El silencio que precede al milagro: La respuesta de Jesús en un mundo de confusión

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Fue un día de quietud en las Escrituras.

Durante la última semana de Su vida, en el tercer día antes de la Pascua, los autores de los 4 Evangelios parecen no decir nada. Aquel miércoles no hubo milagros registrados, ni sanaciones, ni enseñanzas.

Él era la Palabra, y no hubo alguna otra.

Después de maldecir la higuera, después de las parábolas, después del Gran Mandamiento, después de la viuda que dio todo lo que tenía. El día después de que habló a los apóstoles diciéndoles que debía irse para luego regresar.

Después de eso, solo hubo silencio.

Durante un día entero.

Fue Su última semana.

¿Habrá pensado en huir? ¿En dejar atrás toda Su vida, todo lo que tenía?

¿Habrá estado reuniendo toda Su fuerza para prepararse para lo que se le venía?

Algunas personas pasan por alto el día miércoles; se pasan de la entrada triunfal a la crucifixión sin más ni menos. Entre las multitudes y la controversia, se olvidan del día de silencio.

Tal vez Él todavía estaba enseñando.

Hay un mensaje de quietud en las páginas de las Escrituras, lo suficientemente inesperado como para que pueda pasar por alto si no prestamos atención, sin embargo, encontramos un gran poder en ello.

Momentos de quietud y silencio con frecuencia preceden a un milagro.

Cuando el mar rojo estaba delante de ellos y los gritos del ejército rugían detrás, en el momento en que los gritos de temor, el choque de las espadas y el fervor de la batalla podrían haber prevalecido, se produjo algo inesperado.

Moisés aconsejó a Israel, “Estad firmes y ved la salvación” (Éxodo 14:13).

profeta

Estad firmes.

Esto ocurrió nuevamente cuando Josué condujo a su pueblo hacia el río Jordán. No fue hasta que las plantas de los pies de los sacerdotes tocaron el río que se dividieron las aguas del Jordán (Josué 3:15, 17).

Estad firmes.

Este también fue el consejo de un profeta a un futuro rey: “Espera tú un poco” (1 Samuel 9:27 ).

Estad firmes.

Y cuando Josafat reunió todo su reino en oración ante el templo, cuando la gran multitud se acercaba contra ellos en medio de la batalla, cuando clamaba al Señor por Su ayuda, la respuesta del Espíritu fue clara: “No es vuestra la batalla, sino de Dios. . . . quedaos quietos y ved la salvación de Jehová con vosotros” (2 Crónicas 20:15, 17).

Estad firmes.

Jesús sabía la historia de Moisés, Josué y Josafat porque había estado allí. Él sabía de la promesa de Isaías, “Porque así dijo Jehová el Señor, el Santo de Israel… en la quietud y en la confianza estará vuestra fortaleza” (Isaías 30:15), porque fue Él quien dijo tales palabras.

Les había enseñado sobre el silencio y la confianza. La quietud antes del milagro.

Era verdad en ese entonces y sigue siendo una verdad ahora.

El día siguiente traería la cena de la Pascua, la traición de Judas. Los azotes, las burlas, una corona de espinas, una túnica púrpura. El canto del gallo. Un juicio. Una multitud clamando Su crucifixión. Una injusticia. Y por ultimo, Su muerte en la Cruz.

“En la quietud y en la confianza estará vuestra fortaleza”.

No sabemos lo que sucedió el miércoles de Semana Santa. Las Escrituras permanecen en quietud.

Pero firmes.

En confianza.

Tal vez es algo de lo que podamos aprender.

A veces la respuesta es la falta de la misma. El silencio no significa que Él está ausente. Él está ahí. Firme e inamovible. En quietud.

dios nunca se olvida

Tal vez sea una lección que nos ayude a enfrentar nuestros propios días de dificultad.

Cuando la multitud nos rodee, cuando la batalla sea terrible, cuando sintamos la necesidad de controlar la situación en la que estamos con nuestra propia fuerza, nuestros propios planes, nuestra propia lógica, en los momentos de mayor controversia, a veces la respuesta del espíritu es clara.

Estad firmes.

“En la quietud y en la confianza estará vuestra fortaleza”.

Fuente: ldsliving.com

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