Cuando Pablo termina su carta a los Corintios, los insta a “seguir la caridad y procurar los dones espirituales” (1 Corintios 14: 1).

Una traducción más literal resalta la urgencia y la importancia del mandamiento de Pablo de “seguir la fa caridad”.

De hecho, Pablo era tan bueno en lexicografía, comunicación y almacenando gran significado en pocas palabras que podríamos traducir su frase inicial de 1 Corintios 14 de cualquiera de las siguientes maneras:

  1. Correr con entusiasmo para acoger la caridad
  2. Luchar celosamente por la caridad
  3. Perseguir velozmente la caridad
  4. Desear infatigablemente la caridad
  5. Buscar empeñosamente la caridad
  6. Esforzarse para tener caridad
  7. Seguir con la búsqueda de la caridad
  8. Intentar adquirir caridad

Permíteme contarte una historia de mi propia vida que reafirma la importancia de una mentalidad de “la caridad primero”, en lugar de una mentalidad de “aprender idiomas primero”.

Caridad primero

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Hace algunos años, fui a la escuela de teología de Yale para adquirir habilidades y conocimiento en temas bíblicos. Lo sé, probablemente estés pensando en este momento, “¿Quién en su sano juicio quisiera gastar tanto dinero para estudiar profundamente las Escrituras, especialmente después de haber terminado con éxito cuatro años de seminario?” Está bien, no voy a responder esa pregunta. ¡Sigamos!

Sí, debería haber saciado mi apetito por el estudio de las Escrituras debido a todos los recursos maravillosos disponibles mediante la asistencia regular a la Iglesia y el estudio personal de las Escrituras.

Al menos seminario era gratis.

Todavía estoy pagando mi deuda universitaria por experimentar personalmente, a veces, “aprender pero nunca llegar a conocer la verdad”.

Sin embargo, después de servir en una misión en Sudamérica y sentir el fuego del Evangelio como se expresa a través de las Escrituras, sentí un deseo insaciable de pasar más tiempo leyendo las Escrituras, con la esperanza de que eso me ayudaría en mi comprensión y aplicación del Evangelio. Entonces, fui a la escuela de teología. Como dije en otra parte, no me volví más religioso. Me pregunto si puedo obtener un reembolso.

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Tomé muchos cursos fascinantes en la escuela de teología de Yale como teología cristiana primitiva. Recuerdo haberme sentido inundado de terminología, expresiones y palabras nuevas. En cierto sentido, ir a estas clases era como aprender un nuevo idioma. Sin embargo, a veces, la experiencia parecía nublar la claridad de la verdad.

Recuerdo que un día le confesé a un amigo durante el almuerzo que estaba luchando contra muchas palabras y conceptos nuevos. Mi amigo me confesó que documentaba muchas de las nuevas palabras que escuchaba en clase y, luego, las buscaba en el diccionario y que descubrió algo sorprendente cuando leyó el diccionario.

Mi amigo me reveló que algunos de nuestros profesores no estaban utilizando la terminología de manera tan exacta y clara como debían. “¿De verdad?”, pensé. “¿Cómo puedo esperar entender las ideas principales  de un curso cuando los profesores usan palabras largas y llamativas de maneras confusas o erróneas?”

Sentí que mi amigo me estaba mostrando lo que estaba detrás de la cortina. Los profesores hablaban en lenguas y no siempre para mi edificación. A veces, para mí eso era confuso.

¿Qué es más importante? ¿Una lengua de ángeles o la claridad de la caridad?

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¿Por qué comparto esta historia?

Te lo contaré en un momento.

Pero, primero que nada, deseo dejar muy claro que gran parte de los profesores que conozco son diligentes en el uso de un lenguaje claro y útil para ayudar a los alumnos a aprender. La mayoría de los profesores no solo intentan confundir o intimidar a los alumnos con un lenguaje sesquipedal. Uso la palabra “sesquipedal” de manera irónica porque significa “palabras con muchas sílabas” que quiere decir que son palabras difíciles y confusas que complican la comprensión del significado en lugar de explicarlo.

De vez en cuando hay profesores que quieren alardear, mostrar su conocimiento, vocabulario, sofistería o supuesta erudición.

Cuando Pablo dice, “El que habla en lengua extraña [o con una verborrea exagerada como se puede encontrar en muchos dominios intelectuales] a sí mismo se edifica; pero el que profetiza, edifica a la iglesia” (1 Cor. 14: 4 traducción NVI), entiendo que aboga por un discurso sencillo. Escucho a Pablo instándonos a centrarnos en los fundamentos del discipulado cristiano, a no distraernos con las palabras y el conocimiento de los hombres.

¿De qué sirve un lenguaje teológico elegante si se me hace difícil aplicar la fe y el arrepentimiento en mi vida?

¿De qué sirve un vocabulario sofisticado para describir a Dios si no amo a mi prójimo?

¿Qué tan importante puede ser mi propio conocimiento, o el de los demás, ante los problemas grandes o pequeños si me falta el mayor don: la caridad?

Si por casualidad sé más sobre un tema del Evangelio que mi prójimo, ¿se me justifica hablar con orgullo en términos complejos?

¿Debo menospreciar a los que no tienen mi capacitación, conocimiento o vocabulario?

Cuando estoy en la escuela dominical, ¿soy yo el encargado autoproclamado para corregir malentendidos o expresiones simples de fe y testimonio? En la Iglesia, ¿Debo usar el poder de mi lenguaje o experiencia para llamar la atención? ¿Debo convertirme en una luz para los hijos de los hombres debido a una supuesta lengua superior que poseo?

Si hablo de una manera que no edifica a los demás, ¿por qué hablo?

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¿Qué pasa si hago el Evangelio más difícil para los demás por lo que digo? ¿Qué pasa si lo hago menos claro? ¿Más confuso? ¿Estoy dispuesto a aprender la lengua de mi prójimo para hablar de una manera que los acerque más a Cristo? O, ¿Exijo que los demás se ciñan a mi forma de ver y hablar de la verdad?

¿Qué me enseña Pablo?

Me enseña la jerarquía de lo que debo buscar diligentemente: Primero, caridad; segundo, profecía; y solo después surge un tercero muy lejano, hablar en lenguas.

Sin embargo, ¿qué requirieron que acepte las tradiciones de los padres académicos como una jerarquía de importancia? Hablando en lenguas aprendidas.

En todos mis años de formación académica, no puedo pensar en una época en la que dentro del sistema académico me enseñaran, practicara o me beneficiara de comentarios específicos (calificados o no) sobre mis habilidades en cuanto a la caridad o la profecía.

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Quizás te preguntes por qué me dedico a la educación superior. Creo que la educación superior es uno de los mayores inventos que los humanos han ideado. Asimismo, creo firmemente que la educación superior lamentablemente no alcanza su mayor potencial.

Si en algún tiempo futuro veo profesores clamar por impartir clases que se centren en el desarrollo del carácter, en lugar de la experiencia en contenido, sabré que estamos avanzando en la dirección correcta, según las palabras de Pablo, correr con entusiasmo para acoger la caridad.

Respaldo de todo corazón las palabras de los profetas modernos y antiguos que les han pedido a los Santos de los Últimos Días de Dios buscar una educación.

Agrego a este llamado del clarín que en todo este proceso en el que adquirimos conocimiento educativo o empírico, debemos llenar y filtrar todo a través de la lente de la caridad, el amor puro de Cristo, porque sin caridad, no somos nada.

Esta es una traducción del artículo que fue escrito originalmente por el Dr. Taylor Halverson y fue publicado en ldsliving.com con el título “Why Paul Was Right and What It Means to ‘Follow After Charity’”.