“Lo único que obtuve de mi obsesión por aprender a amar mi llamamiento fue una sensación adicional de culpa y una sensación de que no era lo suficientemente buena para un llamamiento.”

Este artículo no es un intento de critica, sólo refleja mi intento de comprender lo real y lo ideal (la realidad versus lo que esperamos) cuando se trata de llamamientos en la Iglesia.

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Durante 29 meses le he enseñado al mismo grupo de niños de 4 años de la primaria, ellos aún pequeños tienen que aprender a sentarse durante toda la hora de clases y a comprender las conductas sociales apropiadas. 

Durante esos 29 meses, he orado para amar mi llamamiento, para sentirme conectada con mi barrio. He orado por un cambio de corazón.

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Después de más de 800 oraciones, sigo llegando agotada a mi casa después de la Iglesia todas las semanas. Todavía no conozco a muchas personas en mi barrio que midan más de un metro y sigue sin agradarme mi llamamiento.

Como una mujer que presta servicios en la Primaria, he luchado con los muchos sentimientos de culpa y emociones asociadas con este hecho. Escuché a las hermanas que fueron llamadas a la Primaria después de mí y a las que fueron relevadas antes que yo llorar de emoción durante la reunión de testimonios, testificando que su llamamiento era el mejor del mundo y la manera en que había cambiado sus vidas. 

Muchas personas que no conozco en mi barrio me dicen cosas como un “Oh, eres tan afortunada. ¿No es la primaria lo mejor? Me encanta la simplicidad y volver a lo básico” cuando se enteran de que estoy en la primaria. Así mismo, he leído innumerables discursos sobre el valor eterno de la Primaria para dar forma a las vidas de los niños. 

Con cada uno de esos comentarios pasajeros o citas inspiradoras, mis heridas se profundizaron y me pregunté: “¿Qué pasa conmigo? ¿Tengo alguna falla? ¿Por qué no puedo encontrar alegría en esto? ¿Habrá algo mal conectado en mi cerebro? Es horrible que, como una mujer mormona, no desee estar cerca de niños todo el domingo; en lugar de eso anhelo conversaciones adultas, profundas discusiones sobre el Evangelio y nuevas amistades. ¿Estoy fallando en la prueba que Dios tiene para mí? ¿Es por eso que todavía tengo este llamamiento?”

No fue sino hasta el domingo pasado que de repente se me ocurrió, no importa que no me guste mi llamamiento en la Iglesia. Dios no estaba respondiendo mi oración de la manera que yo quería porque, en el esquema eterno de las cosas, esto no tendrá un impacto duradero.

Esto es lo que importa: Estaba orando a nuestro Padre Celestial todos los días, apoyándome en Él con lo que tenía y me faltaba. Amaba y oraba por los niños de mi clase de forma individual, aún cuando me intimidaban como grupo. Buscaba maneras reflexivas de servirles o ayudarlos a que se sintieran amados y ansiaran estar en la Iglesia. 

 

llamamiento en la iglesia

A pesar de que me agotaba, estaba dispuesta a levantarme e ir a la Iglesia todas las semanas y hacer todo lo posible, lo cual probablemente explica por qué era tan agotador. Estudiaba las lecciones de la Primaria cada semana y siempre mantenía una oración en mi corazón mientras buscaba formas de ayudar a que las lecciones tuvieran sentido para las mentes de los niños de 4 años. 

Estaba aprendiendo a cada paso cómo practicar más la paciencia, relacionarme con aquellos diferentes a mí y la manera de enseñarles a los niños.

Lo único que obtuve de mi obsesión por aprender a amar mi llamamiento fue una sensación adicional de culpa y una sensación de que no era lo suficientemente buena para un llamamiento.

Sin embargo, con el tiempo descubrí que no importa si me gusta o no el llamamiento que tengo en la Iglesia o si me parece que soy buena en eso. En cambio, importa el esfuerzo que realizo por servir a los demás así lo disfrute o no. Importa que estoy tratando de ser más desinteresada y alinear mi voluntad con la de Dios. Importa que esté dispuesta a obedecer, semana tras semana, a continuar enseñando, aprendiendo y creciendo. Importa que lo intente.

potencial divino

Aún estoy buscando maneras de aprender, encontrar alegría y a amar mi llamamiento, y ya no establezco expectativas poco realistas para mí. Ya no me veo como alguien que no es lo suficientemente buena, promedio, o que hay algo malo en ser quien soy.

Ahora reconozco que este llamamiento podría ser un sacrificio más grande para mí que para otros miembros del barrio y, debido a eso, recibiré bendiciones que nadie más puede recibir. Ahora me acepto como soy porque me permite enseñar y amar a estos niños como ningún otro maestro de primaria.

Este artículo fue escrito originalmente por Danielle B. Wagner y fue publicado por ldsliving.com bajo el título de “I Dislike My Church Calling and How I Learned That’s Okay