En más de una ocasión, algunas personas han dejado de asistir a la Iglesia por una idea o comentario similar a: 

“Todos ahí son perfectos”. 

No lo dicen con mala intención, pero sí con una sensación real de no encajar.

Desde afuera, es fácil construir esa imagen. Familias bien vestidas, sonrisas amables, niños tranquilos, conversaciones correctas, todo parece en orden y parece funcionar bastante bien.

Pero esa percepción, aunque común, no es real.

La Iglesia no está llena de personas perfectas, está llena de personas que están intentando acercarse a Cristo. Y esa diferencia cambia completamente la perspectiva.

Lo que no se ve un domingo

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La mayoría de las veces, lo que vemos en una reunión sacramental es solo una parte muy pequeña de la vida de alguien.

Detrás de una familia que parece estable, hay desafíos. Al igual que detrás de una sonrisa, hay procesos personales o de alguien que parece “tener todo resuelto”, hay oraciones, dudas y esfuerzo constante.

Los líderes de la Iglesia han enseñado que en cada banca hay alguien que está pasando por algo difícil y eso no siempre es visible.

Este principio se conecta con una verdad doctrinal importante. En 1 Samuel 16:7 se enseña que el hombre mira lo que está delante de sus ojos, pero Jehová mira el corazón. Es decir, nuestra percepción externa nunca cuenta toda la historia.

Compararnos nos desconecta de la verdad

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Parte del problema no es lo que otros son, sino lo que asumimos que son o nos presionamos serlo.

Compararnos con una versión idealizada de los demás genera una sensación de distancia. Nos hace pensar que estamos “menos avanzados” o que no pertenecemos.

La comparación constante no nos acerca a Cristo, nos aleja de nuestra identidad real como hijos de Dios.

Esto también se ve amplificado en redes sociales, donde las personas comparten sus mejores momentos. No es una mentira, pero tampoco es el panorama completo.

El riesgo está en creer que esa versión parcial es toda la realidad.

Conocer cambia la percepción

La Iglesia es un lugar donde todos merecen sentirse como en casa. Imagen: másfe.org

Hay algo que transforma completamente esa idea de perfección. Conocer de verdad a las personas.

Cuando hay amistad, conversaciones sinceras y tiempo compartido, la perspectiva cambia. Se empieza a ver la humanidad del otro. Sus luchas, sus inseguridades, sus esfuerzos.

La conexión real rompe la ilusión de perfección y abre espacio para la empatía.

En Mosíah 18:8–9 se enseña que estamos dispuestos a “llevar las cargas los unos de los otros”. Ese principio no se puede vivir a distancia. Requiere cercanía, relaciones y disposición para ver más allá de lo superficial.

La Iglesia como espacio de crecimiento, no de perfección

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A veces se olvida que la Iglesia no es un lugar donde las personas llegan “listas”, sino donde aprenden y progresan.

El Evangelio de Jesucristo no se trata de aparentar perfección, sino de avanzar con fe, paso a paso.

El élder Jeffrey R. Holland enseñó que el Señor trabaja con nosotros tal como somos, con nuestras imperfecciones, y nos invita a seguir adelante con paciencia.

“Sean tolerantes con las flaquezas humanas, tanto con las propias, así como con las de aquellos que sirven con ustedes en una Iglesia dirigida por voluntarios, hombres y mujeres mortales. Excepto en el caso de Su Hijo Unigénito perfecto, Dios se ha tenido que valer de gente imperfecta”.

Eso significa que todos están en proceso. Nadie está terminado.

Volver con una mirada distinta

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Para quienes alguna vez sintieron que no encajaban, tal vez la invitación no es cambiar quiénes son, sino cambiar la forma en que ven a los demás.

No se trata de entrar a un lugar donde todos son perfectos, sino de formar parte de una comunidad donde todos están intentando mejorar.

Abrirse a conocer, a conversar y a compartir puede cambiar completamente la experiencia.

Porque al final, lo que realmente une a una congregación no es la perfección. Es algo mucho más profundo.

Es la fe en Jesucristo, la necesidad de Su gracia y el deseo sincero de seguir adelante, aun con debilidades.

Fuente: Meridian Magazine 

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