Volver de la misión puede sentirse extraño. Durante meses o años, todo giraba alrededor del Evangelio, el servicio y las personas. Luego, de un momento a otro, el misionero regresa a casa y descubre que ahora debe pensar en estudios, trabajo, relaciones, decisiones y una rutina completamente distinta.

Y aunque pocas veces se habla de esto abiertamente, la realidad es que algunos misioneros retornados terminan alejándose de la Iglesia después de regresar.

Pero quizá la pregunta no debería ser “¿cómo pudieron inactivarse?”, sino más bien: 

¿Qué estaban cargando en silencio mientras intentaban adaptarse otra vez a la vida normal?

El regreso a casa no siempre es tan simple como parece

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Muchas veces imaginamos que un misionero retornado vuelve espiritualmente “invencible”. Como alguien que jamás tendrá dudas, cansancio o luchas personales, pero la transición después de la misión puede ser más fuerte de lo que muchos imaginan.

En la misión existe una estructura de horarios, propósito constante y una rutina centrada casi completamente en servir al Señor. Cuando eso termina, algunos sienten un vacío difícil de explicar.

De pronto ya no están enseñando todos los días. Ya no tienen un compañero al lado. Ya no sienten la misma intensidad espiritual diaria. Y mientras intentan adaptarse puede existir la presión silenciosa de seguir siendo el misionero perfecto.

A veces, eso termina agotando emocionalmente. El élder Jeffrey R. Holland enseñó:

“No hemos llegado tan lejos solo para llegar hasta aquí”.

Y quizá muchos misioneros retornados necesitan volver a recordar justamente eso.

No siempre se trata de rebeldía

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Uno de los errores más comunes es asumir que alguien se inactivó porque “se enfrió espiritualmente” o porque “nunca estuvo convertido”.

Detrás de muchos casos hay ansiedad, depresión, sentimientos de fracaso, agotamiento emocional, adicciones, soledad o incluso miedo al juicio de los demás.

Algunos regresan antes de tiempo y sienten vergüenza, mientras que otros vuelven después de servir toda su misión, pero sienten que ya no encajan. Hay quienes pasan de hablar diariamente de Cristo a sentirse completamente solos en su habitación semanas después de regresar.

A veces la inactividad no comienza con falta de fe, sino comienza con cansancio, culpa o heridas que nadie vio.

La presión de “seguir siendo fuerte”

hombre en terapia
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Muchos misioneros retornados sienten que no pueden mostrarse vulnerables. Piensan que deberían tener todas las respuestas porque sirvieron una misión.

Entonces callan y más solos se sienten. El problema es que en ocasiones la cultura alrededor de los misioneros retornados celebra mucho el regreso, pero acompaña poco el proceso después.

Un misionero retornado sigue necesitando apoyo espiritual, amistad y comprensión, incluso después de quitarse la placa.

Además muchos exmisioneros coinciden en que las pruebas no terminan al regresar a casa. De hecho, algunos sienten ataques espirituales aún más intensos después de la misión. 

Un misionero que pasó meses ayudando personas a acercarse a Cristo se convierte en alguien que el adversario quiere desanimar rápidamente. El Evangelio siempre ha sido un lugar para personas que siguen intentando.

Hay misioneros que vuelven… y sienten que fracasaron

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Especialmente quienes regresaron antes de tiempo. Muchos cargan preguntas muy dolorosas como:

“¿Qué pensarán de mí? ¿Decepcioné al Señor?¿Ya arruiné mi futuro espiritual?”

Sin embargo, la Iglesia ha enseñado repetidamente que el valor de una persona no depende de cuántos meses sirvió, sino de su corazón.

El Señor conoce circunstancias que otros jamás entenderán. A veces lo que más necesita un misionero retornado no es un sermón. Es alguien que lo escuche sin juzgarlo.

Volver siempre será posible

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Algo hermoso del Evangelio es que Jesucristo nunca trabaja con finales definitivos.

Hay misioneros retornados que se alejaron por meses o años y luego regresaron con un testimonio incluso más profundo. 

Otros siguen luchando silenciosamente mientras intentan encontrar otra vez estabilidad espiritual, pero en todos los casos, la esperanza sigue existiendo.

La misión no es el punto final de su conversión, es apenas parte del proceso.

Aunque algunos sientan que se perdieron después de volver a casa, Cristo sigue sabiendo exactamente dónde encontrarlos.

Fuente: Add Faith 

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