Antes de convertirse en uno de los apóstoles más conocidos por sus poderosos testimonios de Jesucristo, el presidente Jeffrey R. Holland fue un joven de 19 años que no estaba seguro de querer servir una misión.
Estaba enamorado, tenía planes para su futuro y le preocupaba alejarse de su novia. Incluso cuando decidió intentarlo, recibió una evaluación que hoy podría sorprender a muchos: su testimonio del Evangelio fue calificado como «regular».
Esta historia aparece en la biografía «Jeffrey R. Holland: A Witness for Christ«, escrita por el historiador de la Iglesia Matthew J. Grow, quien comparte detalles poco conocidos de la juventud del fallecido apóstol.
No estaba seguro de servir una misión

Durante su primer año de universidad, Jeffrey R. Holland mantenía una relación con Patricia Terry, quien años después se convertiría en su esposa.
Cuando comenzaron a conversar seriamente sobre su futuro, surgió la posibilidad de que Jeff sirviera una misión. Patricia consideraba que debía hacerlo, pero él tenía dudas.
En su biografía, Grow explica cómo ambos veían aquella decisión de manera diferente:
«Patricia quería que Jeff siguiera el ejemplo de sus hermanos mayores, quienes habían servido como misioneros. Él, en cambio, no estaba convencido. Aunque algunos de sus amigos ya se preparaban para salir, nadie de su familia había servido una misión.
En aquella época, el servicio misional no se consideraba una obligación para todos los jóvenes varones dignos de la Iglesia. Jeff nunca había pensado seriamente en esa posibilidad y tenía una opinión poco favorable de quienes decidían hacerlo».
Holland recordaría que antes pensaba que las misiones eran para personas que no tenían otra cosa que hacer. También le preocupaba que una separación de dos años afectara su relación con Patricia. Como explica Grow, por primera vez comenzó a sentirse dividido entre sus sentimientos y lo que consideraba su deber espiritual.

Finalmente, animado por ella, habló con su obispo, Lester Gubler, sobre la posibilidad de servir antes de cumplir los 20 años, la edad mínima requerida entonces. Su obispo había escuchado que pronto podrían reducir ese requisito y le recomendó viajar a Salt Lake City para consultar directamente con el Departamento Misional de la Iglesia.
Después de seis horas de viaje en autobús desde St. George, Holland llegó a la oficina del entonces élder Gordon B. Hinckley, quien servía como Ayudante del Cuórum de los Doce Apóstoles.
La entrevista no salió como esperaba. Grow describe aquel encuentro de la siguiente manera:
«Hinckley estaba ocupado entre libros y documentos, con las mangas arremangadas, cuando Jeff entró en su oficina. Apenas levantó la mirada y le preguntó, con cierta brusquedad, qué necesitaba.
Jeff explicó rápidamente que su obispo lo había enviado para consultar sobre una misión. Hinckley quiso saber por qué deseaba servir y el joven, visiblemente nervioso, tuvo dificultades para responder.
«Bueno, no lo sé… Quiero ir. Creo que debería ir», contestó.
La conversación se volvió más incómoda cuando Hinckley descubrió que Jeff tenía 19 años. Le recordó que la edad mínima era 20 y, después de intercambiar algunas palabras más, le indicó que regresara a casa sin anunciar sus planes, pues probablemente no recibiría un llamamiento».

La entrevista duró menos de diez minutos. Holland regresó desanimado a St. George, sin saber qué ocurriría con su solicitud. Sin embargo, mientras el joven emprendía el viaje de regreso, Hinckley completó un formulario para evaluar al posible misionero.
El documento contenía información que años después llamaría la atención:
«En su evaluación, Hinckley señaló que Jeff gozaba de buena salud física y emocional, tenía una apariencia adecuada y se mostraba atento. También registró que obedecía la ley de castidad y la Palabra de Sabiduría, además de mostrar un deseo sincero de servir.
Sin embargo, al llegar a la pregunta sobre cómo evaluaba el testimonio del Evangelio del candidato, escribió una sola palabra: ‘Regular’«.
Aquella evaluación contrasta con la imagen que muchos llegarían a tener del presidente Holland, conocido por sus discursos y testimonios sobre Jesucristo. Pero su historia también muestra que esa seguridad no apareció de un momento a otro.
Las dudas continuaron después de recibir su llamamiento

Una semana después de reunirse con Hinckley, Holland recibió una carta inesperada de las oficinas de la Iglesia. La abrió junto a Patricia y encontró las palabras que cambiarían sus planes: «Misión Británica».
Había recibido una excepción para servir antes de cumplir los 20 años. Poco después, la Iglesia reduciría oficialmente la edad mínima para los misioneros varones a 19 años. Emocionado, escribió a la Primera Presidencia para aceptar su llamamiento y expresar su compromiso de servir bien al Señor y a la Iglesia.
Sin embargo, su preparación estuvo acompañada de nuevas dificultades. Su padre, Frank Holland, era menos activo en la Iglesia, y ambos comenzaron a tener desacuerdos sobre asuntos religiosos. Grow relata cómo aquella situación afectó su relación:
«Las discusiones entre Jeff y su padre se hicieron más frecuentes mientras se acercaba la partida. En algunas ocasiones, Jeff criticaba a Frank por lo que consideraba una falta de dedicación religiosa.
Durante uno de esos enfrentamientos, Frank se sintió juzgado por su hijo y reaccionó con dureza. Le dijo que siguiera adelante con su misión y fuera a convertir a otras personas, reprochándole la actitud de superioridad moral que percibía en él.
A pesar de aquellos conflictos, ambos hicieron esfuerzos por reconciliarse antes de la partida. Jeff logró despedirse de su padre en buenos términos.
Incluso durante la reunión sacramental de despedida, Frank compartió un mensaje sobre la misión de Alma en el Libro de Mormón. Grow considera significativo que eligiera la historia de alguien que había cambiado su vida gracias a la oración y su confianza en Dios».

Aunque había logrado resolver aquellas diferencias familiares, Holland todavía tenía preguntas sobre su decisión.Le preocupaba dejar a Patricia y no sabía cómo aquella separación podría afectar su futuro juntos.
En su diario escribió:
«Estoy bastante ansioso por saber si he hecho lo correcto. Probablemente sé que es lo correcto, pero tengo mis dudas».
Durante su semana en la Casa de la Misión, un centro de preparación en Salt Lake City para misioneros que esperaban sus visas, tuvo nuevas oportunidades de buscar orientación.
Sus padres, su hermana Deborah y Patricia permanecieron cerca y pudieron visitarlo ocasionalmente, como permitían las normas misionales de aquella época.

Además, algunos líderes de la Iglesia se habían ofrecido a conversar con los jóvenes que enfrentaban dificultades con sus testimonios. Entre ellos estaban los élderes Harold B. Lee, Spencer W. Kimball y Mark E. Petersen. Holland solicitó una conversación con el élder Kimball.
Grow relata cómo aquellas experiencias lo ayudaron a encontrar tranquilidad:
«Jeff todavía se sentía abrumado por sus dudas cuando buscó el consejo del élder Kimball. La conversación le brindó paz, aunque la biografía no reproduce las palabras exactas que recibió.
Durante esos mismos días, asistió al Templo de Salt Lake con otros misioneros, se reunió con sus padres y oró junto a Patricia.
Aquellas experiencias fueron importantes para él. La incertidumbre que había sentido durante su preparación comenzó a dar paso a una mayor confianza en su decisión».

Imagen: La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días
Después de aquellos momentos, Holland escribió en su diario:
«Recibí nuevas fuerzas. Nunca me había sentido tan bien. Sé que el Señor no me fallará».
Para Grow, esa seguridad se convirtió en una parte fundamental de su testimonio. Cuando el presidente Holland enseñó años después que el Señor podía hacer maravillas entre Su pueblo, hablaba de algo que él mismo había experimentado.
Con el tiempo, recordaría su misión en Inglaterra como una de las experiencias más importantes de su vida. En una ocasión declaró que ningún joven había sido más profundamente influenciado por una misión y por su presidente de misión que él.
Su experiencia también ayuda a comprender por qué, durante su servicio como apóstol, dedicó tantos mensajes a quienes enfrentaban dudas o sentían que su testimonio no era suficientemente fuerte.

Imagen: La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días
En su discurso «Creo«, de abril de 2013, comparó el crecimiento de su propio testimonio con una pequeña semilla que llegó a convertirse en el árbol de la vida.
También invitó a quienes atravesaban momentos de incertidumbre a reconocer sinceramente sus preguntas, continuar con esperanza y fortalecer aquello en lo que ya creían. La historia del presidente Holland recuerda que tener dudas no significa que una persona no pueda servir al Señor ni desarrollar un testimonio firme.
Aquel joven que no estaba seguro de salir a una misión y cuyo testimonio fue considerado «regular» terminó dedicando su vida a testificar de Jesucristo. Su experiencia demuestra que las convicciones espirituales pueden fortalecerse con el tiempo, incluso cuando al principio no tenemos todas las respuestas.
Fuente: LDS Living
