Soy converso de la iglesia mormona por más de 18 años, ahora. Después de casarme con mi esposa, me bauticé a los 24 años. Recuerdo que deseaba convertirme a la iglesia mormona porque tenía mi propio testimonio, no para complacer a mi esposa, así que antes de programar la fecha de mi bautismo, tuve charlas con tres parejas de misioneros. Todas las experiencias fueron diferentes, pero tuvieron un impacto en mi vida, por diversas razones. No obstante, este artículo no se trata de la historia de mi bautismo ni de mi conversión. Este artículo se trata de las pruebas que atravesé mientras me relacionaba con los miembros de la iglesia mormona en general.

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He vivido en cuatro estados diferentes y he sido parte de 14 barrios durante mis más de 18 años como miembro, pero en cada lugar, tuve dificultades para relacionarme con los miembros de la iglesia mormona. Un ejemplo perfecto de esto proviene de una reciente reunión del quórum de éderes. Estuvimos discutiendo sobre un mensaje de la conferencia general de abril 2018 respecto a los tres aspectos en que las familias tienen que enfocarse mientras enseñan a sus hijos en casa: la oración familiar, el estudio familiar de escrituras y la noche de hogar familiar. Todos los tres principios, que creo, son piezas fundamentales en la enseñanza de los niños en el hogar.

iglesia mormona

Aquí es cuando tuve dificultades para relacionarme. El quórum de élderes de mi barrio está conformado por hermanos de 18 años hasta aquellos de edades más avanzadas, así que hay una vasta variedad de edades y experiencias, pero la mayoría de hermanos tenía una perspectiva diferente a la mía. Todas las discusiones se centraban en los ejemplos de los pioneros o experiencias personales de criarse en familias activas que practicaban muy a menudo todos esos tres puntos en su hogar. No hablo de ser perfectos en esos tres aspectos, pero sus experiencias involucraban la oración familiar, el estudio familiar de las escrituras y la noche de hogar en familia. Casi nadie habló de una experiencia diferente y me preguntaba a qué se debía.

Yo no crecí con esas tres cosas. No me crie con mucha religión ni estructura en absoluto. Mis experiencias de crecer se parecen más a las de otros conversos de la iglesia, experiencias mundanas. Crecí con una madre soltera que trabajaba gran parte del día. Fui a la escuela, tuve amigos y practiqué deportes. Pasé mi tiempo haciendo cosas mundanas que no estaban de acuerdo con el evangelio. Fui a conciertos locos de rock y hablaba como el mundo habla, con lenguaje soez. Lo hice porque era todo lo que sabía. Mis experiencias no se parecían a las que estaba escuchando. ¿Dónde estaba mi voz? ¿Por qué no había experiencias con las que me pudiera familiarizar? ¿Por qué me sentía incómodo compartiendo mi opinión y mis experiencias?

Cuando me senté con el quórum de élderes ese domingo, me sentí de la misma manera que antes: triste, avergonzado, rechazado e indigno. A medida que reflexionaba más, me sentía más deprimido y desanimado porque seguía sin lograr esos aspectos. En vez de enseñar cómo podíamos mejorar en estos aspectos, gran parte de la discusión se trató sobre cuán bien los élderes ya practicaban estos principios.

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Me preguntaba: ¿Habrá otros hermanos en estos salones que se sientan de la misma manera, o soy solo yo? ¿Todos son perfectos o temen hablar sobre sus imperfecciones? ¿Por qué no podía abrir mi boca para compartir mi historia? ¿Es porque me siento muy avergonzado o porque siento que nadie se familiarizará con mi historia o experiencias?

Fui a casa ese domingo sintiéndome peor por mí y mi situación que antes de ir a la iglesia.

Al siguiente día le conté a mi esposa cómo me sentía y me comprendió. También me dijo que el evangelio era verdadero y perfecto, pero que las personas no lo eran. Me dijo que tenía una voz y que mi voz tenía que ser escuchada porque creía que había muchos en la iglesia mormona que se sentían de la misma manera. Hizo un gran comentario que nunca olvidaré. Dijo: “Tu experiencia tiene que ser compartida y debe haber más personas dispuestas a compartir sus experiencias no tan perfectas para ayudar a los hermanos a sentirse inclusivos y no, exclusivos.”

Pienso que a veces en vez de enseñar con el Espíritu, las personas enseñan con su propia experiencia. Si esta experiencia es angosta. Entonces, solo se escucha una voz. Aquellos que crecieron con experiencias diferentes tienden a sentirse juzgados y reprendidos en lugar de instruidos en los principios que se enseñan. Si bien utilizar experiencias personales ayuda a personalizar la lección, la lección se debe enseñar de una manera que incluya a la vasta diversidad de los miembros de la iglesia mormona. Las experiencias son importantes en una discusión, pero la importancia de una lección es enseñar e instruir en la forma de progresar como miembros del evangelio.

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Existen maneras en las que podríamos lograrlo. Descubrí que comunicarme con aquellos que sabía provenían de experiencias diferentes antes de la lección me daba perspectivas distintas para reflexionar durante la preparación. Además, tratar la lección más como una guía para facilitar una discusión grupal permite que los hermanos en el aula se enseñen unos a otros. Así, la lección actúa como una forma de continuar el tema mientras el grupo rebota experiencias e ideas mutuamente. Lo más importante es que una lección deba prepararse con un corazón de oración. Debemos enseñar con la idea de que el Padre Celestial tiene que compartir una lección y nosotros somos sus portavoces. Con la oración en nuestro corazón y el Padre Celestial en nuestra mente, Su mensaje será enseñado con la finalidad de que todos lo escuchen y se sientan comprendidos.

Si has sido miembro toda tu vida o eres converso, si eres menos activo o perfecto en tus actividades de la iglesia. Por favor, habla en la iglesia sobre tus imperfecciones, debilidades y verdad. Existen personas que necesitan escucharlo de ti. Existen personas que necesitan encontrar a alguien con quién familiarizarse. Si solo hablamos de nuestros éxitos y perfección. Entonces, ¿De qué manera alguien podría estar a la altura de la imagen perfecta del aula? Esta puede hacer la diferencia entre alguien que decide venir a la iglesia y alguien que no.

El Élder Jeffrey R. Holland dijo en una charla fogonera que “La iglesia no es un monasterio para el aislamiento de las personas perfectas. Se parece más a un hospital provisto para aquellos que desean recuperarse.” Si siempre hablamos sobre experiencias en el evangelio con una perspectiva muy optimista, ¿Compartimos realmente la verdad de nuestra experiencia o compartimos lo que deseamos que los demás escuchen?

Artículo originalmente escrito por Jimmy Birman y publicado en ldsliving.com con el título “I Have a Hard Time Relating to Members of the Church: A Convert’s Honest Thoughts on How to Make Our Wards More Inclusive.”