Mi peso no define mi valor ante Dios

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Y si no soy delgada, ¿tengo algún valor?

He tenido una variedad de cosas en mi vida… Pero lo que nunca he tenido en abundancia es confianza, especialmente cuando se trata de mi apariencia.

Bien, esa fue la introducción más cursi que he escrito en un artículo. No te rías.

Sé que he hablado sobre este tema antes, pero mi autoestima ha sido una lucha lo suficientemente grande en mi vida que creo que merece más de uno o dos artículos.

Cuando era más joven, nunca estuve conforme con mi apariencia, en parte porque ser delegada nunca fue algo natural para mí, y si no era delgada, ¿tenía algún valor? El recuerdo de subirme a una balanza en quinto grado quedó grabado para siempre en mi memoria.

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Un día me puse mal en la escuela, por lo que la enfermera de la escuela me hizo un chequeo rápido y eso también implicaba que tuviera que pesarme. Cuando mi hermana vino a recogerme, la enfermera le informó en voz alta que tenía sobrepeso. Ella hizo que eso sonara, y por extensión a mí, como algo tan repulsivo que tan pronto como salimos de la oficina, me puse a llorar.

En ese momento, supe que era una persona desagradable debido a mi peso, y esta idea sólo fue perpetuada por los inconsiderados chicos de la escuela cuando me llamaban ‘gorda’. En cada artículo de revista que leía, cada canal de televisión que veía, mostraba mujeres muy delgadas e inalcanzablemente bellas.

Desde ese momento en la oficina de la enfermera, empecé una batalla aparentemente interminable con mi peso.

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Estaba constantemente poniéndome a dietas que inevitablemente rompía después de básicamente morirme de hambre durante unos días. Siempre intentaba esconder mis muslos con jeans oscuros y continuamente me miraba en los espejos para ver si mi reflejo seguía siendo el mismo.

Durante el resto de mi vida como estudiante, me volvía casi un desastre cada vez que un chico (con todos los chicos para ser sincera) que pensaba que era lindo me hablaba. Todo lo que podía pensar era: “De seguro piensa que soy fea. Probablemente está tan asqueado por lo gorda que estoy”.

Estaba tan paralizada por esos pensamientos que apenas podía formar una sola palabra cuando se trataba de comunicarme con el sexo opuesto. Mirando hacia atrás, me doy cuenta de que probablemente podía haber sido vista como alguien distante y presumida, pero la verdad es que estaba absolutamente aterrorizada.

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Sumado a las inseguridades que tenía sobre mi peso, mi firme creencia de que mi nariz era demasiado grande, mi cabello demasiado encrespado, mis labios demasiado delgados y mis cejas demasiado gruesas, tuve como resultado el ser una adolescente demasiado insegura.

Sin embargo, cuando fui a la universidad, todo cambió. Estuve tan enferma que bajé 9 kilos. No fue una forma ideal de perder peso, pero, ¡aceptaba lo que me había tocado! De repente, era delgada y, en mi opinión, tenía valor.

Tenía mucha más confianza en mi aspecto porque sentía que finalmente era más bonita. ¡Coqueteaba con los chicos y me sentía más cómoda conmigo misma que nunca! Fue increíble.

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Muchos años después, de repente, debido a una condición que afecta la tiroides, de la nada comencé a recuperar todo el peso que perdí. Estaba aterrada. Pasé de sentirme más atractiva a, una vez más, sentirme desagradable e insegura de mí misma. Estaba casada y mi esposo era muy dulce y amoroso, y constantemente me aseguraba que todavía me veía maravillosa.

Pero, por supuesto, no le creí.

Toda mi vida, he equiparado mi valor con mi aspecto. Sé que en el fondo eso en realidad no importa, que el amor de Dios por nosotros no depende de nuestra talla de ropa (aunque, claro está, Él quiere que seamos saludables), pero por alguna razón, todavía no podía quitarme la idea de que era significativamente más valiosa cuando era más delgada y bonita.

Pero esto es lo que he aprendido y lo que aún sigo aprendiendo: No existen maneras equivocadas de tener un cuerpo. El propósito de mi cuerpo no es ser una pieza central que está en exhibición que la gente deba de observar; tampoco es ser un adorno con joyas que la gente tenga que admirar.

Es un regalo de Dios, una herramienta para ser utilizada con fines sorprendentes. Gracias a mi cuerpo, puedo hacer cosas increíbles. Y eso no cambia según el número que aparece en una balanza.

Nuestro cuerpo es nuestra casa

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Nuestro cuerpo es nuestra casa, es la morada de nuestro espíritu. Y al igual que cualquier casa (siendo realistas), es agradable tener un exterior bonito.

¿Pero si una casa tiene un hermoso exterior pero el interior contiene madera podrida, techos hundidos, plomería deteriorada y acabados eléctricos de mala calidad? No es la ideal, porque no importa lo bello que sea el exterior; no vas a querer esa casa.

Lo que hay dentro de la casa es lo que importa. Si el exterior tiene algunas carencias, tal vez es demasiado simple, el techo necesita algunas tejas nuevas, o podría usar una nueva capa de pintura, pero el interior está lleno de techos altos, habitaciones acogedoras y una cocina perfecta… Esa casa sería en la que estaríamos felices de vivir.

El valor de una casa no depende mucho de lo que está afuera sino de lo que está adentro, porque el valor de una casa, su valor literal, tiene mucho que ver con lo funcional que es y cuán feliz y seguro nos hace sentir. Las casas fueron hechas para protegernos de las tormentas y darnos un lugar para descansar.

Una casa no es un adorno, aunque es bueno tener una casa hermosa. Es un puerto seguro destinado a protegernos y resguardarnos.

El exterior de una casa probablemente cambiará con el paso de los años. Se verá afectada por el tiempo, el clima y otra serie de factores, al igual que nosotros. Pero la estructura principal de una casa seguirá siendo la misma, y eso es lo que importa.

La belleza externa se desvanece con el tiempo. La belleza interna no.

Y no importa lo hermoso o hermosa que seas, por dentro o por fuera, todos tenemos exactamente el mismo valor como hijos de Dios. El exterior no importa en lo absoluto, aunque parezca que sí en este momento.

Estar saludable incluye tener un imagen saludable de nosotros mismos

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Nos centramos mucho en estar sanos y saludables, pero creo que a veces nos olvidamos de aplicar eso tanto a nuestro yo emocional como físico.

Estar físicamente saludable es maravilloso, y obviamente es un objetivo importante y valioso por el que podemos esforzarnos. Nuestros cuerpos son un regalo, y debemos hacer todo lo posible para cuidarlos.

¿Pero si tu porcentaje de grasa corporal es muy bueno y tu mente es un desastre? Bueno, eso no es estar saludable.

¿Qué persona es realmente saludable: alguien que está en forma, pero que está profundamente deprimido debido a su baja autoestima o alguien que es un poco gordito pero feliz con sigo mismo?

Yo elegiría al segundo, porque estar sano es mucho más que una cara bonita y abdominales. La escritora mediana Nia Shanks lo expresó de esta manera:

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“Aquí hay una manera no tan delicada de poner las cosas en perspectiva. Si se te dijera que sólo tienes seis meses de vida (sí, sé lo trivial que es este cliché, pero tenme paciencia), ¿lo primero que pensarías sería “¡Nooooo! ¡Necesito más tiempo para perder peso y sacar abdominales!?

Lo más probable es que la apariencia de tu cuerpo ni siquiera aparezca en las 100 cosas más importantes que pensaste en ese momento.

Pensarías en las personas que amas. Los recuerdos que aún tienes por crear. Probablemente te preguntes si marcaste la diferencia en este mundo y si el mundo es mejor porque estuviste en él.

Pensarías en las cosas increíbles que hiciste y quizás te arrepientas de las cosas que no pudiste hacer. Pero apuesto a que ni tú ni nadie iría a tu tumba deseando que hubieras reducido primero unos centímetros en la talla de tu cintura.”

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Si tu peso no sería el centro de tu vida si es que tuvieses seis meses de vida, ¿por qué debe ser tu foco principal ahora?

Eso no quiere decir que tu salud física no sea importante en absoluto y que debes darte al abandono, porque estar físicamente saludable es muy importante y afecta muchos aspectos de nuestras vidas.

Al final, siempre habrá cosas más importantes en la vida que el número que sale en una balanza, como nuestra relación con Dios, nuestra trato a otras personas y lo que hacemos para que el mundo a nuestro alrededor sea un lugar mejor.

Somos mucho más que nuestro peso, y ser gorditos o delgados, altos o bajos, jamás cambiará nuestro valor y herencia divina.

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Voy a ser honesta contigo, todavía no estoy 100% contenta con mi peso o mi apariencia, y honestamente, no sé si algun día lo esté en esta vida. No sé si alguna vez me miraré en el espejo y pensaré: “¡Amo mi cabello encrespado!” O “Ese es un cuerpo muy atractivo”. Pero afortunadamente, cada vez más me estoy dando cuenta de que soy más que mi apariencia física. Soy más que un número en una balanza.

Siempre pensé que le agradaría a más personas si es que fuese más delgada, más bonita, pero la verdad es que a ninguna de las personas en mi vida realmente le importa mucho si pierdo o gano algunos kilos.

Les agrado por cómo actúo y cómo los trato. Les agrado por lo que tengo dentro de mí.

Y eso es lo que más le importa a Dios.

Este artículo fue escrito originalmente por Amy Keim y fue publicado originalmente por deseret.com bajo el título “My Weight Doesn’t Define My Worth

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