El Elder Boyd K. Packer comparte con nosotros la importancia de la pureza de nuestro lenguaje y el daño que traen las malas palabras. “No hay necesidad de que ninguno de nosotros use malas palabras… Sin ellas eres más poderoso en tu hablar.”

Hace varios años fui con un hermano a remolcar un auto que había quedado destrozado. Hubo un accidente, y el automóvil fue demolido; El conductor, aunque ileso, había sido llevado al hospital para ser examinado y recibir tratamiento.

A la mañana siguiente, el hombre vino a pedir su auto, ansioso por seguir su camino. Cuando se le mostraron los restos, sus emociones acumuladas y su decepción, agudizadas quizá por su infortunio, explotaron en una larga sarta de obscenidades. 

Tan groseras y mordaces fueron sus palabras que expusieron sus años de práctica con ellas. Sus palabras fueron escuchadas por otros clientes, entre ellos mujeres, las cuales deben haber tocado sus oídos como si fuera ácido.

Uno de mis hermanos salió de debajo del auto, donde había estado trabajando con una llave inglesa grande. Él también estaba molesto, y con gestos amenazantes con esa misma llave (los mecánicos sabrán que una llave inglesa de 50 centímetros es un arma formidable), le ordenó al hombre que saliera de las instalaciones. 

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“No tenemos que escuchar ese tipo de lenguaje aquí”, dijo. Y el cliente se fue, maldiciendo con más ganas que antes.

Mucho más tarde ese día, él regresó. Sumiso, penitente, y evitando a todos los demás, encontró a mi hermano.

“He estado acostado en la cama de la habitación de un hotel todo el día sintiéndome atormentado”, dijo. 

“No puedo decirte lo avergonzado que estoy por lo que sucedió esta mañana. Mi conducta fue inexcusable. He estado tratando de pensar en alguna justificación, y sólo puedo pensar en una cosa. En toda mi vida, nunca, ni una sola vez, me han dicho que mi forma de hablar no era aceptable. Siempre he hablado así. Fuiste el primero en decirme que mi lenguaje estaba fuera de lugar.”

Los daños de la blasfemia

¿No es interesante que un hombre que ha llegado a la madurez, una víctima de un hábito tan vil, nunca se haya encontrado con alguien que corrija su lenguaje?

¡Cuán tolerantes nos hemos vuelto y cuán rápido lo pasamos por alto!

Una generación atrás, los escritores de periódicos, los editores de revistas y, en particular, los productores de películas censuraban cuidadosamente palabras profanas y obscenas.

Todo eso ha cambiado ahora. Todo comenzó con las novelas. Los escritores, insistiendo en que debían retratar la vida tal como es, comenzaron a poner en la boca de sus personajes expresiones groseras e irreverentes.

Estas palabras en las páginas de los libros aparecieron ante los ojos de todas las edades y se impregnaron en las mentes de nuestra juventud.

Cuidadosamente (siempre con cuidado), las malas palabras han empujado y avanzado sin descanso hacia películas y revistas, y ahora incluso los periódicos imprimen comentarios similares a los que hubieran sido considerados intolerables hace una generación.

“¿Por qué no mostrar la vida como es?”, se preguntan. Incluso dicen que sería una hipocresía hacer lo contrario. “Si es real”, dicen, “¿por qué ocultarlo? ¡No puedes censurar lo que es real!” ¿Por qué esconderlo? ¿Por qué protestar contra eso?

Muchas cosas que son reales no son buenas.

Los gérmenes de la enfermedad son reales, pero ¿debemos propagarlos? Una infección puede ser real, pero ¿deberíamos exponernos a ella?. Con frecuencia, lo que es y lo que debería ser están muy separados. Cuando se juntan, crean un ideal. La realidad de las obscenidades no aboga por la tolerancia de la misma.

Control y disciplina

Al igual que el hombre de la tienda, a muchos de nosotros nunca se nos ha dicho cuán grave puede ser una palabra obscena. Antes de que lo sepamos, nos volvemos víctimas de un mal hábito, esclavos de nuestra lengua. 

Las escrituras declaran:

“Todas las cosas por medio de él fueron hechas, y sin él nada de lo que ha sido hecho fue hecho. 

En él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres. Y la luz resplandece en las tinieblas, y las tinieblas no la comprendieron.

Este vino como testigo, para dar testimonio de la luz, a fin de que todos creyesen por medio de él.

No era él la luz, sino que vino para dar testimonio de la luz. Aquel era la luz verdadera que alumbra a todo hombre que viene a este mundo.

En el mundo estaba, y el mundo fue hecho por medio de él; pero el mundo no le conoció.” -Santiago 3: 3–5, 7–10

Algo mejor que las malas palabras

hablar de Religión

No hay necesidad de que ninguno de nosotros use malas palabras. Date cuenta de que sin ellas eres más poderoso en tu hablar. 

La enfermedad de la obscenidad, ahora en proporciones epidémicas, se está extendiendo por toda la tierra, y así, en Su nombre, oramos para que la pureza de corazón pueda descender sobre nosotros, porque su abundancia hablará por nuestra boca.

Este artículo es una adaptación del libro “In Wisdom & Order” y fue escrito originalmente por Boyd K. Packer y fue publicado originalmente por ldsliving.com bajo el título “What President Packer Had to Say About Profanity