Cuando pensamos en la historia de Naamán, solemos recordar al poderoso general que fue sanado de la lepra después de sumergirse siete veces en el río Jordán. Sin embargo, antes de ese milagro ocurrió algo que fácilmente puede pasar desapercibido.
Todo comenzó con las palabras de una niña.
No conocemos su nombre. Sabemos muy poco sobre ella. Era una joven israelita que había sido llevada cautiva y servía en la casa de Naamán. Aun así, Dios utilizó su fe para cambiar el rumbo de la vida de uno de los hombres más influyentes de Siria.
Su historia nos recuerda que, en el reino de Dios, el impacto de una persona no depende de su posición, su edad o el reconocimiento que recibe, sino de su disposición para actuar con fe.
Una niña cautiva que decidió hablar

El relato de 2 Reyes 5 presenta un contraste interesante. Mientras los reyes, los ejércitos y los personajes importantes ocupan los primeros lugares de la historia, quien desencadena todos los acontecimientos es una niña sin nombre.
En lugar de guardar resentimiento hacia quienes la habían llevado cautiva, decidió decirle a la esposa de Naamán:
«Si rogase mi señor al profeta que está en Samaria, él lo sanaría de su lepra» – 2 Reyes 5:3.
Su comentario fue sencillo, pero estaba lleno de fe. Ella confiaba en que el profeta de Dios tenía el poder, mediante el Señor, para ayudar a Naamán.
Resulta llamativo que un hombre con tanto poder estuviera dispuesto a escuchar a alguien que, según las costumbres de la época, ocupaba el nivel más bajo de la sociedad.
La fe abrió una puerta

Las palabras de la joven llegaron hasta el rey de Siria, quien decidió enviar a Naamán a Israel con cartas oficiales y grandes riquezas.
Mientras tanto, el rey de Israel reaccionó con temor. Pensó que aquella petición era imposible y que todo era una excusa para iniciar un conflicto entre ambos pueblos.
En contraste, el profeta Eliseo respondió con tranquilidad porque confiaba en el poder del Señor y no en las capacidades humanas.
La fe no siempre depende del cargo que ocupamos o de la experiencia que tenemos. En esta historia, una niña creyó, un profeta confió y un rey dudó.
El mayor obstáculo de Naamán no era la lepra

Cuando Naamán finalmente llegó a la casa de Eliseo, esperaba una ceremonia impresionante.
Imaginaba que el profeta saldría a recibirlo personalmente, levantaría las manos y realizaría un milagro extraordinario. Sin embargo, Eliseo ni siquiera salió de su casa y le dijo que debía sumergirse siete veces en el río Jordán.
El general consideró que los ríos de su tierra eran mejores y estuvo a punto de marcharse sin recibir la bendición que había buscado durante tanto tiempo. Pero entonces sus propios siervos lo invitaron a reflexionar.
Le preguntaron por qué no obedecía una instrucción tan sencilla. Entonces se sumergió siete veces en el Jordán y, tal como había prometido el profeta, quedó completamente sano.
Las Escrituras describen el resultado como si su piel quedara «como la de un niño» (Reyes 5:14). Muchos estudiosos de la Biblia consideran que esta comparación fue intencional. La historia comienza con una pequeña niña israelita y termina con un poderoso general que, simbólicamente, llega a ser como un niño.
Llegar a ser como un niño

Este principio aparece repetidamente en las Escrituras. El rey Benjamín enseñó:
«El hombre natural es enemigo de Dios (…) a menos que ceda al influjo del Santo Espíritu y se haga santo por la expiación de Cristo el Señor, y se vuelva como un niño, sumiso, manso, humilde, paciente, lleno de amor» – Mosíah 3:19.
De manera similar, el Salvador declaró durante Su ministerio en el continente americano:
«Todo aquel que se arrepienta y venga a mí como un niño pequeño, a ese recibiré» – 3 Nefi 9:2.
Ser como un niño no significa actuar con inmadurez. Significa tener un corazón dispuesto a aprender, confiar y obedecer al Señor.
Dios habla por medio de quien menos esperamos

Uno de los detalles más hermosos de esta historia es que Dios escogió a una niña cautiva para iniciar el milagro. Después utilizó a un profeta, más tarde a unos siervos y finalmente al mismo Naamán para completar el proceso.
Cada persona cumplió un papel importante, lo cual nos recuerda que el Señor puede enseñarnos por medio de personas que quizá nunca imaginamos escuchar.
En ocasiones, una conversación sencilla, el consejo de un amigo, las palabras de nuestros padres o la enseñanza de un profeta pueden convertirse en la respuesta que llevábamos tiempo buscando.
La humildad para escuchar suele ser el primer paso para recibir los milagros que el Señor desea concedernos.
Fuente: Mais Fé
