¿Alguna vez te has preguntado por qué los miembros de la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días no pueden simplemente elegir a qué barrio asistir?
Si una persona se muda a otra ciudad, por ejemplo, no necesita buscar cuál es la congregación que más le gusta. Lo habitual es proporcionar su dirección y, a partir de ella, determinar a qué barrio pertenece.
A primera vista, podría parecer solamente una cuestión de organización. Pero este sistema tiene un propósito de ayudar a los miembros a centrarse en Jesucristo, servir a las personas que los rodean y formar comunidades reales de fe.
Una Iglesia que no funciona como un “club”

Cuando una persona llega a una nueva ciudad, una de las primeras cosas que puede hacer es averiguar dónde se reúne la Iglesia. La dirección de su casa determina cuál es su barrio y, por lo tanto, quiénes serán sus líderes y compañeros de congregación.
Esto significa que no escogemos un barrio simplemente porque nos guste más su estilo, porque tenga personas con las que tenemos más afinidad o porque nos sintamos más cómodos allí.
El Libro de Mormón enseña en 2 Nefi 26:29 que el sacerdocio no debe utilizarse para buscar reconocimiento personal o beneficios propios. El propósito del servicio en la Iglesia debe ser buscar el bienestar de Sion, no construir una plataforma personal.
Por eso, el sistema de barrios ayuda a mantener una diferencia importante: los líderes no están llamados a reunir seguidores alrededor de su personalidad, sino a servir a Jesucristo y a las personas que se les han confiado.
¿La dirección de nuestra casa con nuestra fe?

Los límites geográficos de los barrios hacen que la Iglesia funcione de una manera bastante particular.
El obispo, los líderes de los jóvenes, los maestros y otros miembros que sirven en una unidad lo hacen principalmente de manera voluntaria. No reciben un salario por aumentar el número de asistentes ni por convertir su congregación en la más popular.
Pero algo todavía más importante es que el barrio está formado, en gran medida, por las personas que viven cerca de nosotros.
Si una familia necesita ayuda, probablemente no será necesario que alguien viaje desde otra parte de la ciudad. Un miembro que vive cerca puede ayudar. Si una persona está pasando por una dificultad, quienes la acompañan pueden ser precisamente sus vecinos.
El principio de ministrar adquiere así un significado muy concreto, servimos a personas reales que forman parte de nuestra comunidad.
No escogemos a nuestros compañeros de domingo

Vivimos en una época en la que podemos elegir casi todo según nuestras preferencias.
Las redes sociales nos muestran contenido que coincide con nuestros intereses. Elegimos los lugares donde comer, las personas con las que pasar tiempo e incluso las comunidades digitales en las que participar.
La Iglesia propone algo diferente. En un barrio podemos encontrarnos sentados junto a personas de distintas edades, profesiones, personalidades y experiencias. Tal vez no tengamos mucho en común con algunos de ellos fuera de la Iglesia.
Y precisamente ahí está parte del propósito.
El evangelio de Jesucristo no consiste solamente en reunirnos con personas parecidas a nosotros, sino en aprender a amar, servir y fortalecer a personas diferentes.
No podemos elegir siempre quién dará el discurso del domingo, quién será nuestro maestro o quién necesitará nuestra ayuda esa semana. En lugar de eso, aprendemos a construir unidad con las personas que Dios ha colocado en nuestra comunidad.
Todos tienen algo que aportar

Otra razón por la que este sistema resulta importante es que cada barrio necesita personas que estén dispuestas a servir.
Se necesitan maestros, líderes de jóvenes, personas que trabajen con los niños, quienes ayuden con la música, quienes organicen actividades y muchos otros llamamientos.
Al distribuir a los miembros según el lugar donde viven, la responsabilidad de cuidar una congregación no recae siempre en las mismas personas.
Cada miembro puede recibir oportunidades para servir y desarrollar sus dones.
Esto también ayuda a recordar que los llamamientos no son puestos para ganar reconocimiento. Son oportunidades para aprender a servir como lo hizo el Salvador.
Pero no me siento cómodo en mi barrio

Por supuesto, pertenecer a una comunidad que no escogimos no significa que todo siempre será fácil.
Podemos tener diferencias de personalidad. Podemos no coincidir con alguien. Incluso puede tomar tiempo sentirnos parte de una nueva congregación después de mudarnos.
Pero precisamente esas situaciones pueden convertirse en oportunidades para crecer.
Jesucristo enseñó repetidamente sobre amar, perdonar y servir a los demás. Es mucho más sencillo hablar de esos principios cuando estamos rodeados de personas que pensamos igual que nosotros. La verdadera práctica llega cuando aprendemos a vivirlos con personas diferentes.
Por eso, el barrio puede convertirse en mucho más que el lugar donde asistimos los domingos. Puede ser una pequeña comunidad donde aprendemos a vivir el evangelio en la vida cotidiana.
Más que una división en un mapa

Los límites que determinan dónde se reúne cada miembro pueden parecer, a simple vista, líneas trazadas sobre un mapa.
Pero detrás de esas líneas hay una idea sencilla: la Iglesia no está formada solamente por personas que comparten una creencia, sino por discípulos que tienen la responsabilidad de cuidarse unos a otros.
Cuando conocemos a las personas que viven cerca de nosotros, cuando servimos a nuestra comunidad y cuando aprendemos a convivir con quienes son diferentes, el barrio deja de ser solamente una unidad administrativa.
Se convierte en un espacio para seguir a Jesucristo de una manera mucho más práctica.
Y quizá esa sea una de las razones por las que no elegimos nuestro barrio: porque a veces las personas que más necesitamos aprender a amar no son las que nosotros habríamos elegido.
Fuente: Add Faith
