Opinión: ¿Es la religión un peligro para las mujeres? Estudios demuestran lo contrario

Un destacado autor vio recientemente la serie “Bajo el estandarte del cielo” y observó que la serie no solo es una acusación a los Santos de los Últimos Días, sino también a “la mayoría” de religiones.

El escritor parecía no saber que el programa ha sido ampliamente criticado por sus inexactitudes. La serie también se enfoca en los asesinatos cometidos por dos miembros excomulgados plagados de disfunción familiar y enfermedades mentales.

Los hermanos Lafferty, según los términos empleados científicos sociales, no son exactamente “un grupo de muestra representativo”.

Pero en nuestra cultura con grandes grupos opuestos, donde cada vez es menos probable que nos unamos con personas cuyas opiniones y experiencias difieren de las nuestras, las producciones mediáticas como estas solo distorsionan aún más el lente a través del cual nos vemos unos a otros.

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Esto lleva a acusaciones generales y preocupantes, como la de la autora y colaboradora frecuente del New York Times, Roxane Gay, quien tuiteó después de ver el programa:

“El mormonismo es realmente terrible para las mujeres, así como lo son la mayoría de las religiones”.

Roxane Gay es una pensadora educada y una feminista orgullosa, por eso fue decepcionante ver la declaración que hizo a cientos de miles de sus seguidores de Twitter.

Las mujeres más exitosas e inteligentes que he conocido en mi vida, mujeres fuertes como Brenda Lafferty, han optado por caminar en la luz de la fe porque reconocen sus beneficios. Sugerir lo contrario solo sirve para negar el albedrío de las mujeres.

Y lo que es más importante, decir que mi fe, y la mayoría de las otras religiones en general, son malas para las mujeres no es solo insensible, sino que se puede demostrar lo contrario.

Durante décadas, estudios e investigaciones han estado explorando el impacto, de haber alguno, que tiene la religión en la vida de sus practicantes. Un ejemplo es el director del Programa de Florecimiento Humano de la Universidad de Harvard, el epidemiólogo Tyler VanderWeele se enfoca en distinguir cuáles podrían ser estos efectos.

En ninguna parte de sus hallazgos existe algo que sugiera que la religión es “realmente terrible” para las mujeres; por el contrario, se encuentra un resultado opuesto a dicha declaración.

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Después de una extensa revisión de la investigación, él concluye:

“En la actualidad existe una gran cantidad de estudios empíricos rigurosos con datos longitudinales y un buen control en factores de interferencia que indican que la comunidad religiosa es un importante contribuyente al florecimiento humano. Eso incluye la felicidad y la satisfacción, la salud mental y física, el significado y propósito [de una persona], el carácter y la virtud, y las relaciones sociales cercanas”.

Los efectos, en otras palabras, no fueron simplemente el resultado de la práctica personal de una religión; para quienes formaban parte de una comunidad religiosa, los efectos fueron mucho más marcados.

Según VanderWeele, es la “confluencia de valores y prácticas religiosos, reforzados por lazos y normas sociales, lo que da a las comunidades religiosas sus poderosos efectos en los diferentes aspectos del florecimiento humano”.

Este “florecimiento humano” se manifiesta en los beneficios prosociales específicos. La asistencia a la iglesia, por ejemplo, está relacionada a una mayor satisfacción conyugal y una probabilidad significativamente menor de divorcio.

También se asocia consistentemente a una menor probabilidad de depresión, ansiedad, desesperanza y soledad. La asistencia regular a la iglesia predice “una reducción cinco veces mayor en la probabilidad de suicidio y una reducción del 30% en la incidencia de depresión”.

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Independientemente del sexo, la raza, la educación o el historial de salud, la práctica de la religión y la asistencia regular se asocian al resultado de siete años más de vida en las personas de fe.

Pero, ¿qué hay de los efectos de la práctica de la religión en las mujeres?

Hace tres años, el New York Times informó sobre los resultados de la “Encuesta mundial sobre fe y familias” de 2018 en la que participaron 11 países.

Tanto a nivel nacional como internacional, las mujeres casadas más felices fueron aquellas que asistían regularmente a la iglesia con sus esposos.

Estas mujeres no solo informaron los niveles más altos de satisfacción, compromiso, cercanía y estabilidad en sus matrimonios, sino que también tenían el doble de probabilidades que sus pares seculares de decir que estaban satisfechas con su relación sexual.

Los detractores se apresuraron a decir que a las mujeres religiosas se les debe haber “lavado el cerebro” para decir que eran felices, sin embargo, estos hallazgos fueron consistentes con los resultados de otras investigaciones.

La práctica religiosa parece tener un impacto particular en el comportamiento de los hombres que resultan en matrimonios de mayor calidad para las mujeres.

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En comparación con los padres no religiosos, los que asisten a la iglesia semanalmente tienden a ser los más emocionalmente comprometidos con sus hijos y sus esposas.

Las esposas de matrimonios religiosos fueron más propensas a decir que se sentían apreciadas y satisfechas con el afecto, el amor y la comprensión que sentían por parte de sus cónyuges.

Raj Chetty de la Universidad de Stanford descubrió que el área metropolitana de Salt Lake City tenía una de las tasas más altas de movilidad ascendente en la nación, una medida de la capacidad para ascender de una clase socioeconómica más baja a una más alta.

Un análisis de seguimiento realizado por la Institución Brookings concluyó: “Salt Lake City es una ciudad particularmente buena para la crianza de niñas”.

¿Por qué? Porque crecer en Salt Lake City, Utah, aumentó sus posibilidades de formar un matrimonio estable y compartir los ingresos del hogar. Eso significó resultados económicos significativamente mejorados, especialmente para las mujeres que crecieron en una clase económica más baja.

Como señalaron los investigadores de la “Encuesta mundial sobre fe y familias”, los académicos y periodistas han estado preocupados durante mucho tiempo de que la religión pueda engendrar e imponer sistemas patriarcales que devalúan a las mujeres y “socavan” la posibilidad de felicidad, igualdad y prosperidad genuinas.

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Pero lo que indican estos estudios es que la fe y la religión también son una fuerza poderosa en las relaciones con los demás al dar forma a creencias y comportamientos que fomentan el compromiso, la confianza, el respeto e incluso la toma de decisiones y responsabilidades compartidas.

Esto no quiere decir que la religión nunca haya sido una fuerza destructiva en el mundo, pero la experiencia humana capturada por una serie de estudios proporciona una visión significativa de cómo es realmente la práctica religiosa “la mayor parte” del tiempo y porqué todavía tiene una gran influencia para bien, incluso en la vida de las mujeres.

La misma Roxane Gay pareció entender esto cuando escribió en 2015,

“Fui criada por maravillosos padres católicos que fueron muy fieles y nos enseñaron que Dios es un Dios de amor. Aunque no soy practicante, respeto que otros recurran a Dios y a la religión en busca de guía, consuelo y salvación”.

Fuente: Deseret News

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