Hay miembros que llegan cada domingo a la capilla, participan en sus clases, cumplen con sus llamamientos y conversan con los demás como cualquier otro.

Sin embargo, cuando están solos, saben que hay decisiones en su vida que se alejan completamente de lo que creen.

Quizá mantienen hábitos que nadie conoce, consumen contenido que preferirían ocultar, llevan una vida muy distinta fuera de la Iglesia o han normalizado conductas que saben que no los acercan a Dios.

A veces, el mayor conflicto no es con los demás. Es con nosotros mismos.

Porque sabemos cuál es el camino del Evangelio, pero sentimos que cada vez nos estamos alejando un poco más.

La buena noticia es que el Evangelio nunca se trató de aparentar perfección, sino de aprender a regresar a Cristo una y otra vez.

No esconder nuestras heridas

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Podemos ocultar muchas cosas a otras personas, pero no al Padre Celestial. Eso podría parecer una idea incómoda, pero también es una de las verdades más esperanzadoras del Evangelio.

Cuando leemos las Escrituras, descubrimos que muchos de los grandes discípulos tuvieron momentos de debilidad.

Alma el Joven tuvo que arrepentirse profundamente. Pedro negó conocer al Salvador. Incluso los hijos de Mosíah pasaron de perseguir a la Iglesia a convertirse en poderosos misioneros.

La diferencia no estuvo en que nunca se equivocaron, sino en que permitieron que Jesucristo transformara sus vidas. El Señor enseñó:

«Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar» . Mateo 11:28.

Él no dijo que primero resolviéramos todos nuestros problemas para después acercarnos a Él. Nos invitó a venir tal como somos para comenzar el proceso de cambio.

El miedo al juicio nos hace usar máscaras

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Existe la idea de que, si alguien está luchando con un pecado o un mal hábito, debería alejarse de la Iglesia hasta «arreglar su vida».

El Evangelio enseña lo contrario.

Hay miembros que sienten que deben ocultar ciertas luchas porque temen decepcionar a su familia, a sus líderes o a sus amigos.

Quizá están enfrentando dudas, una adicción, problemas emocionales, conflictos familiares o simplemente sienten que no están a la altura de lo que otros esperan.

Es comprensible que exista ese temor. Sin embargo, vivir intentando sostener una imagen perfecta puede ser agotador espiritualmente.

El presidente Russell M. Nelson ha enseñado que el Señor ama el esfuerzo sincero de quienes siguen intentando acercarse a Él. El progreso en el Evangelio casi siempre ocurre paso a paso.

Eso no significa justificar aquello que está mal. Significa reconocer que abandonar el camino rara vez nos acerca más a Dios.

Podemos ser mejores miembros, paso a paso

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A veces pensamos que para ser un buen miembro debemos cambiar toda nuestra vida de inmediato. Sin embargo, el crecimiento espiritual normalmente ocurre de manera gradual.

Arrepentirse puede incluir dejar un hábito, pedir ayuda, hablar con un líder del sacerdocio o tomar decisiones difíciles.

Uno de los principios más importantes del Evangelio es la ministración. El Salvador dedicó gran parte de Su ministerio a caminar junto a las personas, escucharlas y ayudarles a avanzar.

Por eso, el propósito de la Iglesia no es crear una comunidad de personas sin errores, sino una comunidad donde podamos ayudarnos mutuamente a seguir a Cristo. Pablo enseñó:

«Sobrellevad los unos las cargas de los otros, y cumplid así la ley de Cristo» – Gálatas 6:2.

Por supuesto, hay conductas que necesitan arrepentimiento y cambios reales. Pero el arrepentimiento nunca fue diseñado para humillar a las personas, sino para acercarlas al Salvador.

El arrepentimiento es para todos

A veces muchos enfrentamos pruebas que nos hacen murmurar y alejarnos de Dios. Imagen: másfe.org

A veces pensamos que arrepentirse es algo reservado para quienes cometieron errores muy graves. Sin embargo, las Escrituras muestran que es una práctica constante para todo discípulo de Jesucristo.

En Doctrina y Convenios 58:42 leemos:

«He aquí, quien se ha arrepentido de sus pecados es perdonado, y yo, el Señor, no los recuerdo más.«

Ese versículo también nos recuerda que nuestro pasado no tiene por qué definir nuestro futuro.

Cada persona tiene su propio ritmo, sus propias pruebas y su propia historia. Comparar nuestro proceso con el de los demás casi siempre nos hará sentir que vamos demasiado lento o que nunca seremos suficientes.

Por eso, quizá hoy el siguiente paso sea volver a orar con sinceridad. Tal vez sea regresar al estudio de las Escrituras, asistir al templo cuando sea posible o dejar de justificar aquello que sabemos que nos está haciendo daño.

El Señor valora el esfuerzo constante mucho más de lo que muchas veces nosotros mismos creemos.

Ser auténticos también es un acto de fe

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Hay una gran diferencia entre justificar nuestros errores y reconocer honestamente que todavía estamos aprendiendo.

Ser auténticos no significa dejar de esforzarnos por vivir el Evangelio. Significa aceptar que todavía estamos en proceso.

Muchos miembros fieles han tenido épocas de dudas, de tropiezos o de preguntas difíciles. Eso no los convirtió en malas personas ni los dejó fuera del amor de Dios.

Al contrario, muchas veces esas experiencias fortalecieron su testimonio. El Padre Celestial conoce la versión completa de nuestra historia. Sabe quiénes somos hoy y también quiénes podemos llegar a ser.

Nadie llega a la Iglesia con la obra terminada

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Una de las verdades más esperanzadoras del Evangelio es que el Señor trabaja con personas comunes.

Con personas que todavía están aprendiendo a perdonar, que intentan dejar atrás viejos hábitos y con las que algunas veces sienten que no encajan. Aunque no siempre se conozca si todo estará bien, siempre podemos regresar porque desean estar cerca de Él. Moroni enseñó:

«Sí, venid a Cristo y perfeccionaos en él» – Moroni 10:3

Ese versículo no dice que primero debemos perfeccionarnos para después venir a Cristo. Nos invita a acercarnos a Él para que, con el tiempo, Él nos ayude a cambiar.

Quizá algunos sentimos que en la Iglesia mostramos una versión de nosotros que todavía no coincide con lo que vivimos en privado. Si ese es el caso, vale la pena recordar que el Evangelio no es un escenario donde debemos actuar, sino un camino donde podemos crecer.

Gracias a Jesucristo, siempre podemos convertirnos en un mejor discípulo de lo que éramos ayer.

Y ese proceso comienza cuando dejamos de preguntarnos cómo mantener una imagen y empezamos a preguntarnos cómo acercarnos un poco más al Salvador.

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