrimas, rabietas y momentos difíciles; aún así, estoy tan agradecida por no haber renunciado a algo que ha llenado tanto mi corazón y mi alma.

Ojalá pudiera volver atrás y decirme a mí misma durante esos primeros días desalentadores de la maternidad, cuando pensé: ¿Esto es así?, que sí, Es así. También es esto y esto y esto y esto y esto…

Desearía haberme dicho a mí misma que sería así y mucho más. Sólo tienes seguir en la lucha. Seguir intentando. Seguir adelante. Todo estará mejor en dos semanas.

Este artículo fue escrito originalmente por Rindi Jacobsen y fue publicado por ldsmag.com el título: “Motherhood is Much More Than This