Hay una pregunta que puede aparecer cuando intentamos vivir el evangelio y, al mismo tiempo, lidiamos con una relación que nos hizo daño:

Si ya perdoné a esa persona, ¿tengo que volver a confiar en ella?

La respuesta puede ser un poco más sencilla de lo que pensamos: perdonar y reconciliarse no son lo mismo.

Esto es especialmente importante cuando se trata de alguien que traicionó nuestra confianza, mintió repetidamente, nos manipuló o incluso abusó de nosotros. En esos casos, perdonar no significa ignorar lo que ocurrió ni eliminar los límites que necesitamos para estar bien.

El Señor sí nos ha pedido perdonar. En Doctrina y Convenios 64:10 leemos: 

“De vosotros se requiere que perdonéis a todos los hombres”. 

Pero ¿qué significa realmente cumplir con ese mandamiento?

Perdonar no significa recuperar la relación

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El perdón es una decisión que podemos tomar incluso cuando la otra persona no cambia.

Podemos dejar de alimentar el deseo de venganza, dejar el juicio definitivo en manos de Jesucristo y decidir que lo ocurrido no seguirá controlando nuestros pensamientos, emociones o futuro.

Eso sí está en nuestras manos. La reconciliación, en cambio, requiere algo más. Significa restaurar una relación que se ha quebrado, y para eso hacen falta dos personas.

Puede requerir reconocer el daño causado, arrepentirse, cambiar conductas, hablar con honestidad y reconstruir poco a poco la confianza. Por eso, podemos perdonar a alguien por nuestra cuenta, pero no podemos reconstruir una relación nosotros solos.

Esta diferencia es especialmente importante cuando ha existido un daño serio. Perdonar no significa que debamos regresar inmediatamente a una relación que sigue siendo destructiva.

El presidente Russell M. Nelson enseñó que perdonar no significa justificar una conducta pecaminosa o criminal, ni permanecer en situaciones de abuso.

Por eso, una persona puede perdonar y, aun así, mantener distancia. Puede perdonar y establecer límites. Puede perdonar y decidir que, por ahora, lo más sabio es no retomar la relación.

La confianza se construye con acciones

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Aquí aparece otra diferencia importante: Dios nos manda perdonar, pero no nos manda confiar inmediatamente en alguien.

La confianza se construye con el tiempo y, sobre todo, con acciones. Si una persona ha traicionado nuestra confianza o ha tenido comportamientos dañinos, perdonarla no significa olvidar lo que hemos aprendido de esa experiencia.

Podemos perdonar y seguir siendo prudentes, limitar el contacto y mantener ciertos límites. En situaciones especialmente graves, incluso podemos perdonar mientras mantenemos una separación completa.

Eso no significa que hayamos fracasado en perdonar. Significa que el perdón no elimina el discernimiento. Perdonar significa dejar el juicio definitivo en manos de Jesucristo. Él conoce lo que sucedió, conoce el corazón de cada persona y sabe qué requieren la justicia, la misericordia y el arrepentimiento.

Pero confiar ese juicio al Salvador no significa apagar nuestro propio discernimiento. Podemos dejar de condenar a una persona y, al mismo tiempo, tomar decisiones sabias sobre cuánto contacto tener con ella y si es prudente volver a confiar.

¿Y si nunca llega la reconciliación?

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A veces perdonamos sinceramente y esperamos que una relación pueda sanar, pero la otra persona no quiere reconocer lo que ocurrió.

Quizás nunca se disculpe y rechace cualquier intento de reparar la relación. O simplemente puede haber circunstancias que hagan imposible volver a tener la relación que existía antes.

¿Significa eso que nuestro perdón quedó incompleto? No.Nuestra sanación no tiene que depender del arrepentimiento de otra persona.

Si nuestra paz depende de que alguien finalmente reconozca el daño que causó, se disculpe de la manera que esperamos y cambie su comportamiento, entonces hemos puesto nuestra sanación en manos de esa persona.

El evangelio de Jesucristo ofrece otra posibilidad.

Podemos reconocer que quizá nunca sepamos si esa persona cambiará o si la relación podrá restaurarse. Pero podemos confiar en Jesucristo. Podemos confiar en que Él juzgará perfectamente y hará justicia en aquello que nosotros no podemos resolver.

Eso también forma parte del perdón.

La reconciliación sigue siendo importante

Todos tenemos luchas emocionales que a veces cuesta sanar. Imagen: Másfe.org

Ahora bien, que el perdón no obligue a restaurar una relación inmediatamente no significa que la reconciliación no sea importante para Dios.

El Salvador enseñó que, si recordamos que nuestro hermano tiene algo contra nosotros, debemos procurar reconciliarnos con él (Mateo 5:23–24).

Cuando es posible hacerlo de manera correcta, segura y saludable, la reconciliación puede ser uno de los frutos más hermosos del perdón. Las Escrituras muestran ejemplos de ello.

Jacob y Esaú estuvieron separados durante años. Jacob incluso temía lo que podía ocurrir cuando volvieran a encontrarse. Sin embargo, cuando finalmente se vieron, Esaú corrió hacia él, lo abrazó y ambos lloraron (Génesis 33:4).

También está el caso de José y sus hermanos. Ellos lo habían vendido como esclavo y habían permitido que su padre creyera que había muerto. Años después, su relación comenzó a restaurarse.

Pero algo importante es que la reconciliación no ocurrió de manera instantánea. Estos relatos muestran algo importante: el perdón puede abrir la puerta a la reconciliación, pero la reconciliación también requiere tiempo, cambios y disposición de ambas partes.

Tal vez no ahora, pero quizá algún día

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Hay relaciones que no podrán reconciliarse la próxima semana, el próximo año o incluso durante esta vida. Algunas heridas son profundas. Algunas situaciones son demasiado complejas. Algunas personas necesitan tiempo para cambiar y otras quizá decidan no hacerlo.

Pero eso no significa que debamos perder toda esperanza, Jesucristo puede sanar cosas que hoy parecen imposibles de reparar. Por eso, quizá la pregunta no sea solamente: “¿Tengo que volver a dejar entrar a esta persona en mi vida?”

Podríamos hacernos otras preguntas:

¿He decidido perdonar? ¿He dejado el juicio definitivo en manos de Jesucristo? ¿Estoy dispuesto a reconciliarme si algún día hacerlo resulta correcto, sabio y seguro?

Estas preguntas nos permiten vivir el mandamiento de perdonar sin confundir el perdón con la confianza. También nos permiten tener esperanza en una reconciliación sin intentar forzarla antes de tiempo.

Podemos perdonar hoy. La reconciliación puede tomar tiempo. Mientras tanto, podemos confiar en Jesucristo, quien comprende perfectamente tanto la herida como el corazón de quien ha sido herido.

Fuente: Meridian Magazine 

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