Abinadi es una persona única en las Escrituras por una razón en especial. En las miles de páginas que conforman el canon de los Santos de los Últimos Días, Abinadí es una de las pocas personas que no fueron salvadas cuando enfrentaron una circunstancia que puso sus vidas en peligro.

Daniel fue salvado del foso de los leones. Sadrac, Mesac y Abednego fueron salvados del fuego. Abraham no llegó a matar a su único hijo porque Dios envió un ángel para que lo detuviera. Jonás escapó del vientre de la ballena. Los ángeles protegieron a Nefi de sus hermanos asesinos y Samuel, el lamanita, no fue atravesado por las flechas.

Cuando una turba de casi cuatrocientos hombres se acercó al campamento de Sión, encabezado por el profeta José, una tormenta violenta repentinamente llegó y asustó a la turba.

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Abinadí presentándose al rey Noé.

Cristo sanó a una mujer con problemas de flujo de sangre, un hombre con espíritus inmundos, un ciego, un leproso y más.

Por supuesto, hay historias inspiradoras de aquellos que no fueron salvados y se callan en medio de nuestro brillante optimismo y esperanza de que sucedan milagros.

Cuando volví a leer la historia de Abinadí como parte de mi estudio personal de “Ven, Sígueme” me sorprendió cómo, si se considera desde una perspectiva terrenal, era una situación cruelmente irónica.

Abinadí intentó una y otra vez salvar al rey Noé y a su pueblo. Predicó sobre el arrepentimiento y la venida de Jesucristo.

Mosíah 12 nos enseña que luego de que el rey Noé intentara matarlo, Abinadí regresó al pueblo después de dos años para continuar predicando porque el Señor le pidió que volviera.

Finalmente, fue capturado, encarcelado y quemado hasta morir por defender su testimonio.

Luego, entra en escena Alma, padre, uno de los sacerdotes del malvado Rey Noé. Considerado como una de las grandes figuras misioneras del Libro de Mormón, bautizó a cientos y, eventualmente, se convirtió en el líder de todo un pueblo de creyentes.

Leyendo la historia, recordé mi misión. ¿No es esa la esperanza en el corazón de un misionero? ¿Traer personas a Cristo y ayudarlas a entrar a las aguas del bautismo?

Seguramente, Abinadí tenía esta esperanza. El pueblo al que Abinadí y Alma enseñaron fue el mismo. A primera vista, con una perspectiva limitada, sería justo decir “¡Abinadí hizo todo el trabajo!” O “¿Por qué el pueblo no escuchó a Abinadí, que murió por defender el Evangelio, y sí a Alma?”

Los caminos de Dios no son nuestros caminos. Sabía exactamente lo que era necesario para cada persona en esta historia. Con una perspectiva eterna, vemos que Abinadí desempeñó un papel esencial en la conversión de Alma.

Debido a Abinadí, miles se convirtieron al Señor. Si bien es doloroso que no haya vivido para ver los frutos de su trabajo, se presenta hoy como un ejemplo inamovible de fe frente a la adversidad y, en última instancia, a la muerte.

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En nuestras propias vidas hay ironías crueles. Nuestros planes no siempre son el plan de Dios. Sin embargo, mediante los momentos más terribles podemos fortalecer nuestra fe y conocer más a Dios.

En esos momentos de dificultad podemos elegir permanecer firmes y fieles a pesar de todo. Me encanta esta cita del Élder Cree-L Kofford, un Setenta, y creo que resume las lecciones que podemos aprender de Abinadí:

“¿Qué elementos hacen que Abinadí sea tan especial? Tal vez era su obediencia absoluta al ir, suponemos que solo, entre aquellos que él seguramente sabía que le iban a quitar la vida, a fin de declarar la palabra del Señor y llamar al pueblo al arrepentimiento. Tal vez es el hecho mismo de que sabemos muy poco sobre él, o tal vez es sencillamente la forma tan directa y precisa con las que enfrentó las adversidades con que se topó. Sea cual sea el motivo, Abinadí fue y es especial. Su vida, de hace tantos años, todavía tiene la capacidad de entusiasmar la mente y hacer que se acelere el pulso”.

Fuente: LDS Daily