Hace aproximadamente una década, necesitaba salir de una reunión familiar, un día antes, para ir a casa a trabajar. Fui a dar un paseo con una prima, su amiga y uno de mis cuñados. Yo era significativamente mayor que el resto y, en teoría, al menos, el más responsable.

A solo quince millas de mi casa, el auto comenzó a sonar y avanzar con dificultad. Y, luego, se descompuso rápidamente. Nos dirigimos a un lado de la autopista, sin gasolina. La siguiente salida estaba una milla por delante. Estábamos discutiendo quien podría ir a buscar una  estación de servicio, cuando un auto que pasaba desaceleró y se detuvo a 45 metros frente a nosotros. Recuerdo haber observado el auto y haber pensado que estaba en peores condiciones que el nuestro. El auto retrocedió un poco y se detuvo. Luego, las cuatro puertas de ese auto se abrieron al mismo tiempo.

A veces, la memoria puede jugarte una mala pasada.

Por ejemplo, recuerdo regresar a la casa de mi juventud, ver mi patio, y darme cuenta de que era mucho más pequeño de lo que recordaba. Las batallas épicas que tuvimos en el patio trasero no pudieron haber sucedido en ese pequeño terreno. Pero, así fue. Tal vez, un poco menos heroico de lo que recordaba. Mi recuerdo de esos hombres descendiendo del auto frente a nosotros puede ser de este tipo, parte de lo que realmente sucedió combinado con lo que mi mente inventó con los años. De cualquier modo, esto es lo que recuerdo: Cuatro jóvenes salieron del auto, cada uno vestido de negro. Uno de ellos tenía un mohawk verde que medía 20 cm de alto. Otro, tenía un anillo en la nariz. Todos usaban varias cadenas.

“¡Vamos a morir!”

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Caminaron hacia nosotros y recuerdo haber pensado “vamos a MORIR.” Los cuatro salimos de nuestro auto para encontrarnos con ellos. Mientras se acercaban a nosotros, uno de ellos preguntó: “¿Tienen algún problema?”

“Parece que nos quedamos sin gasolina.”

A lo que uno de ellos dijo, “Podemos llevar a uno de ustedes por un poco de gasolina.”

Silencio. El mayor del grupo, yo, miré sus pies. Alguien podría morir hoy, pensé, pero ese no voy a ser yo. Mientras seguía mirando el suelo, escuché que mi cuñado dijo, “Puedo ir contigo.” Después de un momento, levanté la cabeza para verlo irse con la pandilla.

Quince minutos después, este grupo de jóvenes lo dejó en nuestro auto con un contenedor lleno de gasolina. Deseándonos lo mejor, se despidieron y siguieron su camino.

Reflexioné sobre esta experiencia muchas veces a lo largo de los años. Aquí estaba este grupo de jóvenes haciendo por mí lo que, sinceramente, nunca hice por otras personas. ¿Por cuántos autos descompuestos he pasado y no he ayudado,  incluso cuando la seguridad no hubiera sido una preocupación? Aún peor, ¿por cuántos he pasado y ni me he dado cuenta? Y, sin embargo, ahí estaba juzgando a aquellos que me ayudaron.

Y, ¿por qué motivo?

Estaba despreciando a un joven porque tenía el cabello de color verde y a los otros porque les gustaban las cadenas. De algún modo, sentí que mi rostro bien afeitado y mi cabello muy corto me hacían una mejor persona. Pero, no estaba “mirando el corazón del hombre,” como el Señor. Fue irónico que ese día en la carretera, los discípulos estuvieran vestidos de negro y con cadenas. ¿Quién estaba más cerca de Dios: el hombre con el corte de cabello de misionero que se sentía superior o el joven con el cabello parado que amaba a su prójimo? Ese día, esos jóvenes me preocuparon. Hoy, le pido a Dios que pueda aprender a tener el tipo de caridad que ellos me demostraron.

El mito de los pecados socialmente aceptables vs. los pecados inaceptables

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Hace unos años, compartí esta historia en una charla mientras hablaba sobre lo que esperaba aprender de esa y otras experiencias. Por ejemplo, sobre no juzgar y extender misericordia a nuestro prójimo. Después, una mujer vino y me agradeció por mi mensaje. Dijo que esperaba que la pudiera ayudar con algo. Sonreí y dije entre dientes una especie de respuesta trillada. Y, luego, me explicó que estaba preocupada por una próxima reunión familiar. Puedo decir que por su tono de voz y expresiones faciales que realmente estaba agobiada por algo. “Verá,” dijo, “mi hermana es lesbiana.” Hizo una pausa por un momento antes de continuar. “¿Qué piensa?” preguntó con seriedad. “¿Cree que deberíamos permitir que venga?” Mi corazón se rompió ante la pregunta.

Esta buena hermana, como yo aquel día en la carretera, estaba sufriendo de lo que a veces llamo “el mito de los pecados socialmente aceptables e inaceptables.” Parece haber un tipo de pacto social, un juicio colectivo, que ciertos tipos de comportamientos son tan reprensibles que nos liberan de la obligación de amar a quienes luchan contra ellos. En estos momentos, sin darnos cuenta, aceptamos socialmente nuestra propia ruptura del segundo gran mandamiento. En nuestra religión, hemos ascendido a nuestros propios rameúmptoms y hemos expulsado a otros de la sinagoga.

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Un buen amigo, después de ser llamado como presidente de estaca, colocó ceniceros en las entradas de los edificios de su estaca. “Nadie,” dijo en la conferencia de estaca, “debería sentirse poco grato en la Iglesia porque fuma.” Después de todo, cada uno de nosotros está luchando con algo y todavía somos bien recibidos aquí.  “¿Por qué los que todavía luchan con el hábito de fumar no pueden compartir las bancas con aquellos de nosotros que seguimos luchando de otras maneras?” Y con eso, este buen presidente de estaca invitó a los miembros de su estaca a dejar sus rameúmptoms personales en casa. O, mejor aún, desmantelarlos completamente.

Según entiendo el Evangelio, no hay lugar para la superioridad o la prepotencia en esto. “La jactancia”, dijo Pablo, “queda excluida” por la verdad singular y universal de que todos somos culpables como transgresores, tal como  lo dijo Santiago, nuestra culpa nos separa de Dios. Si recordamos la lección de Santiago. Entonces, recordaremos que una transgresión nos somete a todo el peso condenatorio de la justicia. Santiago escribe, “Si hacéis acepción de personas, cometéis pecado y sois hallados culpables por la ley como transgresores.” ¿Por qué debo hacer acepción de mis propios pecados más que los de los demás? No debería. Al hacerlo el juicio se vuelve sobre uno mismo, como Santiago sigue explicando: “Porque juicio sin misericordia se hará con aquel que no muestre misericordia.”

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En una ocasión, mientras Jesús cenaba en cierta casa, “muchos publicanos y pecadores vinieron y se sentaron juntamente a la mesa con Jesús y sus discípulos. Y cuando vieron esto los fariseos, dijeron a sus discípulos: ¿Por qué come vuestro Maestro con los publicanos y con los pecadores? Y al oír esto Jesús, les dijo: Los sanos no tienen necesidad de médico, sino los enfermos. Id, pues, y aprended qué significa.” La última línea me sorprendió, “Id, pues, y aprended qué significa.” En otras palabras, estaba diciendo que sus palabras no se referían únicamente a aquellos a los que parecían referirse. ¡Él estaba invitando a los fariseos a irse y reflexionar sobre sus palabras y sus propias vidas, y descubrir que ellos mismos estaban entre los enfermos que necesitaban un médico! Se estaban centrando únicamente en la delgada capa exterior del Evangelio y estaban dando un paso a un nivel más profundo, al nivel de sus corazones. Anda y aprende, Jesús estaba diciendo, me necesitas tanto como cualquiera.

Cuando rechazamos a los demás por sus luchas particulares, comenzamos a vivir una mentira: estamos diciendo que nuestros pecados son más aceptables que los de otros y, por lo tanto,  estamos dando a entender que los otros necesitan la expiación del Señor más que nosotros mismos. En estos momentos, nos unimos a los fariseos al preguntar por qué Jesús pasaba tanto tiempo entre los “pecadores.” Y, para nosotros también, Jesús está diciendo, “Id, pues, y aprended qué significa que los sanos no tienen necesidad de médico, sino los enfermos.”

Este pecado de hacer acepción de personas se demuestra de muchas formas. Hemos visto dos versiones en este capítulo: el pecado de hacer acepción de personas según la apariencia o la condición de los demás y el pecado de hacer acepción según los pecados que aceptamos, los nuestros, y aquellos que no. Otra versión de este pecado es responsable de gran parte de la tiranía entre la humanidad desde el inicio de los tiempos. Esta es la idea de que algunos grupos de personas son superiores a otros, según su religión, clase o género. La noción de tal excepcionalidad espiritual fue la creencia de los zoramitas. También es nuestra propia creencia cuando y donde consideramos que algunos grupos entre los hijos caídos de Dios son inherentemente mejores, o peores, que otros.

Este artículo es un extracto del libro “Falling to Heaven: The Surprising Path to Happiness” de James L. Farrel, fue publicado originalmente en ldsliving.com con el título “The Myth of Unacceptable vs. Acceptable Sins No Latter-day Saint Should Believe.”